Las ruedas
del carrito silbaban caprichosamente al ritmo de la velocidad del empuje que le
daba. Estaba pesado. Le dije a Julio que había que aceitarlas, pero, como cada
cosa que le digo, le entra por un oído y se le escapa por el otro. Ya llevamos
seis viajes... ¿Cómo es posible que beban tanta agua estos cretinos? Antes no
estaba la máquina filtradora y tenían que conformarse con los dispensadores
eléctricos que estaban por los pasillos y en alguna oficina. Pero ahora, con la
nueva adquisición, se puso de moda beber de esta agua filtrada y preparar el
café de grano, que con ella queda de un sabor mucho mejor.
Pero ellos no
son los que la van a buscar a la torre central, distante unos quinientos metros
más allá.
—Hace frío —me dice el Julio, y se envuelve en
su chaqueta de cuello subido. Él no ha estado muy bien últimamente. Ya lleva
dos operaciones a la columna, y da pena cómo arrastra los pies por esas
escaleras que subimos a diario. Le queda poco para jubilar: un par de años más
de aguante y estamos listos, me dice riendo. Su risa es forzada, como estudiada
de años, algo nerviosa y casi rastrera. Analizándolo bien, no tiene otra
posibilidad de trabajo. Dada su edad y sus habilidades, solo le resta esperar
el retiro y cruzar los dedos de que ningún imprevisto trunque dicha esperanza.
Pero de qué estoy hablando... ¿Esperanza, dije? Olvido sería más apropiado,
olvido y pobreza, que es lo que reciben los viejos hoy en día. El Julio va
camino al olvido, y luego le sigo yo, tres años más tarde. Somos los últimos
por acá. Después de algunos intentos fallidos, no contrataron a nadie más y se
quedaron operando con otras dos empresas contratistas. De la empresa madre solo
quedamos dos, los últimos. Y como que lo saben, lo adivinan, y casi puedo ver
cierta lástima en sus miradas.
—¿Para qué tan idiota? —me dice el Julio.
¿Idiota yo? Rezongo con la respiración agitada. No es idiotez, es resistencia,
aguante, compañero, le grito con rabia, sí, con rabia. No le he contado más porque
no tenemos tanta confianza. Últimamente me dan escalofríos cuando llega la
noche. Se me hace difícil dormir, como que me da miedo dormirme de pronto, y me
niego a hacerlo. La verdad, no sé qué chucha me pasa, si hasta he tenido un par
de crisis de pánico y no se lo he dicho a nadie. ¿Miedo? No, no es miedo, no
tengo miedo a morirme. Cuando llegue la hora, se acabó y nada más. Es otra cosa
que no logro identificar. Culpa de los tiempos que corren. La lluvia, el puto
gobierno, los achaques de viejo de mierda y la vieja culiá sapa de enfrente de mi
casa.
Lo que me
consuela son los limones, dos hermosos árboles: uno en el antejardín y otro en
el patio trasero de mi casa. ¡Qué maravilla! Están cargados de frutos y saben deliciosos,
muy jugosos y frescos. Ya hemos preparado algunas ensaladas con ellos. Y eso me
reconforta: una huella que queda, un vestigio de mi paso vertiginoso, una pausa
para contemplarlos, un minuto aferrado a la tierra.