Estaba sentado en el centro cerca de un semáforo a esa hora en que todas las cosas se suceden sin pausa. Me sentía agotado, mirando y no mirando y pensando en lo tarde que era y los encargos que me hizo y si alcanzaría hacerlos todos. Fue entonces que los vi venir. Ella caminaba rápido, llevaba unas sandalias negras y un vestido en tono pastel, liviano, que la hacían lucir más joven y fresca. Él caminaba más lento, como desganado. Hacía calor y llevaba sombrero y gafas para protegerse del sol y una botella de agua a medio vaciar en su mano derecha. Parecían una pareja de jubilados aprovechando el día festivo para tomar fotos y recorrer por ahí, cosas de jubilados pensé. Entonces él se retrasó o quizá ella caminaba muy rápido y se hacía imposible llevarle el ritmo o sólo era el cansancio, el caso es que quedó en medio de la calle y lo sorprendió la luz roja. Ya sabemos como es el tránsito por acá. Un par de frenazos, unos garabatos y él que termina de cruzar. Ella enfrente golpea el suelo con su pie y comienza a regañarle, que acaso quería al fin dejarla viuda?, que se apure, que porque se queda atrás y algo más que no escuché por el tráfico bullente a esa hora. Luego de esto sigue presurosa adelante sin volver la vista. Él la sigue por algunos metros mirándose los zapatos, se detiene y saca un pañuelo con el que se seca el sudor de la frente, vuelve la vista atrás al camino andado, se rasca la cabeza y piensa y duda, porque sé que lo asalta esa duda inquietante que siempre ronda a todo hombre, pero toma un sorbo de agua, guarda el pañuelo y prosigue el camino diez metros tras de ella.
Bitácora del martes.
Mi gato Dámaso está perdido. Lleva cinco
días sin volver y ya me estoy temiendo lo peor. Beatriz me dice que lo vio a un par de cuadras
de la casa, estaba sobre un techo y no dio muestra alguna de reconocerla cuando
lo llamó. Dice que se estiró cuan largo era y se adormeció bajo el tibio sol de
este otoño. Gato indiferente y cabrón. Beatriz opina que la calentura del gato
lo va a matar. En cierta forma tiene razón, a la larga la pasión es
destructiva, pero yo creo que habla así porque en el fondo aborrece al gato y
lo que representa. Yo lo sé. La personalidad de Dámaso es arisca, casi salvaje.
No permite que nadie le haga cariño excepto yo, y el tener este privilegio me
reconforta, me da cierto estatus dentro del hogar y sobre las otras mascotas.
Cosa que a Beatriz molesta sobremanera.
Pero el
problema de Dámaso es su calentura, aunque yo prefiero llamarlo apasionamiento
desbordado y es muy probable que lo liquide. Nunca habíamos tenido un gato tan
así, tan llevado a su idea, rabioso con
todos menos conmigo y cariñoso sólo cuando se le antojaba. Al principio lo
habíamos llamado Javier porque se parecía un poco a un sobrino en la expresión
de la cara, pero con su comportamiento desmedido se lo cambiamos en recuerdo de
mi abuelo Dámaso, un busquilla de primera, hombre de entrada y salida,
enamorado de la vida y todas las mujeres. Su última amante tenía veinticinco
años cuando él ya pasaba los setenta. Era usual que se perdiera, más bien
viajaba por negocios según sus palabras y se demoraba en regresar tanto como
tardaba en gastarse todo el dinero que
llevaba. Pero volvía, siempre lo hacía. El apasionamiento pasa, se calma el espíritu y la cordura vuelve a
señorear sin contrapeso. El abuelo llegaba nervioso, humillado y hasta más
flaco. Buscaba la mirada de la abuela y esta no decía nada. Nunca entendí tal
resignación ganada por el paso de los años y la costumbre, como la cruz que te
tocó y contra la cual no luchas. Me preguntaba entonces que misteriosa
sabiduría había en esos largos silencios, en ese reproche dolido, lacerante,
pero lleno de amor. Partía la abuela entonces a la cocina y le calentaba un
poco de comida y todo poco a poco volvía a la normalidad hasta su próxima huida.
Pero la abuela esperaba, sabía que tarde o temprano volvería, igual que yo,
espiando por la ventana el regreso de mi gato.
Porno
Voy a hacer un cuento porno.
Por-no esperar, por-no sucumbir, por-no olvidar,
por-no sospechar, por-no perdonar, por-no comprender, por-no escuchar, por-no
desistir, por no-rescatar, por-nosotros,
por-no olvidar...
Eso ya lo dije.
Ensayo público
En el contexto de una conversación con mi hijo, le sugerí a modo de ejercicio que realizara las prácticas de la banda de blues que integra en un espacio público. La idea sería en principio intervenir un lugar determinado y realizar sus ensayos tal cual lo vienen haciendo en la privacidad de una de sus casas en donde se reunen. El objetivo buscado es desnudar el proceso de construcción de sus temas, la inventiva, los fracasos, la complementación de ideas, etc. Todas ellas facetas de un proceso productivo cultural que quedarían a la intemperie sin ningún pudor.
Con lo anterior se pretende mostrar que la belleza, el éxito o lo que o lo que subjetivamente se piense de ello, se consigue sólo tras la derrota en una y mil veces. Saber que en la construcción, desarme y reconstrucción de los procesos creativos, en la búsqueda última de resultados inciertos, se logra apreciar la belleza pura con todos sus ripios, pliegues, oscuridades y luces que pueden ser tanto o más cautivantes que el resultado perseguido.
El problema que se nos presenta es el pudor a mostrarnos tan intimamente y los riesgos asociados. En un mundo como el de hoy realizar tal acto puede llegar a ser suicida.
Con lo anterior se pretende mostrar que la belleza, el éxito o lo que o lo que subjetivamente se piense de ello, se consigue sólo tras la derrota en una y mil veces. Saber que en la construcción, desarme y reconstrucción de los procesos creativos, en la búsqueda última de resultados inciertos, se logra apreciar la belleza pura con todos sus ripios, pliegues, oscuridades y luces que pueden ser tanto o más cautivantes que el resultado perseguido.
El problema que se nos presenta es el pudor a mostrarnos tan intimamente y los riesgos asociados. En un mundo como el de hoy realizar tal acto puede llegar a ser suicida.
Notas al márgen
Considerando los últimos acontecimientos, los que pasaron y continúan haciéndolo
Considerando las circunstancias, el calor agobiante y la poca plata o guita o como se le diga. Considerando que es muy poca y no alcanza para reservar para los gastos y no hablo de gastos reservados que esa es otra circunstancia que acontece.
Considerando que al género humano lo han devaluado en demasía últimamente, por falta de amor propio digo yo, o amor al prójimo o amor al arte, que no es lo mismo que hacerlo gratis. Eso que te quede claro.
Considerando además, que no es la perversión de la palabra la que me enferma, más bien la ética pervertida, corrupta e inexistente incrustada en esta sociedad perversa. Tácticas y políticas relegantes que arrasan y ahuyentan a los que no estamos inmersos en el sistema ese, si, el mismo que ud piensa.. "El plagio infeliz del edén"
Considerando que ya no les creo a sus frases profundas de voces graves y serias que no dicen nada de nada.
Considerando que cada hombre y mujer es todo un universo en sí mismo y que de superficiales apreciaciones tenemos bastante hoy en día.
Considerando que más de alguno se tomará en serio lo que concluyan esas comisiones de ética y que la verdad carezco absolutamente de sentido del humor como para seguir oyéndolas, en otras palabras, que ya soy un amargado de mierda y me colapsaron.
Considerando que ya me cansaron con sus bravatas de siempre, promesas, plazos y demáses, que esto se acaba señores y para que me entienda: No quiero que siga.
Considerando todo lo anterior y muchas otras cosas que acontecen habría que hacer algo estimo yo.
Tendríamos que salirnos de la periferia y plantarnos en el centro. Comenzar a meter ruido, así como una marea revitalizante comenzar de nuevo, reiniciarse.
Empezaría quemando el metro, la moneda y un par de ministerios (1)
Y quizá patear un par de cabezas para que se dejen de huevadas y robos.
Lo más probable es que me equivoque.Tal vez la respuesta sea no hacer nada, absolutamente nada. Fundar la latitud cero como me ofreció un poeta amigo alguna vez, (y pico pal que lee remataría!)
Que si no hay nada se acaba el rollo y que si se acaba todos cagamos y de esta manera es más democrática la debacle.
No hacer nada en comparación a hacer estupideces tiene sus ventajas.
nada de versos rimbombantes, ridículos y desabridos.
Nada de críticas ásperas, petulantes y narcisistas.
Nada de que ufanarse o burlarse
Cosa que la mierda decante y en un futuro próximo sirva de abono a las nuevas generaciones.
Hacerse un ermitaño digo yo, como para reencontrarse y tal vez entonces ser un poquito más productivo y novedoso.
No hacer nada para que los arribistas de toda índole no tengan cabida, para que los perros no tengan árbol al cual arrimarse.
Habría que apagar la tele, la radio y no comprar el pasquín de turno dejando los cahuines a las viejas, que sólo a ellas pertenecen y de paso dejar de rendirle tributo a los miserables de siempre.
En definitiva, no hacer nada y ensimismarse en un mutismo absoluto o una especie de luto temporal, Bien carepalo, seriecito para que no crean que estamos hueveando y nos encierren.
Nada de nada. Algo que nos hace falta últimamente.
(1) Metaforicamente hablando.
Considerando las circunstancias, el calor agobiante y la poca plata o guita o como se le diga. Considerando que es muy poca y no alcanza para reservar para los gastos y no hablo de gastos reservados que esa es otra circunstancia que acontece.
Considerando que al género humano lo han devaluado en demasía últimamente, por falta de amor propio digo yo, o amor al prójimo o amor al arte, que no es lo mismo que hacerlo gratis. Eso que te quede claro.
Considerando además, que no es la perversión de la palabra la que me enferma, más bien la ética pervertida, corrupta e inexistente incrustada en esta sociedad perversa. Tácticas y políticas relegantes que arrasan y ahuyentan a los que no estamos inmersos en el sistema ese, si, el mismo que ud piensa.. "El plagio infeliz del edén"
Considerando que ya no les creo a sus frases profundas de voces graves y serias que no dicen nada de nada.
Considerando que cada hombre y mujer es todo un universo en sí mismo y que de superficiales apreciaciones tenemos bastante hoy en día.
Considerando que más de alguno se tomará en serio lo que concluyan esas comisiones de ética y que la verdad carezco absolutamente de sentido del humor como para seguir oyéndolas, en otras palabras, que ya soy un amargado de mierda y me colapsaron.
Considerando que ya me cansaron con sus bravatas de siempre, promesas, plazos y demáses, que esto se acaba señores y para que me entienda: No quiero que siga.
Considerando todo lo anterior y muchas otras cosas que acontecen habría que hacer algo estimo yo.
Tendríamos que salirnos de la periferia y plantarnos en el centro. Comenzar a meter ruido, así como una marea revitalizante comenzar de nuevo, reiniciarse.
Empezaría quemando el metro, la moneda y un par de ministerios (1)
Y quizá patear un par de cabezas para que se dejen de huevadas y robos.
Lo más probable es que me equivoque.Tal vez la respuesta sea no hacer nada, absolutamente nada. Fundar la latitud cero como me ofreció un poeta amigo alguna vez, (y pico pal que lee remataría!)
Que si no hay nada se acaba el rollo y que si se acaba todos cagamos y de esta manera es más democrática la debacle.
No hacer nada en comparación a hacer estupideces tiene sus ventajas.
nada de versos rimbombantes, ridículos y desabridos.
Nada de críticas ásperas, petulantes y narcisistas.
Nada de que ufanarse o burlarse
Cosa que la mierda decante y en un futuro próximo sirva de abono a las nuevas generaciones.
Hacerse un ermitaño digo yo, como para reencontrarse y tal vez entonces ser un poquito más productivo y novedoso.
No hacer nada para que los arribistas de toda índole no tengan cabida, para que los perros no tengan árbol al cual arrimarse.
Habría que apagar la tele, la radio y no comprar el pasquín de turno dejando los cahuines a las viejas, que sólo a ellas pertenecen y de paso dejar de rendirle tributo a los miserables de siempre.
En definitiva, no hacer nada y ensimismarse en un mutismo absoluto o una especie de luto temporal, Bien carepalo, seriecito para que no crean que estamos hueveando y nos encierren.
Nada de nada. Algo que nos hace falta últimamente.
(1) Metaforicamente hablando.
La cama luce espeluznante. Cajas vacias de remedios, ropa, bolsas, cables, lápices... Afuera el sol implacable respira al oido de los que golpean mi puerta. Avisos de vencimiento, lectura de medidores, la vecina buscando a su gata que se roba las galletas que le dejo en la cocina para atraerla y el chico del taxi que llamé para que me lleve al policlinico más cercano.
Este reino se derrumba en un vaso de mineral y unas cucharadas de jarabe.
Este reino se derrumba en un vaso de mineral y unas cucharadas de jarabe.
Recuerdos de la Marixu
Cambios
Por una cuestión formal. De requisitos previos y/o posteriores inconscientemente olvidados en cierta relación de amistad, (que ya no es tal), con un sujeto de cuyo nombre no tengo la menor gana de acordarme. Me tengo que cambiar de casa. De pensión más bien que para lo otro no alcanza. Abandono la pieza que ocupaba en el segundo piso de la vieja casona. Y no es que no me gustara. En cierta forma me había acostumbrado a ella. A sus rincones mohosos, al papel mural a medio desprender, a las polillas, al crujir indeseable del piso, especialmente cuando la urgencia urinaria se desata en la madrugada. Ya me eran habituales los canturreos monótonos de las palomas y sus continuos escándalos, y por supuesto a los murciélagos y sus silbidos algo siniestros al lado de la ventana. Ésta última una decepción pues daba a los techos de un conventillo vecino. El calor veraniego capitalino me hacía dormir con ella abierta, pero en ves de frescura entraba un pandemónium de olores y ruido de los "vecinos" que opté por cerrarla y cagarme de calor en comparación. Así es que me voy de nuevo. Estoy en pleno proceso de búsqueda para la posterior mudanza y mi amiga intelectual, que para efectos identificatorios denominaré Marixu. Insiste en que mi problema profundo es la identidad. Me falta el proceso lógico de hundir raíces en el lugar que ocupo. Me acusa de ser un paria del viento. Pretende definirme como un errante sujeto a las caprichosas ráfagas del destino. Todo esto supuestamente por decisión propia. Eres un huevón vagabundo me increpa. Confieso no tener mucho apego a las cosas que nominan nuestro quehacer diario, llámese hogar, casa, ciudad o patria. Y viéndolo desde afuera, comprendo la aprensión de los que me conocen. En cierta forma puedo ser un tipo inestable. Lo cual no significa que no esté seguro de lo que hago. Haciendo un alto en este punto. Puedo elucubrar acerca de mi persistente dificultad en los procesos sociales comunes. Mi innegable timidez asociada a la absurda sensación de pasar casi siempre inadvertido, se han confabulado para hacerme un tanto inadaptado y sin ningún apego a los lugares por donde transito. La Marixu no comprende como puedo estar a punto de cumplir veinte años de casado. El amor nos hace libres le digo riendo y en respuesta recibo el pellizco correspondiente, mismo al que me tiene acostumbrado. Todo esto circunscrito en el marco de nuestras continuas conversaciones que se dan luego de que me presta su computador para traspasar algunos textos. Porque para que uds. sepan. Yo prefiero el lápiz y el papel, pero debo reconocer la invaluable ayuda que brinda el aparatito y que gracias a él pasa algo desapercibido mi cuasi analfabetismo, lo cual no es menor. A mi amiga la conocí de no muy buena forma. Un día que visitaba a un amigo que trabaja en el edificio de Endesa por aquí cerquita. Cuando salíamos en su auto, se aparece la Marixu en medio de un piquete que protestaba por la construcción de las represas en el sur. Nos bombardearon de huevos y afines mientras nos impedían el paso. Pasados unos minutos la ley se hizo presente y se la llevaron detenida, a lo cual supe más tarde, estaba bastante acostumbrada. La Marixu es comprometida con sus convicciones y muy aguerrida. Lidera el famoso piquete y está envuelta en un interminable listado de causas anárquicas. Ella es especialista en funas. Dispara a diestra y siniestra. No se le va ninguna. Tiene casi treinta y se ufana de haber estudiado algunos años de sociología en Valparaíso. Es bastante atractiva, pero dada su personalidad explosiva, concita poco interés en el sexo opuesto. Los hombres la rehuyen lo cual la tiene un tanto amargada. Nunca he sabido como es que vive. Sé que vende sus cosillas por aquí y por allá y que mantiene una pensión de una antigua relación. Así como se ve, pareciera no tener mayor estreches económica, de hecho en nuestros encuentros es la que generalmente paga los cafés o los tragos según la ocasión y debo aceptar de su parte el que me diga que no me acostumbre demasiado, que no está dispuesta a soportar a ningún cafiche de mierda. Entonces es que me levanto haciéndome el dolido y la Marixu se traga su humor de perros y me pide que me siente. Pero no se disculpa. Eso jamás. En estos últimos días, dada la condición en la que me encuentro. Mi amiga insiste en ofrecerme el cuartito que tiene desocupado detrás de su casa. El asunto me complica. Las llamadas reiteradas a mi teléfono implican cierta premura o intención desconocida. Hay algo que revolotea en cada sílaba de sus palabras. Mañana le digo definitivamente que no, por si las moscas.
Por una cuestión formal. De requisitos previos y/o posteriores inconscientemente olvidados en cierta relación de amistad, (que ya no es tal), con un sujeto de cuyo nombre no tengo la menor gana de acordarme. Me tengo que cambiar de casa. De pensión más bien que para lo otro no alcanza. Abandono la pieza que ocupaba en el segundo piso de la vieja casona. Y no es que no me gustara. En cierta forma me había acostumbrado a ella. A sus rincones mohosos, al papel mural a medio desprender, a las polillas, al crujir indeseable del piso, especialmente cuando la urgencia urinaria se desata en la madrugada. Ya me eran habituales los canturreos monótonos de las palomas y sus continuos escándalos, y por supuesto a los murciélagos y sus silbidos algo siniestros al lado de la ventana. Ésta última una decepción pues daba a los techos de un conventillo vecino. El calor veraniego capitalino me hacía dormir con ella abierta, pero en ves de frescura entraba un pandemónium de olores y ruido de los "vecinos" que opté por cerrarla y cagarme de calor en comparación. Así es que me voy de nuevo. Estoy en pleno proceso de búsqueda para la posterior mudanza y mi amiga intelectual, que para efectos identificatorios denominaré Marixu. Insiste en que mi problema profundo es la identidad. Me falta el proceso lógico de hundir raíces en el lugar que ocupo. Me acusa de ser un paria del viento. Pretende definirme como un errante sujeto a las caprichosas ráfagas del destino. Todo esto supuestamente por decisión propia. Eres un huevón vagabundo me increpa. Confieso no tener mucho apego a las cosas que nominan nuestro quehacer diario, llámese hogar, casa, ciudad o patria. Y viéndolo desde afuera, comprendo la aprensión de los que me conocen. En cierta forma puedo ser un tipo inestable. Lo cual no significa que no esté seguro de lo que hago. Haciendo un alto en este punto. Puedo elucubrar acerca de mi persistente dificultad en los procesos sociales comunes. Mi innegable timidez asociada a la absurda sensación de pasar casi siempre inadvertido, se han confabulado para hacerme un tanto inadaptado y sin ningún apego a los lugares por donde transito. La Marixu no comprende como puedo estar a punto de cumplir veinte años de casado. El amor nos hace libres le digo riendo y en respuesta recibo el pellizco correspondiente, mismo al que me tiene acostumbrado. Todo esto circunscrito en el marco de nuestras continuas conversaciones que se dan luego de que me presta su computador para traspasar algunos textos. Porque para que uds. sepan. Yo prefiero el lápiz y el papel, pero debo reconocer la invaluable ayuda que brinda el aparatito y que gracias a él pasa algo desapercibido mi cuasi analfabetismo, lo cual no es menor. A mi amiga la conocí de no muy buena forma. Un día que visitaba a un amigo que trabaja en el edificio de Endesa por aquí cerquita. Cuando salíamos en su auto, se aparece la Marixu en medio de un piquete que protestaba por la construcción de las represas en el sur. Nos bombardearon de huevos y afines mientras nos impedían el paso. Pasados unos minutos la ley se hizo presente y se la llevaron detenida, a lo cual supe más tarde, estaba bastante acostumbrada. La Marixu es comprometida con sus convicciones y muy aguerrida. Lidera el famoso piquete y está envuelta en un interminable listado de causas anárquicas. Ella es especialista en funas. Dispara a diestra y siniestra. No se le va ninguna. Tiene casi treinta y se ufana de haber estudiado algunos años de sociología en Valparaíso. Es bastante atractiva, pero dada su personalidad explosiva, concita poco interés en el sexo opuesto. Los hombres la rehuyen lo cual la tiene un tanto amargada. Nunca he sabido como es que vive. Sé que vende sus cosillas por aquí y por allá y que mantiene una pensión de una antigua relación. Así como se ve, pareciera no tener mayor estreches económica, de hecho en nuestros encuentros es la que generalmente paga los cafés o los tragos según la ocasión y debo aceptar de su parte el que me diga que no me acostumbre demasiado, que no está dispuesta a soportar a ningún cafiche de mierda. Entonces es que me levanto haciéndome el dolido y la Marixu se traga su humor de perros y me pide que me siente. Pero no se disculpa. Eso jamás. En estos últimos días, dada la condición en la que me encuentro. Mi amiga insiste en ofrecerme el cuartito que tiene desocupado detrás de su casa. El asunto me complica. Las llamadas reiteradas a mi teléfono implican cierta premura o intención desconocida. Hay algo que revolotea en cada sílaba de sus palabras. Mañana le digo definitivamente que no, por si las moscas.
Bitácora de un lunes atroz tirado en la cama con fiebre, y dos cajas de remedios y una botella mineral y una colilla de cigarro en la boca y calor, y...
No es esa la manera, ni menos el fondo. Nunca supiste qué era madurar, vivir a fin de cuentas. Porque madurar no es salir a trotar por los jardines y la playa de Santo Domingo, dejándose de payasadas con los cabros de la pobla: Tampoco comprarse un autito de esos coreanos que enceras y pules todos los fines de semana para sacar a pasear a la hija del supervisor de turno, que es más fome que chupar un clavo; desabrida la flaca que milita en RN, donde ahora tú también militas porque “está bien” ser de allí. Madurar tampoco es asistir todos los domingos a misa con la camisita impecablemente planchada y las gafas Bollé, para ocultar las ojeras de la borrasca que te pegaste la noche anterior con los compañeros de trabajo en la picá de Lo abarca. Madurar no es comprarse un raquet de tenis de esos de los buenos y dejarlo en el living por si viene alguien y contarles del partido ficticio que jugaste el domingo pasado, porque hace siglos que no vas y ya ni idea tienes de los precios de arriendo de las canchas. Crecer no significa ir al casino y gastarte esas doscientas lucas que no tienes, sólo por llevarle el amén a la hija del jefe que, de aburrida la niña, te invitó a salir. Madurar no era estudiar la carrerita administrativa que te libraría de los fierros en que estábamos todos trabajando y ponerte la ansiada corbata que, a fin de cuentas, sólo te ha estrangulado todos estos años. Ser un hombre “bien” que no fuma, que paga a tiempo sus tarjetas y, que apenas tuvo cuenta corriente, anduvo con el fajo de cheques en una billetera kilométrica, sólo para mostrar que habías `progresado al pagar la cuenta del mall de turno. Estar así de bien no era irse al recital del grupo de moda el viernes y el domingo ir a “visitar” a tu mamá con familia incluida sólo porque no te quedaba ni un miserable peso y no tenías ni para comer. Crecer, madurar, estar ahí, no era tomar ese camino ingrato que, cuando las cosas se pusieron feas y te despidieron del trabajo, te viste forzado a meterte a los fierros un tiempo y engrasarte las uñas, llorando de paso un poco por dentro.
Aspirar a ser otro, olvidándote de tus amigos leales sólo porque vivían en población y tú no, gracias a la jubilación de tu papá. No era la manera solidaria de vivir que te recitaban los domingos en misa. Crecer, madurar, no era fingir alegría de reencontrarte con uno de esos pelagatos que nunca surgieron como tú y que invitas a tu casa a almorzar para presumir y de paso, mostrarle la última joyita tecnológica que te compraste a tres cuotas precio contado sin ningún remordimiento por dentro, sabiendo que si lo dejas hablar de nuevo te pedirá que lo “muevas” con el jefe a ver si tiene una cabida por ahí, que las cosas han estado tan mal, y tú, que no tienes ni tu pega asegurada, le das falsas esperanzas, que lo llamarás apenas sepas algo. Siempre la misma historia, hasta que te lo topes de nuevo a la salida de algún supermercado o después de estacionar el auto.
Crecer, madurar, no era ese arribismo enfermizo ni la envidia que teamarga el alma día a día. No era la apariencia amigo mío. Nunca lo fue.
Tic, tac, tic, tac, tic, tac...
Una cosa es cierta, no puedo dormir y me he convertido en un espectador desde la ventana. Afuera las luces de la calle palpitan entre gentes que vienen y van apurandose estas noches calurosas de verano. Tengo sed. pero esa sed que no se quita con nada, ese impulso misterioso que te arroja a buscar desesperado, ese vértigo en la sangre, ese caminar deambulando por calles y riincones. Afuera la noche bulle con toda su metástasis carcomiendola, yo aquí con los ojos abiertos me elevo con las argollas del humo del cigarro.
Faeneros
Casi siempre caen lentos, no sé bien porque, pero demoran en desplomarse. No he visto cosa similar en otra parte. Una vez en Concepción demoraron sólo media hora, culpa del Marcos y su pócima que trajo de Osorno. La mezcló con los vasos y fue fulminante, no como él hubiera querido porque aún así fue media hora. Pero por lo general caen lentos. El proceso lleno de picardía, anécdotas y en especial historias de mujeres, cárcel y una que otra pelea arriba de la barra. Los cuatro mosqueteros del "siete" han recorrido medio país haciendo semejante competencia. El "siete" fue un bar, un tugurio en realidad en donde el Marco perdió la virgnidad con una puta vieja cuando tenia 15 años. Los otros son mayores y se conocen desde esa época, pero creo que siempre lo han tratado como el chico "virgen" y ya tiene 35 y nada de eso queda, pero bueno, ellos son así, el trago supongo.
Roberto por ejemplo, se sabe de memoria los nombres de cada puta con la que ha estado. Una especie de colección dice mientras se empina un corto de aguardiente. Tiene tatuada una araña negra en el hombro y habla mordiendo el cigarro mientras reparte cartas. La mesa elegida siempre está en un rincón para cubrirse las espaldas en caso de pelea. Una a vez al Gustavo se la pusieron y le perforaron un pulmón. De enamorado le pasa comentan los otros que salieron en su defensa. Semanas en el hospital, sin bares ni cigarros fue una tragedia para el tipo que estuvo cerca de estirar la pata como dicen ellos.
Ninguno está casado, alguna vez dos de ellos, pero en este trabajo es imposible. Las distancias matan cualquier relación mi viejo dice el "Totti" que todavía no le sé el nombre, pero como que fuera el más tranquilo. Sorprende esa pasividad de un hombre de un metro noventa y casi cién kilos de peso. En ralidad nadie se mete con él. Dicen que trabajó domando caballos que capturaban en la cordillera cerca de Futrono. Tipos rudos sin duda, sureños dice el jefe, que son mejores para la pega, no reclaman mucho ciertas injusticias y son fieles como perros. La pregunta cae por si sola. Por qué esta vida de vagabundos casi, porque el desarraigo. Uno pudiera suponer la necesidad, pero sacando cuentas no es mucha la diferencia a quedarse viviendo en sus pueblos de origen que lo que ganan acá. Es como si se hubiese transformado en una costumbre difícil de erradicar. Una forma de vida contra corriente, montando a pelo por la vida. Cosas de faeneros.
Roberto por ejemplo, se sabe de memoria los nombres de cada puta con la que ha estado. Una especie de colección dice mientras se empina un corto de aguardiente. Tiene tatuada una araña negra en el hombro y habla mordiendo el cigarro mientras reparte cartas. La mesa elegida siempre está en un rincón para cubrirse las espaldas en caso de pelea. Una a vez al Gustavo se la pusieron y le perforaron un pulmón. De enamorado le pasa comentan los otros que salieron en su defensa. Semanas en el hospital, sin bares ni cigarros fue una tragedia para el tipo que estuvo cerca de estirar la pata como dicen ellos.
Ninguno está casado, alguna vez dos de ellos, pero en este trabajo es imposible. Las distancias matan cualquier relación mi viejo dice el "Totti" que todavía no le sé el nombre, pero como que fuera el más tranquilo. Sorprende esa pasividad de un hombre de un metro noventa y casi cién kilos de peso. En ralidad nadie se mete con él. Dicen que trabajó domando caballos que capturaban en la cordillera cerca de Futrono. Tipos rudos sin duda, sureños dice el jefe, que son mejores para la pega, no reclaman mucho ciertas injusticias y son fieles como perros. La pregunta cae por si sola. Por qué esta vida de vagabundos casi, porque el desarraigo. Uno pudiera suponer la necesidad, pero sacando cuentas no es mucha la diferencia a quedarse viviendo en sus pueblos de origen que lo que ganan acá. Es como si se hubiese transformado en una costumbre difícil de erradicar. Una forma de vida contra corriente, montando a pelo por la vida. Cosas de faeneros.
La fila
Uno sucumbe en la fila, se deja arrastrar y pierde autonomía. La fila te absorbe como esponja y te ordena y somete a su sádico antojo.
En la fila no soy yo y no queda más que la espera y el tránsito lento de circuitos diseñados por mentes enfermas buscando aprovechar al máximo el espacio minúsculo ante la avalancha de zombies histéricos buscando soluciones a cuanto daño diario que nos han hecho. Todo esto inútil por cierto, cosa que aún no procesamos bien en nuestro chip inconcluso y paupérrimo.
Y en ese tránsito desde la entrada al mesón setenta números más allá, se miran las caras los zombies silentes, muerden las puntas de las gafas para el sol, se arreglan el pelo, revisan si tienen abierto el cierre del pantalón e intentan recordar la maldita consulta porque a estas alturas ya se ha olvidado.
En la fila no soy yo y no queda más que la espera y el tránsito lento de circuitos diseñados por mentes enfermas buscando aprovechar al máximo el espacio minúsculo ante la avalancha de zombies histéricos buscando soluciones a cuanto daño diario que nos han hecho. Todo esto inútil por cierto, cosa que aún no procesamos bien en nuestro chip inconcluso y paupérrimo.
Y en ese tránsito desde la entrada al mesón setenta números más allá, se miran las caras los zombies silentes, muerden las puntas de las gafas para el sol, se arreglan el pelo, revisan si tienen abierto el cierre del pantalón e intentan recordar la maldita consulta porque a estas alturas ya se ha olvidado.
Bitácora de Imágenes
Recuerdo que la poeta, una mujer de 60 años aproximados, hablaba de su esperiencia de un viaje, de la Mistral y su mano sobre el pasamano al abordar un avión, de la réplica en yeso que tenía en su poder y que mostraba cual souvenir tétrico ante la platea que eramos nosotros y unas cuantas personas más que asistíamos a su discurso ególatra e inconducente. Todo esto en el marco del aniversario de la biblioteca nacional y de las lecturas poéticas a las que fuimos invitados. Fue entonces que la poeta joven que andaba con nosotros me dijo: "Prometeme que si algún día me pongo así de odiosa me lo tienes que decir" No sé porque me acordé de esto, quizá ya es hora de juntarse de nuevo.
Salir a la calle y comprar el diario es un gesto mecánico. Marixu diría que me he vuelto predecible, y eso siempre es peligroso remataría. Es Lunes, hay viento pero hace calor o quizá no, con esta gripe y algo de fiebre no estoy muy seguro, de un tiempo a esta parte las cosas se han vuelto algo espumosas, como que se van elevando y desapareciendo a la larga. Si no fuera que tengo que juntarme con los poetas no iria, la verdad me cuesta cada vez más salir a la calle, prefiero la seguridad mística de mis paredes de madera. Es sólo un concepto, la cara vista de la luna, la otra se retuerce taciturna a las cuatro de la mañana encendiendo cigarros en la penumbra y mirando la noche extinguirse con un trago de más. Pero tengo que ir a San antonio, los poetas esperan y la planificación y la resistencia y un brindis por los viejos tiempos y los nuevos que serán mejores. Hay tanto que hacer y tan poco tiempo. Entonces recuerdo que no tengo plata para movilizarme y recurro a los cajeros, mismos que cuida la ley, si, es verdad, si ya se perdió toda decencia en este país. Y hago el recorrido desde Llolleo hasta San antonio buscando uno con plata, pero muchos de ellos están con cartelitos de mal funcionamiento. Se me ocurre que podría ser una buena práctica esa, el uso constante de cartelitos de mal funcionamiento para ponerlos en diferentes partes, instituciones y hasta personas. Conozco a un par de tipos que debieran tatuarles el letrerito poque no tienen remedio. Fuera de servicio... Me vendría bien uno a mi por un tiempo. ¿Qué tal si mandara a la cresta ciertas obligaciones por un año o más? La verdad es que estoy cansado, aburrido de la ordinariez, incluida la mía desde luego. Y de esa desfachatez de algunos que es increíble. Esa falta de consideración salvaje que atropella sin miramientos. ¡En qué nos hemos convertido! Debe ser pòr eso que los amigos se marchan, algunos fuera del país, otros se encierran a ver pasar lo más prontamente posible sus vidas. Por eso me repito que un día de estos, un día de estos... Es la estética impersonal y hueca de los tiempos.
C'est la vie
Y le llega balbuceante
jadeando el animal en celo
presurosas las manos y la lengua ávida y sedienta
Desesperado por la arremetida final, que afuera llueve
y ni siquiera eso importa para la sangre salvaje latiendo
bebiendo, escarbando y gimiendo.
Y se han apagado las luces, y la calle se escabulle
y las copas vacías y la hoguera encendida
dígame ud si no lo haría
dígame ud que no lo haría!
la noche se queja de putas ausentes
que la que falta la tiene encantada
por su historia contada de golpe
como un tobogan, una plegaria sangrante
una vida en un quejido.
jadeando el animal en celo
presurosas las manos y la lengua ávida y sedienta
Desesperado por la arremetida final, que afuera llueve
y ni siquiera eso importa para la sangre salvaje latiendo
bebiendo, escarbando y gimiendo.
Y se han apagado las luces, y la calle se escabulle
y las copas vacías y la hoguera encendida
dígame ud si no lo haría
dígame ud que no lo haría!
la noche se queja de putas ausentes
que la que falta la tiene encantada
por su historia contada de golpe
como un tobogan, una plegaria sangrante
una vida en un quejido.
Lecturas de Domingo
Ella leía a Navokov. Yo
luchaba por continuar mi lectura de Carver contra el peso de mis párpados. La
tarde era calurosa y en esa esquina de la biblioteca se formaba un arco que
casi la ocultaba del resto del público. Allí el calor era peor pues el aire
casi no circulaba. Pese a lo anterior,
ella leía a Navokov, y tenía en su mano
derecha un lápiz de grafito que usaba para subrayar algunos párrafos que meticulosamente copiaba en una libreta
que extrajo de un bolso marrón que colgaba de una silla. Lo que me inquietaba era tener la
conciencia de que jamás sabría los párrafos que a ella tanto le interesaban. Un
misterio inquietante dando vueltas mientras Carver se revolcaba en las observaciones
banales de los amigos de su actual mujer. Yo levantaba la vista de mi libro y
le dirigía rápidas miradas para no ser sorprendido, sin embargo ella estaba tan
abstraída de su lectura que no se percataba de mi observación. En su mano
izquierda llevaba un par de anillos. Ninguno era una argolla de matrimonio, es
más, pude observar que su dedo anular izquierdo lucía la palidez del sitio que
no alcanzó el sol pues de seguro hubo una argolla antes ahí, pero ya no estaba. ¿Qué buscaría con tanto afán en “Lolita” del ruso? Imaginé entonces al lector
medio, aquél de tardes de domingo, en el silencio bajo la sombra de un árbol en
el patio, o hundido en un sillón con los pies en una mesita de centro identificándose con
algún personaje, viviendo sus peculiares vidas ficticias, siendo uno o varios
personajes en una historia quizá traumática de final infeliz.
Entonces lo supe, de improviso la mirada de ella se clavó en la mía con un reproche intenso, una especie de odio contenido en un par de pupilas negras, mordiendo sus labios y dejando caer una lágrima negra hasta el borde de su boca que borró de un golpe con el dorso de su mano. Dejé a Carver y su bebida alcohólica y la última cita con su mujer de años y la despedida, y el viaje a mundos separados pero unidos en cierta parte que no alcanzo a comprender bien cuál es, y su si me necesitas llámame, y la maleta, y el auto y la carretera. Lo dejé todo sobre la mesa y me marché sin volver la cabeza.
Entonces lo supe, de improviso la mirada de ella se clavó en la mía con un reproche intenso, una especie de odio contenido en un par de pupilas negras, mordiendo sus labios y dejando caer una lágrima negra hasta el borde de su boca que borró de un golpe con el dorso de su mano. Dejé a Carver y su bebida alcohólica y la última cita con su mujer de años y la despedida, y el viaje a mundos separados pero unidos en cierta parte que no alcanzo a comprender bien cuál es, y su si me necesitas llámame, y la maleta, y el auto y la carretera. Lo dejé todo sobre la mesa y me marché sin volver la cabeza.
En la carretera
El
incesante sonido del motor de la camioneta nos advirtió que la hora
del viaje había llegado; Nos subimos los tres en el asiento trasero
y como es mi costumbre, opté por irme sentado en el espacio del
medio. Lo que era una vaga y supuesta idea de estar más seguro en
caso de que ocurriera algún accidente. En el asiento del conductor
iba el jefe-dueño, amo y señor de aquella apestosa reliquia. Lo
acompañaba “su mujercita”; Llevaba ésta un bolsito de género
en su mano derecha que no cesaba de agitar y en la siniestra un
cigarrillo con una larga ceniza que aspiraba descontroladamente. Del
bolsito comenzó a sacar una serie de discos compactos que nosotros
obligadamente tendríamos que escuchar en el camino. Tenía ella el
pelo crespo, largo hasta los hombros y con cosméticos reflejos
dorados. Su voz desagradablemente chillona era dada a hacerse la
protagonista del viaje, con esos grititos exagerados y algunas
palabras como de niña pequeña que comenzaron a molestarme desde la
primera vez que la escuché.
Cubrí
mi rostro con el gorro de lana que traía para el frío e intenté y
rogué poder quedarme dormido, pero la musiquilla estridente que
brotaba de los parlantes y el constante y desinhibido acoso de la
mujercita hacia el jefe-dueño, dando al mismo tiempo furtivas
miradas hacia atrás, consiguieron ponerme definitivamente de mal
humor.
El otoño dio paso al invierno y ni cuenta me he dado de los tres meses que llevo viajando diariamente a mi trabajo, éste último distante dos horas de mi casa. Devoro kilómetros de ida y regreso en una rutina desesperante. La labor es dura, exigente y sacrificada, pero no me quejo. Los días raudos pasan casi sin notarlos, uno tras de otro se van acumulando en el baúl de los olvidados. A veces no se cual de ellos estoy viviendo, más yo no me quejo. El dinero es escaso y me he visto en la necesidad de restringirme al máximo en mis gastos. A consecuencia de esto me cortaron el teléfono y por las noches me siento aislado, y el televisor no puedo arreglarlo así es que sólo lo escucho y me imagino lo que sucede fumando los cigarrillos más baratos que encontré y continúo sin quejarme.
Mira
las calles. Todas cambian de nombre ante tus ojos. Esperan la buena o
mala nueva que nunca llegará. Mira los mismos árboles pasar, cuando
te vas y cuando te regresas. Mira la hierba congelada agitarse a
tu paso en un estallido de cristales rotos. Mira que el tiempo pasa y
la espera se hace eterna. Mira las casas, las luces, los cerros y sus
antenas, los mismos rostros que huyen despavoridos a tu paso.
Mira que tu lugar de destino siempre cambia y nunca es el
último.
Por
primera vez imagino matarlo, eso, directamente hacerlo, sin mediar
palabra alguna; De alguna manera es el culpable del cúmulo de
desastres domésticos que hacen presa de mi. El miserable y su rostro
impávido, digno de un duro jugador que sabe moverse y que no hay
como vencerlo. No existe el modo suficientemente aplastante para
hacerlo. La forma de exigir revancha a mi existencia deprimida,
venganza, oh! si, dulce venganza.
La
teñida estúpida apoya su cabeza en el hombro de él y tararea una
más estúpida canción que le dedica ridículamente.
Lo
imagino muerto, tirado a un lado de la carretera, atropellado,
pisado, escupido. Lo veo con el rostro duro hecho trizas y sus ojos
vidriosos aún sorprendidos por la muerte inesperada.
La
rabia me agobia. Pienso en terminar todo esto, que todo lo que existe
tiene un final y la verdad no importa muchas veces como llega. Que
las cosas se acaban y la muerte siempre ha sido el punto final de la
vida y no existe un paréntesis ni unas comillas salvadoras. Hay solo
un punto final diminuto y solitario al término de todo.
Trato
de pensar en algo que me salve, una redención repentina que evite la
catástrofe. ¿Dónde están los últimos momentos felices?, ¿Dónde
están?. No los recuerdo.
El
no quejarse nunca provoca esto. Una enorme rabia angustiosa que se
libera en un instante cual volcán en una erupción avasallante, sin
medir consecuencias, que quizás ya no interesan lo más mínimo.
Pienso que ya no importa ni siquiera pensar, para que seguir
haciéndolo que el hacerlo una y otra vez no consigue poner atajo a
lo que sucede. Hay una negligencia implícita en esto, un lamentable
accidente en el que me involucraron arbitrariamente. Mi vida ha sido
una utopía. El plan perfecto, pero irrealizable.
Entonces
sucede. El neumático delantero del lado derecho revienta
misteriosamente al mismo tiempo que mi furia acumulada busca salida.
Es el instante en que me abalanzo sobre el jefe-dueño, lo tomo
frenéticamente del cuello y aprieto desesperado. El vehículo
zigzaguea peligrosamente al tiempo que la teñida comienza con una
avalancha de gritos y arañazos que marcan mi cara y mis brazos, pero
yo no aflojo mis manos. En el instante en que mis compañeros
despiertan y tratan de detenerme, la camioneta se va con violencia
hacia un costado de la ruta y se estrella contra la baranda de
protección, entonces damos vueltas de campana y yo me siento
atrapado de mis piernas y un fuerte impacto en el pecho me deja por
un momento sin respiración. El vehículo continúa girando
enloquecido hasta que se detiene por fin en una acequia que corre por
el costado de la carretera. Miro a mis acompañantes y veo que uno
sangra profusamente de su cabeza y su mirada inmóvil me indica que
ya está muerto, del otro ni luces, no puedo verlo. La teñida ha
salido volando por el parabrisas y su cuerpo inerte yace
semisumergido dentro del canal. Al jefe-dueño apenas logro verlo por
el rabillo del ojo. De pronto la niebla ha invadido el lugar
haciéndolo todo muy borroso, casi irreal. Observo como alguien abre
la puerta y lo ayuda, luego abre la que está a mi lado y me mira y
yo lo miro, entonces le sonrío porque me doy cuenta que me estoy
muriendo.
El
codazo a la altura de mis costillas propinado por mi acompañante,
pone fin a mi profundo sueño. Estamos detenidos en la berma y nos
bajamos aún no despiertos del todo. Más allá corre un sucio canal
donde una hilera de álamos y un par de sauces alargan sus raíces
para beber de sus aguas. Ellos fueron testigos del horrible
accidente.
Dos
cuerpos yacen en la acequia. El de la mujer con su cabeza hundida en
el agua y el del hombre acurrucado como un bebe al lado de un álamo.
El vehículo está destrozado. Corrimos a la cabina y tratamos de
sacar al conductor que al parecer aún permanece con vida, lo
tendemos en el piso y el jefe-dueño intenta darle primeros auxilios.
Yo me voy a la parte posterior y tiro de la puerta desesperado, pero
no puedo abrirla, entonces rompo los vidrios e introduzco medio
cuerpo para ver mejor. Me siento atorado entre esas latas retorcidas.
Observo en todas direcciones, minuciosa y angustiosamente, pero no
veo nada, ni a nadie.
La
teñida aún apoya su cabeza en el hombro del jefe-dueño, pero ya no
pronuncia palabra alguna. El silencio ha hecho presa de los parlantes
y se ha apropiado de todos los rincones de la cabina. La carretera se
extiende y retuerce a la distancia como una víbora. Yo intento
dormirme, pero ya no puedo hacerlo.
Bitácora de un viernes sepultado bajo un mar de papeles y más papeles y más...
Y entonces jugamos el papel que nos toca y porque hay que hacerlo. La vida no espera a que nos decidamos a escoger aquél que más nos conviene, sólo pasa y te arrebata tu tiempo mísero. Porque así es, mísero, escaso e indiferente. Y la pregunta que siempre nos hacemos al cabo de unos años se aparece de pronto y nos atormenta al compás de nuestros pasos en la calle desierta. Y si hubiera...? Y nos responde un eco lejano que tardamos en reconocer como nuestra propia voz, aquella que era joven e insolente, y la memoria vuelve y se encienden las luces algo pálidas por el bullicio diario, por la rutina diaria del sobrevivir y de nuevo apretamos los puños y nos damos cuenta que no hemos hecho nada de aquello que imaginamos y queda tan poco tiempo. Si, todas las voces jóvenes debieran ser insolentes, sacarle la madre al mundo a veces es buena terapia.
Bitácora del sábado trasnochado.
Entonces dijo todo. ¿Qué más pensaba yo, qué más? Quedar como un bastardo es tan fácil, obviar los detalles e ir al hueso, botar el maldito tronco que aún está en pie. Ah! Demasiado fácil.
Me lo encontré a eso de las tres de la tarde, cuando el asfalto ardía bajo este sol implacable. Años sin verlo. Estaba mucho más flaco, como un perro famélico, los ojos hundidos y la barba de varios días. Lo invité a una cerveza, nada mejor pensé. Nos fuimos donde Carlitos, a esta hora está algo vacío y el Wurlitzer silencioso. Odio los Wurlitzer desde que me tragaron cerca de mil pesos en una programación que nunca salió. Pero bueno, no quiero desviarme del tema. Gustavo tiene sed, se bebe la primera sin respirar y pido dos más. Viene de Iquique y lleva una semana dando vueltas por acá. No sabe donde ir. Ella se fue me cuenta. Tomó el avión y se fue al sur confiesa con rabia. No creo que vuelva remata. Y no es eso lo que duele, prosigue, es la incomprensión. ¿Qué es más nefasto que el que no te comprendan?
Le había dado la última oportunidad y falló. Gustavo tenía la tendencia a olvidarse de las fechas, todo lo relacionado con números es un suplicio para él. Recuerdo que en tiempos de colegio siempre llegaba a clases sin tener idea de la prueba o el trabajo para entregar. Un tipo singular sin duda. Sus habilidades apuntaban hacia otro lado. Tenía un carisma inquietante con las mujeres. El tipo se manejaba bien con ellas y lo mejor de todo, sin remordimientos. Una vez me dijo que el que los tenía no servía para el jueguito del amor. Era frívolo en cierta forma, una manera de sobrevivir decía. La vida es corta amigo y hay que disfrutarla. Y los costos rezongaba yo, lo costos... A él no le importaban, es más, le empezó a ir bien. Mujeres con plata decía, esas valen la pena. Pronto tuvo un cero kilómetros, un departamento en Ñuñoa y una cuenta Visa expedita. El resto nos dispersamos a nuestras realidades diversas, perdimos el contacto algunos años. Un día me escribe emocionado, viene llegando de Buenos Aires y llega a casarse. Enamorado pregunto? No hombre contesta, es sólo un arreglo comercial. Pasa el tiempo, mi vida cuesta abajo y la de Gustavo llena de viajes, hoteles de buenas estrellas y la billetera llena. Hasta que sucedió. Ella era anarquista, una tipa de temer. Inteligente y apasionada, y se enamoró, como nunca había imaginado hacerlo un tipo como él. Estas cosas suceden mucho más frecuentemente de lo que creemos. El caso es que era un perrito faldero al lado de ella, y lo estrujó. El matrimonio colapsó en un par de semanas, pero aún quedaba algo en el banco. Pero ella también quería lo suyo. Era como la venganza hecha realidad de todas aquellas de las que se aprovechó. Y la chica era mala, si que lo era. Mala de adentro. Hay mujeres así, intrínsecamente malas. Como que nacen para hacer cagar a alguien, es su principal objetivo y Gustavo agarrado hasta las patas. Y las fechas, las malditas fechas. Que el aniversario, que la hora del gimnasio para ir a buscarla, que la cuenta impaga de la tienda en donde compró las botas, y suma y sigue. La plata se acaba y el corazón se agota me confiesa ahora. El amor no basta dice, el amor no basta repito y llamo a Carlitos para que traiga la quinta corrida.
Me lo encontré a eso de las tres de la tarde, cuando el asfalto ardía bajo este sol implacable. Años sin verlo. Estaba mucho más flaco, como un perro famélico, los ojos hundidos y la barba de varios días. Lo invité a una cerveza, nada mejor pensé. Nos fuimos donde Carlitos, a esta hora está algo vacío y el Wurlitzer silencioso. Odio los Wurlitzer desde que me tragaron cerca de mil pesos en una programación que nunca salió. Pero bueno, no quiero desviarme del tema. Gustavo tiene sed, se bebe la primera sin respirar y pido dos más. Viene de Iquique y lleva una semana dando vueltas por acá. No sabe donde ir. Ella se fue me cuenta. Tomó el avión y se fue al sur confiesa con rabia. No creo que vuelva remata. Y no es eso lo que duele, prosigue, es la incomprensión. ¿Qué es más nefasto que el que no te comprendan?
Le había dado la última oportunidad y falló. Gustavo tenía la tendencia a olvidarse de las fechas, todo lo relacionado con números es un suplicio para él. Recuerdo que en tiempos de colegio siempre llegaba a clases sin tener idea de la prueba o el trabajo para entregar. Un tipo singular sin duda. Sus habilidades apuntaban hacia otro lado. Tenía un carisma inquietante con las mujeres. El tipo se manejaba bien con ellas y lo mejor de todo, sin remordimientos. Una vez me dijo que el que los tenía no servía para el jueguito del amor. Era frívolo en cierta forma, una manera de sobrevivir decía. La vida es corta amigo y hay que disfrutarla. Y los costos rezongaba yo, lo costos... A él no le importaban, es más, le empezó a ir bien. Mujeres con plata decía, esas valen la pena. Pronto tuvo un cero kilómetros, un departamento en Ñuñoa y una cuenta Visa expedita. El resto nos dispersamos a nuestras realidades diversas, perdimos el contacto algunos años. Un día me escribe emocionado, viene llegando de Buenos Aires y llega a casarse. Enamorado pregunto? No hombre contesta, es sólo un arreglo comercial. Pasa el tiempo, mi vida cuesta abajo y la de Gustavo llena de viajes, hoteles de buenas estrellas y la billetera llena. Hasta que sucedió. Ella era anarquista, una tipa de temer. Inteligente y apasionada, y se enamoró, como nunca había imaginado hacerlo un tipo como él. Estas cosas suceden mucho más frecuentemente de lo que creemos. El caso es que era un perrito faldero al lado de ella, y lo estrujó. El matrimonio colapsó en un par de semanas, pero aún quedaba algo en el banco. Pero ella también quería lo suyo. Era como la venganza hecha realidad de todas aquellas de las que se aprovechó. Y la chica era mala, si que lo era. Mala de adentro. Hay mujeres así, intrínsecamente malas. Como que nacen para hacer cagar a alguien, es su principal objetivo y Gustavo agarrado hasta las patas. Y las fechas, las malditas fechas. Que el aniversario, que la hora del gimnasio para ir a buscarla, que la cuenta impaga de la tienda en donde compró las botas, y suma y sigue. La plata se acaba y el corazón se agota me confiesa ahora. El amor no basta dice, el amor no basta repito y llamo a Carlitos para que traiga la quinta corrida.
Acuarela
¿Qué más se puede hacer?
Somos como cometas rumbo al sol sin saber si sobreviviremos a ese encuentro incandescente. A veces los milagros suceden, rara vez, pero pasan. Uno se para de otra forma, mira de otra forma, existe la ilusión. Entonces apretamos los puños y peleamos por ella, que no se desvanezca es la idea y te das cuenta que corres contra el tiempo, que te sobrepasa la vida y sus inutilidades.
Tanta divergencia para una misma cosa, la que todos buscamos y que para algunos nunca llega. Es que las soledades reinan por estos lados y me asusta aquello. Porque nada es fácil, eso lo dije alguna vez también, y se cae en los mismos horrores, piedras que se repiten y tozudamente nos hacen tropezar de nuevo. Así es que pareciera que cuando todo se acaba, que esas nubes densas no disiparán jamás, te sientas por allí a ver la gente pasar girando la cabeza para que nada se escape a tu mirada y ya casi te marchas. Y de pronto, allí está...
Somos como cometas rumbo al sol sin saber si sobreviviremos a ese encuentro incandescente. A veces los milagros suceden, rara vez, pero pasan. Uno se para de otra forma, mira de otra forma, existe la ilusión. Entonces apretamos los puños y peleamos por ella, que no se desvanezca es la idea y te das cuenta que corres contra el tiempo, que te sobrepasa la vida y sus inutilidades.
Tanta divergencia para una misma cosa, la que todos buscamos y que para algunos nunca llega. Es que las soledades reinan por estos lados y me asusta aquello. Porque nada es fácil, eso lo dije alguna vez también, y se cae en los mismos horrores, piedras que se repiten y tozudamente nos hacen tropezar de nuevo. Así es que pareciera que cuando todo se acaba, que esas nubes densas no disiparán jamás, te sientas por allí a ver la gente pasar girando la cabeza para que nada se escape a tu mirada y ya casi te marchas. Y de pronto, allí está...
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