Bitácora del viernes.
La Marixu anda extraña. Sé que trama algo. Pocas veces se muestra tan atenta y como que se delata cierta urgencia en todos sus actos. Ella y sus 35 a cuestas y esa mirada que magnetiza. El problema que tiene y se lo he dicho, es que es demasiado honesta. La honestidad, virtud apreciada y en decadencia, es en ciertos casos desastrosa y la ella no tiene el tacto suficiente como para evitarlo. No se trata de mentir que cansados estamos de aquello, más bien se trata de omitir, que así pareciera que el desastre no existiera y descansa a la vez nuestra conciencia. En fin, siempre está con esa mirada desafiante y le he dicho que con esa actitud por lo general ahuyenta hasta el más lobo de los pretendientes. El otro problema que tiene es la agresividad de sus acercamientos. Bueno, hoy en día algo relativamente común, con esto de la nueva emancipación de las féminas como que los roles están indefinidos. Entonces es que sucede, que actúa el deseo y la Marixu arremete sin pudores limitantes. Me explica que no tiene tiempo, léase edad como para preocuparse de esas pequeñeces arcaicas y es así como arrincona a su presa y traspasa primero la línea de defensa. Obviamente que para hombres de cuarenta para arriba criados en el yugo machista del matriarcado chileno esta situación los descoloca absolutamente, pese a esto ella de alguna forma logra su objetivo, aunque casi siempre son relaciones fugaces dado el peligro inminente que conlleva una pretensión de este tipo Las presas a la larga siempre escapan de la urgencia que la delata. La semana pasada la invité al cine, en cartelera estaba una de esas comedias románticas que la hacen reír y olvidarse del presente según ella. No habló ni media palabra después de salir, a lo sumo que la dejara en el autobús que le servía. Se despidió con un beso en la mejilla y se fue. Entonces repasé el tiempo de conocerla. Hemos pasado de todo juntos, desastres amorosos, soledades acompañadas con una botella de vino, venganzas y sobre todo derrotas, porque la nuestra siempre será una relación de derrotas, de no reconocer al otro como posible pareja porque sencillamente no puede ser. Mala idea pretender dormir juntos le dije una vez, mala idea imaginar cosas y escribir versos malos bajo la influencia de un par de copas, mala idea recorrer esos tugurios desastrosos de la mano y bailando lentos a la antigua, que eso ya no está de moda. Presumo entonces que se cansó, que la angustia es más grande, o la soledad, o la depresión o la noche inmensa quizá... Y aquí estoy, con media botella de vino de menos y ella que hace una semana no da señales de vida y me pregunto, lo hago algo ebrio quizá, que también es válido porque te hace ser más sincero que nunca, me pregunto terminando la segunda, que ya se acabó por la mierda, me pregunto buscando un cigarro entre paquetes arrugados en el suelo y mirando mi reflejo en el vidrio de la ventana, me pregunto y no hay respuesta.
El
tiempo nunca es como queremos, las horas adquieren esa duración impensada
dependiendo de las circunstancias. A veces las horas son interminables y
desesperadas, imposibles de soportar, y otras se escapan furibundas e
instantáneas por un destino impensado.
A veces sólo escucho el gotear interminable de
la llave que me dijo reparara y que no hice. A veces no quedan más que siluetas
fantasmales bailando y riendo a mí alrededor. Supongo que no estoy alegre,
aunque triste tampoco estoy. Pussycat se fue a la salida del sol con destino
desconocido, dejó su cepillo de dientes, unas medias rosadas y una argolla de
plata que encontré esta mañana debajo de un sillón. El café humeante que sirve
Javier en el lugar de siempre, no huele igual y los cigarrillos sin filtro son
más fuertes que nunca. Al leer el periódico ya nadie me interrumpe para
preguntar por el horóscopo del día, ni para criticarme por fruncir demasiado el
ceño. Ya no tengo que atorarme con las tostadas por apurarme en ir a dejarla al
trabajo, ni limpiarme el lápiz labial que dejaba en mi mejilla al despedirse.
No tengo que romperme la cabeza pensando en la marca de leche descremada que me
encargó le comprara. No tengo que comprar entradas para el teatro del Viernes,
ni reservar mesa para dos en la cena acostumbrada de fin de mes.
A veces me sorprendo reservando su revista
quincenal en el kiosco de la esquina o comprando una pizza para dos a la hora
del té.
No he
cambiado las flores marchitas que dejó en el jarrón de la mesa, ni he borrado
el beso que estampó en el espejo al marcharse.
Pussycat
se marchó hace tanto tiempo ya, pero no se siente el abandono,
ella
aún sigue aquí.
Memoria de un instante
_ ¿Dónde están los cigarros?
_ En el refrigerador respondo.
A quién
se le ocurre guardarlos ahí rezonga arrastrando los pies con sus chalas
desabrochadas, luego de cogerlos se tumba en el sofá regalo de su difunto tío y
enciende uno mirando la televisión.
Que a quién se le ocurre… Ella
tiene esa manía de culparme de sus ideas descabelladas. Lleva meses así,
pensando en nada y exigiéndolo todo. ¿A qué se puede culpar? La dieta pienso, la
menopausia, la luna llena, el tiempo infame que no quiere arreglarse y la
televisión de mierda sin ningún programa interesante de ver.
Y los días transcurren largos,
turbios de lluvia y de arrebatos hirientes, sádicos en su creación. Última vez
que te permito esto dice retirando su mano de mi sexo flácido e inapetente.
Estas cosas pasan a menudo pienso, es más común de lo que uno cree. No es un
crimen no tener ganas. El crimen fue haberlas tenido con tanta pasión y locura
que agotamos el amor de un viaje, como tomándonos un corto de tequila sin sal ni
limón.
La lluvia persistente, las
calles vacías, los vidrios empañados y el café en la mesa de la cocina.
Concuerdo contigo que ya no nos
amamos, que la chispa se apagó, que no existe nada ni nadie que reviva la magia
muerta de nuestras vidas.
Odio los domingos dice
encendiendo otro cigarrillo y apagando el televisor. Los brazos desnudos, el
pelo suelto, crespo y largo luce alborotado. Sus dedos largos de uñas sin
pintar semejan mariposas anidando la braza y el humo que escapa raudo al cielo
desde su boca dibuja estrellas en el techo opaco. Nunca supo cuánto la amé ni creo que lo adivine ahora.
Afuera, bajo el techo del
vecino, un gato se lame protegido de la lluvia. Eso también era mi culpa me
dijo una vez, si hubiéramos operado al gato este no se habría ido y no hubiera
muerto bajo las ruedas de la camioneta del dueño de la farmacia, que pensándolo
bien, estuvo disculpándose demasiado tiempo para mi gusto. Especialmente con
ella que era la más afectada desde luego.
Decisiones, ¿quién debe tomarlas? Vamos a
la deriva dando tumbos, con el corazón seco y curado de espanto, sin sorpresa
que nos depierte o ilusión que nos rescate. Y la lluvia allá afuera que también
no para de caer.
Egozoom
De esta manera, así como se oye
famélico y sin mucha gracia por decir algo
con la brisa quemando en las junturas de la cara
y la risa oliendo a café, tabaco y moras frescas
desposeído diría yo
y con la sed merodeando en las entrañas
Así como lo ve
empujando las palabras de adentro y de afuera
para clarificar un poco el asunto
porque no es transparente, ud me entiende
con cierta limitación básica y que lo diga yo no es extraño
es más bien realista
y con la rabia aún íntegra, pero serena
para que no practique tanta prédica miserable
que todo lo que brilla no es oro y eso ya lo sabemos
ud, yo, y ellos por supuesto
Así de esta forma, a la antigua para que me comprenda
aún de pie en el mismo camino
como un monolito insólito aferrado a la esperanza
increíble es que aún la posea
Y con las ganas bien dispuestas
a todo o nada que ya no queremos más mediocridades
porque somos muchos aunque no lo parezca
garabateando versos en papel de diario y servilletas
ni libres de polvos ni de pajas, Dios mediante ahora y después también
crédulo aún, sumiso a la amargura
con la docilidad cierta previa a la tormenta
con los segundos discontinuos purgando por quedarse
borracho de utopías insistentes, periódicas, maldicientes
y lleno de pecados formales para que me condenen de una vez por todas
que es más piadosa la certeza del fracaso
que la ilusión indefinida
revolcado en el merengue de este tango eterno
con un ojo arriba y otro abajo
para que no me sorprenda la muerte pajareando
y con la bala pasada por si las moscas
para redituar gestas heroicas prohibidas
añoradas con susurros en mitines nostálgicos
con el cigarro prendido y la ceniza en el mantel matando la tarde
por decir otra cosa
y con la mirada franca que no tengo otra
despreciando a los verdugos
porque así esta la cosa
a tu desprecio el mío propio
diente por diente y alma por alma
para acabar con el jueguito este que a nadie ya entusiasma
y que ud también juega, pero que lo ahoga en el fondo
lo pudre por dentro por decir otra palabra
Adhiriendo al acto inconcluso de una que se inmoló en el ring de cuatro perillas
obrero en el rearme de la memoria ignota
y de la conciencia desmembrada
Así como lo ve
desapercibido a la vuelta de la esquina
para que tome precauciones y me vea
antes que la magia desaparezca.
famélico y sin mucha gracia por decir algo
con la brisa quemando en las junturas de la cara
y la risa oliendo a café, tabaco y moras frescas
desposeído diría yo
y con la sed merodeando en las entrañas
Así como lo ve
empujando las palabras de adentro y de afuera
para clarificar un poco el asunto
porque no es transparente, ud me entiende
con cierta limitación básica y que lo diga yo no es extraño
es más bien realista
y con la rabia aún íntegra, pero serena
para que no practique tanta prédica miserable
que todo lo que brilla no es oro y eso ya lo sabemos
ud, yo, y ellos por supuesto
Así de esta forma, a la antigua para que me comprenda
aún de pie en el mismo camino
como un monolito insólito aferrado a la esperanza
increíble es que aún la posea
Y con las ganas bien dispuestas
a todo o nada que ya no queremos más mediocridades
porque somos muchos aunque no lo parezca
garabateando versos en papel de diario y servilletas
ni libres de polvos ni de pajas, Dios mediante ahora y después también
crédulo aún, sumiso a la amargura
con la docilidad cierta previa a la tormenta
con los segundos discontinuos purgando por quedarse
borracho de utopías insistentes, periódicas, maldicientes
y lleno de pecados formales para que me condenen de una vez por todas
que es más piadosa la certeza del fracaso
que la ilusión indefinida
revolcado en el merengue de este tango eterno
con un ojo arriba y otro abajo
para que no me sorprenda la muerte pajareando
y con la bala pasada por si las moscas
para redituar gestas heroicas prohibidas
añoradas con susurros en mitines nostálgicos
con el cigarro prendido y la ceniza en el mantel matando la tarde
por decir otra cosa
y con la mirada franca que no tengo otra
despreciando a los verdugos
porque así esta la cosa
a tu desprecio el mío propio
diente por diente y alma por alma
para acabar con el jueguito este que a nadie ya entusiasma
y que ud también juega, pero que lo ahoga en el fondo
lo pudre por dentro por decir otra palabra
Adhiriendo al acto inconcluso de una que se inmoló en el ring de cuatro perillas
obrero en el rearme de la memoria ignota
y de la conciencia desmembrada
Así como lo ve
desapercibido a la vuelta de la esquina
para que tome precauciones y me vea
antes que la magia desaparezca.
El míster del bastón.
El hastío de la tarde y el decreto alcaldicio número tres, letras c y d me arruinaron
literalmente. Uno que cantaba los versos histéricos de la poesucia, que así la llamaba por su afán inquebrantable de meterse la realidad por las narices y el culo, una perra decía él, amable con sus noches ardientes, pero perra al fin. Ese que camina despacio por la vereda sur de la magnífica ciudad y que se para en el 649 de san diego a dejarle rozas secas a la conserje. Un bastardo mentiroso y lascivo, ese me arruinó. Tenía el proyecto ideal, una constelación de improntas y actos de ocupación, que así lo llamaba. Subirse a la micro decía, y no pagar desde luego, robarse el café del pronto copec y vender collares en el bellavista mientras mataba porros y una cepa de cartoné, que con melón queda exquisito mascullaba mientras tosía ahogado por un punto rojo.
Arruinado por los sueños, castillos en el aire sin llaves de entrada. Se puede apelar insistía hasta el último, pagar la multa, mamarse unos días en la cana de recoleta o aprecue rumbo a mendoza, que las deudas no llegan hasta allá según él. Nada confiable por cierto, el huevón nació chicharra y ya tiene un séquito lujurioso de adherentes. Sus aprendices me cuenta mientras se toma la segunda escudo que invité, de paso me trae unas páginas sueltas de versos que planea plasmar en una flamante libro. Leo garabatos inconexos, bruma que huele a vino de tercera, a sobajeo mañanero y porros de la prensada. Tengo los bolsillos pelados le confieso, mis últimos pesos se fueron por su garganta reseca. No dice nada, se aprieta los cordones que siempre vuelan desatados. En el fondo me rio, la plata no volverá y el maldito proyecto naufragó en el dique seco.
Santiago a esta hora huele a mierda.
Bitácora de viernes.
Estaba sentado en el centro cerca de un semáforo a esa hora en que todas las cosas se suceden sin pausa. Me sentía agotado, mirando y no mirando y pensando en lo tarde que era y los encargos que me hizo y si alcanzaría hacerlos todos. Fue entonces que los vi venir. Ella caminaba rápido, llevaba unas sandalias negras y un vestido en tono pastel, liviano, que la hacían lucir más joven y fresca. Él caminaba más lento, como desganado. Hacía calor y llevaba sombrero y gafas para protegerse del sol y una botella de agua a medio vaciar en su mano derecha. Parecían una pareja de jubilados aprovechando el día festivo para tomar fotos y recorrer por ahí, cosas de jubilados pensé. Entonces él se retrasó o quizá ella caminaba muy rápido y se hacía imposible llevarle el ritmo o sólo era el cansancio, el caso es que quedó en medio de la calle y lo sorprendió la luz roja. Ya sabemos como es el tránsito por acá. Un par de frenazos, unos garabatos y él que termina de cruzar. Ella enfrente golpea el suelo con su pie y comienza a regañarle, que acaso quería al fin dejarla viuda?, que se apure, que porque se queda atrás y algo más que no escuché por el tráfico bullente a esa hora. Luego de esto sigue presurosa adelante sin volver la vista. Él la sigue por algunos metros mirándose los zapatos, se detiene y saca un pañuelo con el que se seca el sudor de la frente, vuelve la vista atrás al camino andado, se rasca la cabeza y piensa y duda, porque sé que lo asalta esa duda inquietante que siempre ronda a todo hombre, pero toma un sorbo de agua, guarda el pañuelo y prosigue el camino diez metros tras de ella.
Bitácora del martes.
Mi gato Dámaso está perdido. Lleva cinco
días sin volver y ya me estoy temiendo lo peor. Beatriz me dice que lo vio a un par de cuadras
de la casa, estaba sobre un techo y no dio muestra alguna de reconocerla cuando
lo llamó. Dice que se estiró cuan largo era y se adormeció bajo el tibio sol de
este otoño. Gato indiferente y cabrón. Beatriz opina que la calentura del gato
lo va a matar. En cierta forma tiene razón, a la larga la pasión es
destructiva, pero yo creo que habla así porque en el fondo aborrece al gato y
lo que representa. Yo lo sé. La personalidad de Dámaso es arisca, casi salvaje.
No permite que nadie le haga cariño excepto yo, y el tener este privilegio me
reconforta, me da cierto estatus dentro del hogar y sobre las otras mascotas.
Cosa que a Beatriz molesta sobremanera.
Pero el
problema de Dámaso es su calentura, aunque yo prefiero llamarlo apasionamiento
desbordado y es muy probable que lo liquide. Nunca habíamos tenido un gato tan
así, tan llevado a su idea, rabioso con
todos menos conmigo y cariñoso sólo cuando se le antojaba. Al principio lo
habíamos llamado Javier porque se parecía un poco a un sobrino en la expresión
de la cara, pero con su comportamiento desmedido se lo cambiamos en recuerdo de
mi abuelo Dámaso, un busquilla de primera, hombre de entrada y salida,
enamorado de la vida y todas las mujeres. Su última amante tenía veinticinco
años cuando él ya pasaba los setenta. Era usual que se perdiera, más bien
viajaba por negocios según sus palabras y se demoraba en regresar tanto como
tardaba en gastarse todo el dinero que
llevaba. Pero volvía, siempre lo hacía. El apasionamiento pasa, se calma el espíritu y la cordura vuelve a
señorear sin contrapeso. El abuelo llegaba nervioso, humillado y hasta más
flaco. Buscaba la mirada de la abuela y esta no decía nada. Nunca entendí tal
resignación ganada por el paso de los años y la costumbre, como la cruz que te
tocó y contra la cual no luchas. Me preguntaba entonces que misteriosa
sabiduría había en esos largos silencios, en ese reproche dolido, lacerante,
pero lleno de amor. Partía la abuela entonces a la cocina y le calentaba un
poco de comida y todo poco a poco volvía a la normalidad hasta su próxima huida.
Pero la abuela esperaba, sabía que tarde o temprano volvería, igual que yo,
espiando por la ventana el regreso de mi gato.
Porno
Voy a hacer un cuento porno.
Por-no esperar, por-no sucumbir, por-no olvidar,
por-no sospechar, por-no perdonar, por-no comprender, por-no escuchar, por-no
desistir, por no-rescatar, por-nosotros,
por-no olvidar...
Eso ya lo dije.
Ensayo público
En el contexto de una conversación con mi hijo, le sugerí a modo de ejercicio que realizara las prácticas de la banda de blues que integra en un espacio público. La idea sería en principio intervenir un lugar determinado y realizar sus ensayos tal cual lo vienen haciendo en la privacidad de una de sus casas en donde se reunen. El objetivo buscado es desnudar el proceso de construcción de sus temas, la inventiva, los fracasos, la complementación de ideas, etc. Todas ellas facetas de un proceso productivo cultural que quedarían a la intemperie sin ningún pudor.
Con lo anterior se pretende mostrar que la belleza, el éxito o lo que o lo que subjetivamente se piense de ello, se consigue sólo tras la derrota en una y mil veces. Saber que en la construcción, desarme y reconstrucción de los procesos creativos, en la búsqueda última de resultados inciertos, se logra apreciar la belleza pura con todos sus ripios, pliegues, oscuridades y luces que pueden ser tanto o más cautivantes que el resultado perseguido.
El problema que se nos presenta es el pudor a mostrarnos tan intimamente y los riesgos asociados. En un mundo como el de hoy realizar tal acto puede llegar a ser suicida.
Con lo anterior se pretende mostrar que la belleza, el éxito o lo que o lo que subjetivamente se piense de ello, se consigue sólo tras la derrota en una y mil veces. Saber que en la construcción, desarme y reconstrucción de los procesos creativos, en la búsqueda última de resultados inciertos, se logra apreciar la belleza pura con todos sus ripios, pliegues, oscuridades y luces que pueden ser tanto o más cautivantes que el resultado perseguido.
El problema que se nos presenta es el pudor a mostrarnos tan intimamente y los riesgos asociados. En un mundo como el de hoy realizar tal acto puede llegar a ser suicida.
Notas al márgen
Considerando los últimos acontecimientos, los que pasaron y continúan haciéndolo
Considerando las circunstancias, el calor agobiante y la poca plata o guita o como se le diga. Considerando que es muy poca y no alcanza para reservar para los gastos y no hablo de gastos reservados que esa es otra circunstancia que acontece.
Considerando que al género humano lo han devaluado en demasía últimamente, por falta de amor propio digo yo, o amor al prójimo o amor al arte, que no es lo mismo que hacerlo gratis. Eso que te quede claro.
Considerando además, que no es la perversión de la palabra la que me enferma, más bien la ética pervertida, corrupta e inexistente incrustada en esta sociedad perversa. Tácticas y políticas relegantes que arrasan y ahuyentan a los que no estamos inmersos en el sistema ese, si, el mismo que ud piensa.. "El plagio infeliz del edén"
Considerando que ya no les creo a sus frases profundas de voces graves y serias que no dicen nada de nada.
Considerando que cada hombre y mujer es todo un universo en sí mismo y que de superficiales apreciaciones tenemos bastante hoy en día.
Considerando que más de alguno se tomará en serio lo que concluyan esas comisiones de ética y que la verdad carezco absolutamente de sentido del humor como para seguir oyéndolas, en otras palabras, que ya soy un amargado de mierda y me colapsaron.
Considerando que ya me cansaron con sus bravatas de siempre, promesas, plazos y demáses, que esto se acaba señores y para que me entienda: No quiero que siga.
Considerando todo lo anterior y muchas otras cosas que acontecen habría que hacer algo estimo yo.
Tendríamos que salirnos de la periferia y plantarnos en el centro. Comenzar a meter ruido, así como una marea revitalizante comenzar de nuevo, reiniciarse.
Empezaría quemando el metro, la moneda y un par de ministerios (1)
Y quizá patear un par de cabezas para que se dejen de huevadas y robos.
Lo más probable es que me equivoque.Tal vez la respuesta sea no hacer nada, absolutamente nada. Fundar la latitud cero como me ofreció un poeta amigo alguna vez, (y pico pal que lee remataría!)
Que si no hay nada se acaba el rollo y que si se acaba todos cagamos y de esta manera es más democrática la debacle.
No hacer nada en comparación a hacer estupideces tiene sus ventajas.
nada de versos rimbombantes, ridículos y desabridos.
Nada de críticas ásperas, petulantes y narcisistas.
Nada de que ufanarse o burlarse
Cosa que la mierda decante y en un futuro próximo sirva de abono a las nuevas generaciones.
Hacerse un ermitaño digo yo, como para reencontrarse y tal vez entonces ser un poquito más productivo y novedoso.
No hacer nada para que los arribistas de toda índole no tengan cabida, para que los perros no tengan árbol al cual arrimarse.
Habría que apagar la tele, la radio y no comprar el pasquín de turno dejando los cahuines a las viejas, que sólo a ellas pertenecen y de paso dejar de rendirle tributo a los miserables de siempre.
En definitiva, no hacer nada y ensimismarse en un mutismo absoluto o una especie de luto temporal, Bien carepalo, seriecito para que no crean que estamos hueveando y nos encierren.
Nada de nada. Algo que nos hace falta últimamente.
(1) Metaforicamente hablando.
Considerando las circunstancias, el calor agobiante y la poca plata o guita o como se le diga. Considerando que es muy poca y no alcanza para reservar para los gastos y no hablo de gastos reservados que esa es otra circunstancia que acontece.
Considerando que al género humano lo han devaluado en demasía últimamente, por falta de amor propio digo yo, o amor al prójimo o amor al arte, que no es lo mismo que hacerlo gratis. Eso que te quede claro.
Considerando además, que no es la perversión de la palabra la que me enferma, más bien la ética pervertida, corrupta e inexistente incrustada en esta sociedad perversa. Tácticas y políticas relegantes que arrasan y ahuyentan a los que no estamos inmersos en el sistema ese, si, el mismo que ud piensa.. "El plagio infeliz del edén"
Considerando que ya no les creo a sus frases profundas de voces graves y serias que no dicen nada de nada.
Considerando que cada hombre y mujer es todo un universo en sí mismo y que de superficiales apreciaciones tenemos bastante hoy en día.
Considerando que más de alguno se tomará en serio lo que concluyan esas comisiones de ética y que la verdad carezco absolutamente de sentido del humor como para seguir oyéndolas, en otras palabras, que ya soy un amargado de mierda y me colapsaron.
Considerando que ya me cansaron con sus bravatas de siempre, promesas, plazos y demáses, que esto se acaba señores y para que me entienda: No quiero que siga.
Considerando todo lo anterior y muchas otras cosas que acontecen habría que hacer algo estimo yo.
Tendríamos que salirnos de la periferia y plantarnos en el centro. Comenzar a meter ruido, así como una marea revitalizante comenzar de nuevo, reiniciarse.
Empezaría quemando el metro, la moneda y un par de ministerios (1)
Y quizá patear un par de cabezas para que se dejen de huevadas y robos.
Lo más probable es que me equivoque.Tal vez la respuesta sea no hacer nada, absolutamente nada. Fundar la latitud cero como me ofreció un poeta amigo alguna vez, (y pico pal que lee remataría!)
Que si no hay nada se acaba el rollo y que si se acaba todos cagamos y de esta manera es más democrática la debacle.
No hacer nada en comparación a hacer estupideces tiene sus ventajas.
nada de versos rimbombantes, ridículos y desabridos.
Nada de críticas ásperas, petulantes y narcisistas.
Nada de que ufanarse o burlarse
Cosa que la mierda decante y en un futuro próximo sirva de abono a las nuevas generaciones.
Hacerse un ermitaño digo yo, como para reencontrarse y tal vez entonces ser un poquito más productivo y novedoso.
No hacer nada para que los arribistas de toda índole no tengan cabida, para que los perros no tengan árbol al cual arrimarse.
Habría que apagar la tele, la radio y no comprar el pasquín de turno dejando los cahuines a las viejas, que sólo a ellas pertenecen y de paso dejar de rendirle tributo a los miserables de siempre.
En definitiva, no hacer nada y ensimismarse en un mutismo absoluto o una especie de luto temporal, Bien carepalo, seriecito para que no crean que estamos hueveando y nos encierren.
Nada de nada. Algo que nos hace falta últimamente.
(1) Metaforicamente hablando.
La cama luce espeluznante. Cajas vacias de remedios, ropa, bolsas, cables, lápices... Afuera el sol implacable respira al oido de los que golpean mi puerta. Avisos de vencimiento, lectura de medidores, la vecina buscando a su gata que se roba las galletas que le dejo en la cocina para atraerla y el chico del taxi que llamé para que me lleve al policlinico más cercano.
Este reino se derrumba en un vaso de mineral y unas cucharadas de jarabe.
Este reino se derrumba en un vaso de mineral y unas cucharadas de jarabe.
Recuerdos de la Marixu
Cambios
Por una cuestión formal. De requisitos previos y/o posteriores inconscientemente olvidados en cierta relación de amistad, (que ya no es tal), con un sujeto de cuyo nombre no tengo la menor gana de acordarme. Me tengo que cambiar de casa. De pensión más bien que para lo otro no alcanza. Abandono la pieza que ocupaba en el segundo piso de la vieja casona. Y no es que no me gustara. En cierta forma me había acostumbrado a ella. A sus rincones mohosos, al papel mural a medio desprender, a las polillas, al crujir indeseable del piso, especialmente cuando la urgencia urinaria se desata en la madrugada. Ya me eran habituales los canturreos monótonos de las palomas y sus continuos escándalos, y por supuesto a los murciélagos y sus silbidos algo siniestros al lado de la ventana. Ésta última una decepción pues daba a los techos de un conventillo vecino. El calor veraniego capitalino me hacía dormir con ella abierta, pero en ves de frescura entraba un pandemónium de olores y ruido de los "vecinos" que opté por cerrarla y cagarme de calor en comparación. Así es que me voy de nuevo. Estoy en pleno proceso de búsqueda para la posterior mudanza y mi amiga intelectual, que para efectos identificatorios denominaré Marixu. Insiste en que mi problema profundo es la identidad. Me falta el proceso lógico de hundir raíces en el lugar que ocupo. Me acusa de ser un paria del viento. Pretende definirme como un errante sujeto a las caprichosas ráfagas del destino. Todo esto supuestamente por decisión propia. Eres un huevón vagabundo me increpa. Confieso no tener mucho apego a las cosas que nominan nuestro quehacer diario, llámese hogar, casa, ciudad o patria. Y viéndolo desde afuera, comprendo la aprensión de los que me conocen. En cierta forma puedo ser un tipo inestable. Lo cual no significa que no esté seguro de lo que hago. Haciendo un alto en este punto. Puedo elucubrar acerca de mi persistente dificultad en los procesos sociales comunes. Mi innegable timidez asociada a la absurda sensación de pasar casi siempre inadvertido, se han confabulado para hacerme un tanto inadaptado y sin ningún apego a los lugares por donde transito. La Marixu no comprende como puedo estar a punto de cumplir veinte años de casado. El amor nos hace libres le digo riendo y en respuesta recibo el pellizco correspondiente, mismo al que me tiene acostumbrado. Todo esto circunscrito en el marco de nuestras continuas conversaciones que se dan luego de que me presta su computador para traspasar algunos textos. Porque para que uds. sepan. Yo prefiero el lápiz y el papel, pero debo reconocer la invaluable ayuda que brinda el aparatito y que gracias a él pasa algo desapercibido mi cuasi analfabetismo, lo cual no es menor. A mi amiga la conocí de no muy buena forma. Un día que visitaba a un amigo que trabaja en el edificio de Endesa por aquí cerquita. Cuando salíamos en su auto, se aparece la Marixu en medio de un piquete que protestaba por la construcción de las represas en el sur. Nos bombardearon de huevos y afines mientras nos impedían el paso. Pasados unos minutos la ley se hizo presente y se la llevaron detenida, a lo cual supe más tarde, estaba bastante acostumbrada. La Marixu es comprometida con sus convicciones y muy aguerrida. Lidera el famoso piquete y está envuelta en un interminable listado de causas anárquicas. Ella es especialista en funas. Dispara a diestra y siniestra. No se le va ninguna. Tiene casi treinta y se ufana de haber estudiado algunos años de sociología en Valparaíso. Es bastante atractiva, pero dada su personalidad explosiva, concita poco interés en el sexo opuesto. Los hombres la rehuyen lo cual la tiene un tanto amargada. Nunca he sabido como es que vive. Sé que vende sus cosillas por aquí y por allá y que mantiene una pensión de una antigua relación. Así como se ve, pareciera no tener mayor estreches económica, de hecho en nuestros encuentros es la que generalmente paga los cafés o los tragos según la ocasión y debo aceptar de su parte el que me diga que no me acostumbre demasiado, que no está dispuesta a soportar a ningún cafiche de mierda. Entonces es que me levanto haciéndome el dolido y la Marixu se traga su humor de perros y me pide que me siente. Pero no se disculpa. Eso jamás. En estos últimos días, dada la condición en la que me encuentro. Mi amiga insiste en ofrecerme el cuartito que tiene desocupado detrás de su casa. El asunto me complica. Las llamadas reiteradas a mi teléfono implican cierta premura o intención desconocida. Hay algo que revolotea en cada sílaba de sus palabras. Mañana le digo definitivamente que no, por si las moscas.
Por una cuestión formal. De requisitos previos y/o posteriores inconscientemente olvidados en cierta relación de amistad, (que ya no es tal), con un sujeto de cuyo nombre no tengo la menor gana de acordarme. Me tengo que cambiar de casa. De pensión más bien que para lo otro no alcanza. Abandono la pieza que ocupaba en el segundo piso de la vieja casona. Y no es que no me gustara. En cierta forma me había acostumbrado a ella. A sus rincones mohosos, al papel mural a medio desprender, a las polillas, al crujir indeseable del piso, especialmente cuando la urgencia urinaria se desata en la madrugada. Ya me eran habituales los canturreos monótonos de las palomas y sus continuos escándalos, y por supuesto a los murciélagos y sus silbidos algo siniestros al lado de la ventana. Ésta última una decepción pues daba a los techos de un conventillo vecino. El calor veraniego capitalino me hacía dormir con ella abierta, pero en ves de frescura entraba un pandemónium de olores y ruido de los "vecinos" que opté por cerrarla y cagarme de calor en comparación. Así es que me voy de nuevo. Estoy en pleno proceso de búsqueda para la posterior mudanza y mi amiga intelectual, que para efectos identificatorios denominaré Marixu. Insiste en que mi problema profundo es la identidad. Me falta el proceso lógico de hundir raíces en el lugar que ocupo. Me acusa de ser un paria del viento. Pretende definirme como un errante sujeto a las caprichosas ráfagas del destino. Todo esto supuestamente por decisión propia. Eres un huevón vagabundo me increpa. Confieso no tener mucho apego a las cosas que nominan nuestro quehacer diario, llámese hogar, casa, ciudad o patria. Y viéndolo desde afuera, comprendo la aprensión de los que me conocen. En cierta forma puedo ser un tipo inestable. Lo cual no significa que no esté seguro de lo que hago. Haciendo un alto en este punto. Puedo elucubrar acerca de mi persistente dificultad en los procesos sociales comunes. Mi innegable timidez asociada a la absurda sensación de pasar casi siempre inadvertido, se han confabulado para hacerme un tanto inadaptado y sin ningún apego a los lugares por donde transito. La Marixu no comprende como puedo estar a punto de cumplir veinte años de casado. El amor nos hace libres le digo riendo y en respuesta recibo el pellizco correspondiente, mismo al que me tiene acostumbrado. Todo esto circunscrito en el marco de nuestras continuas conversaciones que se dan luego de que me presta su computador para traspasar algunos textos. Porque para que uds. sepan. Yo prefiero el lápiz y el papel, pero debo reconocer la invaluable ayuda que brinda el aparatito y que gracias a él pasa algo desapercibido mi cuasi analfabetismo, lo cual no es menor. A mi amiga la conocí de no muy buena forma. Un día que visitaba a un amigo que trabaja en el edificio de Endesa por aquí cerquita. Cuando salíamos en su auto, se aparece la Marixu en medio de un piquete que protestaba por la construcción de las represas en el sur. Nos bombardearon de huevos y afines mientras nos impedían el paso. Pasados unos minutos la ley se hizo presente y se la llevaron detenida, a lo cual supe más tarde, estaba bastante acostumbrada. La Marixu es comprometida con sus convicciones y muy aguerrida. Lidera el famoso piquete y está envuelta en un interminable listado de causas anárquicas. Ella es especialista en funas. Dispara a diestra y siniestra. No se le va ninguna. Tiene casi treinta y se ufana de haber estudiado algunos años de sociología en Valparaíso. Es bastante atractiva, pero dada su personalidad explosiva, concita poco interés en el sexo opuesto. Los hombres la rehuyen lo cual la tiene un tanto amargada. Nunca he sabido como es que vive. Sé que vende sus cosillas por aquí y por allá y que mantiene una pensión de una antigua relación. Así como se ve, pareciera no tener mayor estreches económica, de hecho en nuestros encuentros es la que generalmente paga los cafés o los tragos según la ocasión y debo aceptar de su parte el que me diga que no me acostumbre demasiado, que no está dispuesta a soportar a ningún cafiche de mierda. Entonces es que me levanto haciéndome el dolido y la Marixu se traga su humor de perros y me pide que me siente. Pero no se disculpa. Eso jamás. En estos últimos días, dada la condición en la que me encuentro. Mi amiga insiste en ofrecerme el cuartito que tiene desocupado detrás de su casa. El asunto me complica. Las llamadas reiteradas a mi teléfono implican cierta premura o intención desconocida. Hay algo que revolotea en cada sílaba de sus palabras. Mañana le digo definitivamente que no, por si las moscas.
Bitácora de un lunes atroz tirado en la cama con fiebre, y dos cajas de remedios y una botella mineral y una colilla de cigarro en la boca y calor, y...
No es esa la manera, ni menos el fondo. Nunca supiste qué era madurar, vivir a fin de cuentas. Porque madurar no es salir a trotar por los jardines y la playa de Santo Domingo, dejándose de payasadas con los cabros de la pobla: Tampoco comprarse un autito de esos coreanos que enceras y pules todos los fines de semana para sacar a pasear a la hija del supervisor de turno, que es más fome que chupar un clavo; desabrida la flaca que milita en RN, donde ahora tú también militas porque “está bien” ser de allí. Madurar tampoco es asistir todos los domingos a misa con la camisita impecablemente planchada y las gafas Bollé, para ocultar las ojeras de la borrasca que te pegaste la noche anterior con los compañeros de trabajo en la picá de Lo abarca. Madurar no es comprarse un raquet de tenis de esos de los buenos y dejarlo en el living por si viene alguien y contarles del partido ficticio que jugaste el domingo pasado, porque hace siglos que no vas y ya ni idea tienes de los precios de arriendo de las canchas. Crecer no significa ir al casino y gastarte esas doscientas lucas que no tienes, sólo por llevarle el amén a la hija del jefe que, de aburrida la niña, te invitó a salir. Madurar no era estudiar la carrerita administrativa que te libraría de los fierros en que estábamos todos trabajando y ponerte la ansiada corbata que, a fin de cuentas, sólo te ha estrangulado todos estos años. Ser un hombre “bien” que no fuma, que paga a tiempo sus tarjetas y, que apenas tuvo cuenta corriente, anduvo con el fajo de cheques en una billetera kilométrica, sólo para mostrar que habías `progresado al pagar la cuenta del mall de turno. Estar así de bien no era irse al recital del grupo de moda el viernes y el domingo ir a “visitar” a tu mamá con familia incluida sólo porque no te quedaba ni un miserable peso y no tenías ni para comer. Crecer, madurar, estar ahí, no era tomar ese camino ingrato que, cuando las cosas se pusieron feas y te despidieron del trabajo, te viste forzado a meterte a los fierros un tiempo y engrasarte las uñas, llorando de paso un poco por dentro.
Aspirar a ser otro, olvidándote de tus amigos leales sólo porque vivían en población y tú no, gracias a la jubilación de tu papá. No era la manera solidaria de vivir que te recitaban los domingos en misa. Crecer, madurar, no era fingir alegría de reencontrarte con uno de esos pelagatos que nunca surgieron como tú y que invitas a tu casa a almorzar para presumir y de paso, mostrarle la última joyita tecnológica que te compraste a tres cuotas precio contado sin ningún remordimiento por dentro, sabiendo que si lo dejas hablar de nuevo te pedirá que lo “muevas” con el jefe a ver si tiene una cabida por ahí, que las cosas han estado tan mal, y tú, que no tienes ni tu pega asegurada, le das falsas esperanzas, que lo llamarás apenas sepas algo. Siempre la misma historia, hasta que te lo topes de nuevo a la salida de algún supermercado o después de estacionar el auto.
Crecer, madurar, no era ese arribismo enfermizo ni la envidia que teamarga el alma día a día. No era la apariencia amigo mío. Nunca lo fue.
Tic, tac, tic, tac, tic, tac...
Una cosa es cierta, no puedo dormir y me he convertido en un espectador desde la ventana. Afuera las luces de la calle palpitan entre gentes que vienen y van apurandose estas noches calurosas de verano. Tengo sed. pero esa sed que no se quita con nada, ese impulso misterioso que te arroja a buscar desesperado, ese vértigo en la sangre, ese caminar deambulando por calles y riincones. Afuera la noche bulle con toda su metástasis carcomiendola, yo aquí con los ojos abiertos me elevo con las argollas del humo del cigarro.
Faeneros
Casi siempre caen lentos, no sé bien porque, pero demoran en desplomarse. No he visto cosa similar en otra parte. Una vez en Concepción demoraron sólo media hora, culpa del Marcos y su pócima que trajo de Osorno. La mezcló con los vasos y fue fulminante, no como él hubiera querido porque aún así fue media hora. Pero por lo general caen lentos. El proceso lleno de picardía, anécdotas y en especial historias de mujeres, cárcel y una que otra pelea arriba de la barra. Los cuatro mosqueteros del "siete" han recorrido medio país haciendo semejante competencia. El "siete" fue un bar, un tugurio en realidad en donde el Marco perdió la virgnidad con una puta vieja cuando tenia 15 años. Los otros son mayores y se conocen desde esa época, pero creo que siempre lo han tratado como el chico "virgen" y ya tiene 35 y nada de eso queda, pero bueno, ellos son así, el trago supongo.
Roberto por ejemplo, se sabe de memoria los nombres de cada puta con la que ha estado. Una especie de colección dice mientras se empina un corto de aguardiente. Tiene tatuada una araña negra en el hombro y habla mordiendo el cigarro mientras reparte cartas. La mesa elegida siempre está en un rincón para cubrirse las espaldas en caso de pelea. Una a vez al Gustavo se la pusieron y le perforaron un pulmón. De enamorado le pasa comentan los otros que salieron en su defensa. Semanas en el hospital, sin bares ni cigarros fue una tragedia para el tipo que estuvo cerca de estirar la pata como dicen ellos.
Ninguno está casado, alguna vez dos de ellos, pero en este trabajo es imposible. Las distancias matan cualquier relación mi viejo dice el "Totti" que todavía no le sé el nombre, pero como que fuera el más tranquilo. Sorprende esa pasividad de un hombre de un metro noventa y casi cién kilos de peso. En ralidad nadie se mete con él. Dicen que trabajó domando caballos que capturaban en la cordillera cerca de Futrono. Tipos rudos sin duda, sureños dice el jefe, que son mejores para la pega, no reclaman mucho ciertas injusticias y son fieles como perros. La pregunta cae por si sola. Por qué esta vida de vagabundos casi, porque el desarraigo. Uno pudiera suponer la necesidad, pero sacando cuentas no es mucha la diferencia a quedarse viviendo en sus pueblos de origen que lo que ganan acá. Es como si se hubiese transformado en una costumbre difícil de erradicar. Una forma de vida contra corriente, montando a pelo por la vida. Cosas de faeneros.
Roberto por ejemplo, se sabe de memoria los nombres de cada puta con la que ha estado. Una especie de colección dice mientras se empina un corto de aguardiente. Tiene tatuada una araña negra en el hombro y habla mordiendo el cigarro mientras reparte cartas. La mesa elegida siempre está en un rincón para cubrirse las espaldas en caso de pelea. Una a vez al Gustavo se la pusieron y le perforaron un pulmón. De enamorado le pasa comentan los otros que salieron en su defensa. Semanas en el hospital, sin bares ni cigarros fue una tragedia para el tipo que estuvo cerca de estirar la pata como dicen ellos.
Ninguno está casado, alguna vez dos de ellos, pero en este trabajo es imposible. Las distancias matan cualquier relación mi viejo dice el "Totti" que todavía no le sé el nombre, pero como que fuera el más tranquilo. Sorprende esa pasividad de un hombre de un metro noventa y casi cién kilos de peso. En ralidad nadie se mete con él. Dicen que trabajó domando caballos que capturaban en la cordillera cerca de Futrono. Tipos rudos sin duda, sureños dice el jefe, que son mejores para la pega, no reclaman mucho ciertas injusticias y son fieles como perros. La pregunta cae por si sola. Por qué esta vida de vagabundos casi, porque el desarraigo. Uno pudiera suponer la necesidad, pero sacando cuentas no es mucha la diferencia a quedarse viviendo en sus pueblos de origen que lo que ganan acá. Es como si se hubiese transformado en una costumbre difícil de erradicar. Una forma de vida contra corriente, montando a pelo por la vida. Cosas de faeneros.
La fila
Uno sucumbe en la fila, se deja arrastrar y pierde autonomía. La fila te absorbe como esponja y te ordena y somete a su sádico antojo.
En la fila no soy yo y no queda más que la espera y el tránsito lento de circuitos diseñados por mentes enfermas buscando aprovechar al máximo el espacio minúsculo ante la avalancha de zombies histéricos buscando soluciones a cuanto daño diario que nos han hecho. Todo esto inútil por cierto, cosa que aún no procesamos bien en nuestro chip inconcluso y paupérrimo.
Y en ese tránsito desde la entrada al mesón setenta números más allá, se miran las caras los zombies silentes, muerden las puntas de las gafas para el sol, se arreglan el pelo, revisan si tienen abierto el cierre del pantalón e intentan recordar la maldita consulta porque a estas alturas ya se ha olvidado.
En la fila no soy yo y no queda más que la espera y el tránsito lento de circuitos diseñados por mentes enfermas buscando aprovechar al máximo el espacio minúsculo ante la avalancha de zombies histéricos buscando soluciones a cuanto daño diario que nos han hecho. Todo esto inútil por cierto, cosa que aún no procesamos bien en nuestro chip inconcluso y paupérrimo.
Y en ese tránsito desde la entrada al mesón setenta números más allá, se miran las caras los zombies silentes, muerden las puntas de las gafas para el sol, se arreglan el pelo, revisan si tienen abierto el cierre del pantalón e intentan recordar la maldita consulta porque a estas alturas ya se ha olvidado.
Bitácora de Imágenes
Recuerdo que la poeta, una mujer de 60 años aproximados, hablaba de su esperiencia de un viaje, de la Mistral y su mano sobre el pasamano al abordar un avión, de la réplica en yeso que tenía en su poder y que mostraba cual souvenir tétrico ante la platea que eramos nosotros y unas cuantas personas más que asistíamos a su discurso ególatra e inconducente. Todo esto en el marco del aniversario de la biblioteca nacional y de las lecturas poéticas a las que fuimos invitados. Fue entonces que la poeta joven que andaba con nosotros me dijo: "Prometeme que si algún día me pongo así de odiosa me lo tienes que decir" No sé porque me acordé de esto, quizá ya es hora de juntarse de nuevo.
Salir a la calle y comprar el diario es un gesto mecánico. Marixu diría que me he vuelto predecible, y eso siempre es peligroso remataría. Es Lunes, hay viento pero hace calor o quizá no, con esta gripe y algo de fiebre no estoy muy seguro, de un tiempo a esta parte las cosas se han vuelto algo espumosas, como que se van elevando y desapareciendo a la larga. Si no fuera que tengo que juntarme con los poetas no iria, la verdad me cuesta cada vez más salir a la calle, prefiero la seguridad mística de mis paredes de madera. Es sólo un concepto, la cara vista de la luna, la otra se retuerce taciturna a las cuatro de la mañana encendiendo cigarros en la penumbra y mirando la noche extinguirse con un trago de más. Pero tengo que ir a San antonio, los poetas esperan y la planificación y la resistencia y un brindis por los viejos tiempos y los nuevos que serán mejores. Hay tanto que hacer y tan poco tiempo. Entonces recuerdo que no tengo plata para movilizarme y recurro a los cajeros, mismos que cuida la ley, si, es verdad, si ya se perdió toda decencia en este país. Y hago el recorrido desde Llolleo hasta San antonio buscando uno con plata, pero muchos de ellos están con cartelitos de mal funcionamiento. Se me ocurre que podría ser una buena práctica esa, el uso constante de cartelitos de mal funcionamiento para ponerlos en diferentes partes, instituciones y hasta personas. Conozco a un par de tipos que debieran tatuarles el letrerito poque no tienen remedio. Fuera de servicio... Me vendría bien uno a mi por un tiempo. ¿Qué tal si mandara a la cresta ciertas obligaciones por un año o más? La verdad es que estoy cansado, aburrido de la ordinariez, incluida la mía desde luego. Y de esa desfachatez de algunos que es increíble. Esa falta de consideración salvaje que atropella sin miramientos. ¡En qué nos hemos convertido! Debe ser pòr eso que los amigos se marchan, algunos fuera del país, otros se encierran a ver pasar lo más prontamente posible sus vidas. Por eso me repito que un día de estos, un día de estos... Es la estética impersonal y hueca de los tiempos.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)
- julio (1)
- octubre (1)
- junio (1)
- mayo (1)
- junio (1)
- agosto (2)
- noviembre (1)
- octubre (3)
- diciembre (2)
- octubre (1)
- septiembre (1)
- agosto (2)
- junio (1)
- mayo (1)
- abril (2)
- marzo (1)
- enero (1)
- diciembre (1)
- abril (2)
- marzo (3)
- febrero (4)
- diciembre (1)
- noviembre (1)
- octubre (3)
- julio (1)
- junio (1)
- marzo (1)
- diciembre (1)
- noviembre (5)
- agosto (2)
- abril (1)
- marzo (3)
- febrero (2)
- enero (1)
- noviembre (3)
- octubre (1)
- septiembre (1)
- junio (1)
- mayo (2)
- abril (2)
- marzo (2)
- febrero (1)
- diciembre (1)
- noviembre (1)
- septiembre (1)
- agosto (2)
- abril (4)
- marzo (2)
- febrero (3)
- enero (3)
- diciembre (2)
- noviembre (1)
- octubre (1)
- septiembre (1)
- agosto (3)
- junio (3)
- mayo (6)
- abril (5)
- marzo (1)
- febrero (3)
- enero (1)
- diciembre (7)
- noviembre (12)
- octubre (19)
- septiembre (4)
- agosto (4)
- julio (14)
- junio (7)
- mayo (4)
- marzo (9)
- febrero (8)
- noviembre (1)

