Recuerdos de la Marixu

Cambios

Por una cuestión formal. De requisitos previos y/o posteriores inconscientemente olvidados en cierta relación de amistad, (que ya no es tal), con un sujeto de cuyo nombre no tengo la menor gana de acordarme. Me tengo que cambiar de casa. De pensión más bien que para lo otro no alcanza. Abandono la pieza que ocupaba en el segundo piso de la vieja casona. Y no es que no me gustara. En cierta forma me había acostumbrado a ella. A sus rincones mohosos, al papel mural a medio desprender, a las polillas, al crujir indeseable del piso, especialmente cuando la urgencia urinaria se desata en la madrugada. Ya me eran habituales los canturreos monótonos de las palomas y sus continuos escándalos, y por supuesto a los murciélagos y sus silbidos algo siniestros al lado de la ventana. Ésta última una decepción pues daba a los techos de un conventillo vecino. El calor veraniego capitalino me hacía dormir con ella abierta, pero en ves de frescura entraba un pandemónium de olores y ruido de los "vecinos" que opté por cerrarla y cagarme de calor en comparación. Así es que me voy de nuevo. Estoy en pleno proceso de búsqueda para la posterior mudanza y mi amiga intelectual, que para efectos identificatorios denominaré Marixu. Insiste en que mi problema profundo es la identidad. Me falta el proceso lógico de hundir raíces en el lugar que ocupo. Me acusa de ser un paria del viento. Pretende definirme como un errante sujeto a las caprichosas ráfagas del destino. Todo esto supuestamente por decisión propia. Eres un huevón vagabundo me increpa. Confieso no tener mucho apego a las cosas que nominan nuestro quehacer diario, llámese hogar, casa, ciudad o patria. Y viéndolo desde afuera, comprendo la aprensión de los que me conocen. En cierta forma puedo ser un tipo inestable. Lo cual no significa que no esté seguro de lo que hago. Haciendo un alto en este punto. Puedo elucubrar acerca de mi persistente dificultad en los procesos sociales comunes. Mi innegable timidez asociada a la absurda sensación de pasar casi siempre inadvertido, se han confabulado para hacerme un tanto inadaptado y sin ningún apego a los lugares por donde transito. La Marixu no comprende como puedo estar a punto de cumplir veinte años de casado. El amor nos hace libres le digo riendo y en respuesta recibo el pellizco correspondiente, mismo al que me tiene acostumbrado. Todo esto circunscrito en el marco de nuestras continuas conversaciones que se dan luego de que me presta su computador para traspasar algunos textos. Porque para que uds. sepan. Yo prefiero el lápiz y el papel, pero debo reconocer la invaluable ayuda que brinda el aparatito y que gracias a él pasa algo desapercibido mi cuasi analfabetismo, lo cual no es menor. A mi amiga la conocí de no muy buena forma. Un día que visitaba a un amigo que trabaja en el edificio de Endesa por aquí cerquita. Cuando salíamos en su auto, se aparece la Marixu en medio de un piquete que protestaba por la construcción de las represas en el sur. Nos bombardearon de huevos y afines mientras nos impedían el paso. Pasados unos minutos la ley se hizo presente y se la llevaron detenida, a lo cual supe más tarde, estaba bastante acostumbrada. La Marixu es comprometida con sus convicciones y muy aguerrida. Lidera el famoso piquete y está envuelta en un interminable listado de causas anárquicas. Ella es especialista en funas. Dispara a diestra y siniestra. No se le va ninguna. Tiene casi treinta y se ufana de haber estudiado algunos años de sociología en Valparaíso. Es bastante atractiva, pero dada su personalidad explosiva, concita poco interés en el sexo opuesto. Los hombres la rehuyen lo cual la tiene un tanto amargada. Nunca he sabido como es que vive. Sé que vende sus cosillas por aquí y por allá y que mantiene una pensión de una antigua relación. Así como se ve, pareciera no tener mayor estreches económica, de hecho en nuestros encuentros es la que generalmente paga los cafés o los tragos según la ocasión y debo aceptar de su parte el que me diga que no me acostumbre demasiado, que no está dispuesta a soportar a ningún cafiche de mierda. Entonces es que me levanto haciéndome el dolido y la Marixu se traga su humor de perros y me pide que me siente. Pero no se disculpa. Eso jamás. En estos últimos días, dada la condición en la que me encuentro. Mi amiga insiste en ofrecerme el cuartito que tiene desocupado detrás de su casa. El asunto me complica. Las llamadas reiteradas a mi teléfono implican cierta premura o intención desconocida. Hay algo que revolotea en cada sílaba de sus palabras. Mañana le digo definitivamente que no, por si las moscas.

Bitácora de un lunes atroz tirado en la cama con fiebre, y dos cajas de remedios y una botella mineral y una colilla de cigarro en la boca y calor, y...

No es esa la manera, ni menos el fondo. Nunca supiste qué era madurar, vivir a fin de cuentas. Porque madurar no es salir a trotar por los jardines y la playa de Santo Domingo, dejándose de payasadas con los cabros de la pobla: Tampoco comprarse un autito de esos coreanos que enceras y pules todos los fines de semana para sacar a pasear a la hija del supervisor de turno, que es más fome que chupar un clavo; desabrida la flaca que milita en RN, donde ahora tú también militas porque “está bien” ser de allí. Madurar tampoco es asistir todos los domingos a misa con la camisita impecablemente planchada y las gafas Bollé, para ocultar las ojeras de la borrasca que te pegaste la noche anterior con los compañeros de trabajo en la picá de Lo abarca. Madurar no es comprarse un raquet de tenis de esos de los buenos y dejarlo en el living por si viene alguien y contarles del partido ficticio que jugaste el domingo pasado, porque hace siglos que no vas y ya ni idea tienes de los precios de arriendo de las canchas. Crecer no significa ir al casino y gastarte esas doscientas lucas que no tienes, sólo por llevarle el amén a la hija del jefe que, de aburrida la niña, te invitó a salir. Madurar no era estudiar la carrerita administrativa que te libraría de los fierros en que estábamos todos trabajando y ponerte la ansiada corbata que, a fin de cuentas, sólo te ha estrangulado todos estos años. Ser un hombre “bien” que no fuma, que paga a tiempo sus tarjetas y, que apenas tuvo cuenta corriente, anduvo con el fajo de cheques en una billetera kilométrica, sólo para mostrar que habías `progresado al pagar la cuenta del mall de turno. Estar así de bien no era irse al recital del grupo de moda el viernes y el domingo ir a “visitar” a tu mamá con familia incluida sólo porque no te quedaba ni un miserable peso y no tenías ni para comer. Crecer, madurar, estar ahí, no era tomar ese camino ingrato que, cuando las cosas se pusieron feas y te despidieron del trabajo, te viste forzado a meterte a los fierros un tiempo y engrasarte las uñas, llorando de paso un poco por dentro.

Aspirar a ser otro, olvidándote de tus amigos leales sólo porque vivían en población y tú no, gracias a la jubilación de tu papá. No era la manera solidaria de vivir que te recitaban los domingos en misa. Crecer, madurar, no era fingir alegría de reencontrarte con uno de esos pelagatos que nunca surgieron como tú y que invitas a tu casa a almorzar para presumir y de paso, mostrarle la última joyita tecnológica que te compraste a tres cuotas precio contado sin ningún remordimiento por dentro, sabiendo que si lo dejas hablar de nuevo te pedirá que lo “muevas” con el jefe a ver si tiene una cabida por ahí, que las cosas han estado tan mal, y tú, que no tienes ni tu pega asegurada, le das falsas esperanzas, que lo llamarás apenas sepas algo. Siempre la misma historia, hasta que te lo topes de nuevo a la salida de algún supermercado o después de estacionar el auto.

Crecer, madurar, no era ese arribismo enfermizo ni la envidia que teamarga el alma día a día. No era la apariencia amigo mío. Nunca lo fue.

Tic, tac, tic, tac, tic, tac...

Una cosa es cierta, no puedo dormir y me he convertido en un espectador desde la ventana. Afuera las luces de la calle palpitan entre gentes que vienen y van apurandose estas noches calurosas de verano. Tengo sed. pero esa sed que no se quita con nada, ese impulso misterioso que te arroja a buscar desesperado, ese vértigo en la sangre, ese caminar deambulando por calles y riincones. Afuera la noche bulle con toda su metástasis carcomiendola, yo aquí con los ojos abiertos me elevo con las argollas del humo del cigarro.

Faeneros

Casi siempre caen lentos, no sé bien porque,  pero demoran en desplomarse. No he visto cosa similar en otra parte. Una vez en Concepción demoraron sólo media hora, culpa del Marcos y su pócima que trajo de Osorno. La mezcló con los vasos y fue fulminante, no como él hubiera querido porque aún así fue media hora. Pero por lo general caen lentos. El proceso lleno de picardía, anécdotas y en especial historias de mujeres, cárcel y una que otra pelea arriba de la barra. Los cuatro mosqueteros del "siete" han recorrido medio país haciendo semejante competencia. El "siete" fue un bar, un tugurio en realidad en donde el Marco perdió la virgnidad con una puta vieja cuando tenia 15 años. Los otros son mayores y se conocen desde esa época, pero creo que siempre lo han tratado como el chico "virgen" y ya tiene 35 y nada de eso queda, pero bueno, ellos son así, el trago supongo.
           Roberto por ejemplo, se sabe de memoria los nombres de cada puta con la que ha estado. Una especie de colección dice mientras se empina un corto de aguardiente. Tiene tatuada una araña negra en el hombro y habla mordiendo el cigarro mientras reparte cartas. La mesa elegida siempre está en un rincón para cubrirse las espaldas en caso de pelea. Una a vez al Gustavo se la pusieron y le perforaron un pulmón. De enamorado le pasa comentan los otros que salieron en su defensa. Semanas en el hospital, sin bares ni cigarros fue una tragedia para el tipo que estuvo cerca de estirar la pata como dicen ellos.
           Ninguno está casado, alguna vez dos de ellos, pero en este trabajo es imposible. Las distancias matan cualquier relación mi viejo dice el "Totti" que todavía no le sé el nombre, pero como que fuera el más tranquilo. Sorprende esa pasividad de un hombre de un metro noventa y casi cién kilos de peso. En ralidad nadie se mete con él. Dicen que trabajó domando caballos que capturaban en la cordillera cerca de Futrono. Tipos rudos sin duda, sureños dice el jefe, que son mejores para la pega, no reclaman mucho ciertas injusticias y son fieles como perros. La pregunta cae por si sola. Por qué esta vida de vagabundos casi, porque el desarraigo. Uno pudiera suponer la necesidad, pero sacando cuentas no es mucha la diferencia a quedarse viviendo en sus pueblos de origen que lo que ganan acá. Es como si se hubiese transformado en una costumbre difícil de erradicar. Una forma de vida contra corriente,  montando a pelo por la vida. Cosas de faeneros.

La fila

        Uno sucumbe en la fila, se deja arrastrar y pierde autonomía. La fila te absorbe como esponja y te ordena y somete a su sádico antojo.
        En la fila no soy yo y no queda más que la espera y el tránsito lento de circuitos diseñados por mentes enfermas buscando aprovechar al máximo el espacio minúsculo ante la avalancha de zombies histéricos buscando soluciones a cuanto daño diario que nos han hecho. Todo esto inútil por cierto, cosa que aún no procesamos bien en nuestro chip inconcluso y paupérrimo.
        Y en ese tránsito desde la entrada al mesón setenta números más allá, se miran las caras los zombies silentes, muerden las puntas de las gafas para el sol, se arreglan el pelo, revisan si tienen abierto el cierre del pantalón e intentan recordar la maldita consulta porque a estas alturas ya se ha olvidado.

Bitácora de Imágenes

             
  Recuerdo que la poeta, una mujer de 60 años aproximados, hablaba de su esperiencia de un viaje, de la Mistral y su mano sobre el pasamano al abordar un avión, de la réplica en yeso que tenía en su poder y que mostraba cual souvenir tétrico ante la platea que eramos nosotros y unas cuantas personas más que asistíamos a su discurso ególatra e inconducente. Todo esto en el marco del aniversario de la biblioteca nacional y de las lecturas poéticas a las que fuimos invitados. Fue entonces que la poeta joven que andaba con nosotros me dijo: "Prometeme que si algún día me pongo así de odiosa  me lo tienes que decir"  No sé porque me acordé de esto, quizá ya es hora de juntarse de nuevo.
              Salir a la calle y comprar el diario es un gesto mecánico. Marixu diría que me he vuelto predecible,  y eso siempre es peligroso remataría. Es Lunes, hay viento pero hace calor o quizá no, con esta gripe y algo de fiebre no estoy muy seguro, de un tiempo a esta parte las cosas se han vuelto algo espumosas, como que se van elevando y desapareciendo a la larga. Si no fuera que tengo que juntarme con los poetas no iria, la verdad me cuesta cada vez más salir a la calle, prefiero la seguridad mística de mis paredes de madera. Es sólo un concepto, la cara vista de la luna, la otra se retuerce taciturna  a las cuatro de la mañana encendiendo cigarros en la penumbra y mirando la noche extinguirse con un trago de más. Pero tengo que ir a San antonio, los poetas esperan y la planificación y la resistencia y un brindis por los viejos tiempos y los nuevos que serán mejores. Hay tanto que hacer y tan poco tiempo. Entonces recuerdo que no tengo plata para movilizarme y recurro a los cajeros, mismos que cuida la ley, si, es verdad, si ya se perdió toda decencia en este país. Y hago el recorrido desde Llolleo hasta San antonio buscando uno con plata, pero muchos de ellos están con cartelitos de mal funcionamiento. Se me ocurre que podría ser una buena práctica esa, el uso constante de cartelitos de mal funcionamiento para ponerlos en diferentes partes, instituciones y hasta personas. Conozco a un par de tipos que debieran tatuarles el letrerito poque no tienen remedio. Fuera de servicio... Me vendría bien uno a mi por un tiempo. ¿Qué tal si mandara a la cresta ciertas obligaciones por un año o más? La verdad es que estoy cansado, aburrido de la ordinariez, incluida la mía desde luego.  Y de esa desfachatez de algunos que es increíble. Esa falta de consideración salvaje que atropella sin miramientos. ¡En qué nos hemos convertido! Debe ser pòr eso que los amigos se marchan, algunos fuera del país, otros se encierran a ver pasar lo más prontamente posible sus vidas. Por eso me repito que un día de estos, un día de estos... Es la estética impersonal y hueca de los tiempos.
    

C'est la vie

Y le llega balbuceante
 jadeando el animal en celo
presurosas las manos y la lengua ávida y sedienta
Desesperado por la arremetida final, que afuera llueve
y ni siquiera eso importa para la sangre salvaje latiendo
bebiendo, escarbando y gimiendo.
Y se han apagado las luces, y la calle se escabulle
y las copas vacías y la hoguera encendida
dígame ud si no lo haría
dígame ud que no lo haría!
la noche se queja de putas ausentes
que la que falta la tiene encantada
por su historia contada de golpe
como un tobogan, una plegaria sangrante
una vida en un quejido.

La mano de Dios.


Lecturas de Domingo

Ella leía a Navokov. Yo luchaba por continuar mi lectura de Carver contra el peso de mis párpados. La tarde era calurosa y en esa esquina de la biblioteca se formaba un arco que casi la ocultaba del resto del público. Allí el calor era peor pues el aire casi  no circulaba. Pese a lo anterior, ella leía a Navokov,  y tenía en su mano derecha un lápiz de grafito que usaba para subrayar algunos párrafos  que meticulosamente copiaba en una libreta que extrajo de un bolso marrón que colgaba de  una silla. Lo que me inquietaba era tener la conciencia de que jamás sabría los párrafos que a ella tanto le interesaban. Un misterio inquietante dando vueltas mientras Carver se revolcaba en las observaciones banales de los amigos de su actual mujer. Yo levantaba la vista de mi libro y le dirigía rápidas miradas para no ser sorprendido, sin embargo ella estaba tan abstraída de su lectura que no se percataba de mi observación. En su mano izquierda llevaba un par de anillos. Ninguno era una argolla de matrimonio, es más, pude observar que su dedo anular izquierdo lucía la palidez del sitio que no alcanzó el sol pues de seguro hubo una argolla antes ahí, pero ya no estaba. ¿Qué buscaría con tanto afán en “Lolita” del ruso? Imaginé entonces al lector medio, aquél de tardes de domingo, en el silencio bajo la sombra de un árbol en el patio, o hundido en un sillón con los pies en una mesita de centro identificándose con algún personaje, viviendo sus peculiares vidas ficticias, siendo uno o varios personajes en una historia quizá traumática de final infeliz.
 Entonces lo supe, de improviso la mirada de ella se clavó en la mía con un reproche intenso, una especie de odio contenido en un par de pupilas negras, mordiendo sus labios y dejando caer una lágrima negra hasta el borde de su boca que borró de un golpe con el dorso de su mano.  Dejé a Carver y su bebida alcohólica y la última cita con su mujer de años y la despedida, y el viaje a mundos separados pero unidos en cierta parte que no alcanzo a comprender bien cuál es, y su si me necesitas llámame, y la maleta, y el auto y la carretera. Lo dejé todo sobre la mesa y me marché sin volver la cabeza.

En la carretera

El incesante sonido del motor de la camioneta nos advirtió que la hora del viaje había llegado; Nos subimos los tres en el asiento trasero y como es mi costumbre, opté por irme sentado en el espacio del medio. Lo que era una vaga y supuesta idea de estar más seguro en caso de que ocurriera algún accidente. En el asiento del conductor iba el jefe-dueño, amo y señor de aquella apestosa reliquia. Lo acompañaba “su mujercita”; Llevaba ésta un bolsito de género en su mano derecha que no cesaba de agitar y en la siniestra un cigarrillo con una larga ceniza que aspiraba descontroladamente. Del bolsito comenzó a sacar una serie de discos compactos que nosotros obligadamente tendríamos que escuchar en el camino. Tenía ella el pelo crespo, largo hasta los hombros y con cosméticos reflejos dorados. Su voz desagradablemente chillona era dada a hacerse la protagonista del viaje, con esos grititos exagerados y algunas palabras como de niña pequeña que comenzaron a molestarme desde la primera vez que la escuché.
Cubrí mi rostro con el gorro de lana que traía para el frío e intenté y rogué poder quedarme dormido, pero la musiquilla estridente que brotaba de los parlantes y el constante y desinhibido acoso de la mujercita hacia el jefe-dueño, dando al mismo tiempo furtivas miradas hacia atrás, consiguieron ponerme definitivamente de mal humor.

El otoño dio paso al invierno y ni cuenta me he dado de los tres meses que llevo viajando diariamente a mi trabajo, éste último distante dos horas de mi casa. Devoro kilómetros de ida y regreso en una rutina desesperante. La labor es dura, exigente y sacrificada, pero no me quejo. Los días raudos pasan casi sin notarlos, uno tras de otro se van acumulando en el baúl de los olvidados. A veces no se cual de ellos estoy viviendo, más yo no me quejo. El dinero es escaso y me he visto en la necesidad de restringirme al máximo en mis gastos. A consecuencia de esto me cortaron el teléfono y por las noches me siento aislado, y el televisor no puedo arreglarlo así es que sólo lo escucho y me imagino lo que sucede fumando los cigarrillos más baratos que encontré y continúo sin quejarme.


Mira las calles. Todas cambian de nombre ante tus ojos. Esperan la buena o mala nueva que nunca llegará. Mira los mismos árboles pasar, cuando te vas y cuando te regresas. Mira la hierba congelada agitarse a tu paso en un estallido de cristales rotos. Mira que el tiempo pasa y la espera se hace eterna. Mira las casas, las luces, los cerros y sus antenas, los mismos rostros que huyen despavoridos a tu paso. Mira que tu lugar de destino siempre cambia y nunca es el último.

Por primera vez imagino matarlo, eso, directamente hacerlo, sin mediar palabra alguna; De alguna manera es el culpable del cúmulo de desastres domésticos que hacen presa de mi. El miserable y su rostro impávido, digno de un duro jugador que sabe moverse y que no hay como vencerlo. No existe el modo suficientemente aplastante para hacerlo. La forma de exigir revancha a mi existencia deprimida, venganza, oh! si, dulce venganza.
La teñida estúpida apoya su cabeza en el hombro de él y tararea una más estúpida canción que le dedica ridículamente.
Lo imagino muerto, tirado a un lado de la carretera, atropellado, pisado, escupido. Lo veo con el rostro duro hecho trizas y sus ojos vidriosos aún sorprendidos por la muerte inesperada.
La rabia me agobia. Pienso en terminar todo esto, que todo lo que existe tiene un final y la verdad no importa muchas veces como llega. Que las cosas se acaban y la muerte siempre ha sido el punto final de la vida y no existe un paréntesis ni unas comillas salvadoras. Hay solo un punto final diminuto y solitario al término de todo.
Trato de pensar en algo que me salve, una redención repentina que evite la catástrofe. ¿Dónde están los últimos momentos felices?, ¿Dónde están?. No los recuerdo.
El no quejarse nunca provoca esto. Una enorme rabia angustiosa que se libera en un instante cual volcán en una erupción avasallante, sin medir consecuencias, que quizás ya no interesan lo más mínimo. Pienso que ya no importa ni siquiera pensar, para que seguir haciéndolo que el hacerlo una y otra vez no consigue poner atajo a lo que sucede. Hay una negligencia implícita en esto, un lamentable accidente en el que me involucraron arbitrariamente. Mi vida ha sido una utopía. El plan perfecto, pero irrealizable.
Entonces sucede. El neumático delantero del lado derecho revienta misteriosamente al mismo tiempo que mi furia acumulada busca salida. Es el instante en que me abalanzo sobre el jefe-dueño, lo tomo frenéticamente del cuello y aprieto desesperado. El vehículo zigzaguea peligrosamente al tiempo que la teñida comienza con una avalancha de gritos y arañazos que marcan mi cara y mis brazos, pero yo no aflojo mis manos. En el instante en que mis compañeros despiertan y tratan de detenerme, la camioneta se va con violencia hacia un costado de la ruta y se estrella contra la baranda de protección, entonces damos vueltas de campana y yo me siento atrapado de mis piernas y un fuerte impacto en el pecho me deja por un momento sin respiración. El vehículo continúa girando enloquecido hasta que se detiene por fin en una acequia que corre por el costado de la carretera. Miro a mis acompañantes y veo que uno sangra profusamente de su cabeza y su mirada inmóvil me indica que ya está muerto, del otro ni luces, no puedo verlo. La teñida ha salido volando por el parabrisas y su cuerpo inerte yace semisumergido dentro del canal. Al jefe-dueño apenas logro verlo por el rabillo del ojo. De pronto la niebla ha invadido el lugar haciéndolo todo muy borroso, casi irreal. Observo como alguien abre la puerta y lo ayuda, luego abre la que está a mi lado y me mira y yo lo miro, entonces le sonrío porque me doy cuenta que me estoy muriendo.
El codazo a la altura de mis costillas propinado por mi acompañante, pone fin a mi profundo sueño. Estamos detenidos en la berma y nos bajamos aún no despiertos del todo. Más allá corre un sucio canal donde una hilera de álamos y un par de sauces alargan sus raíces para beber de sus aguas. Ellos fueron testigos del horrible accidente.
Dos cuerpos yacen en la acequia. El de la mujer con su cabeza hundida en el agua y el del hombre acurrucado como un bebe al lado de un álamo. El vehículo está destrozado. Corrimos a la cabina y tratamos de sacar al conductor que al parecer aún permanece con vida, lo tendemos en el piso y el jefe-dueño intenta darle primeros auxilios. Yo me voy a la parte posterior y tiro de la puerta desesperado, pero no puedo abrirla, entonces rompo los vidrios e introduzco medio cuerpo para ver mejor. Me siento atorado entre esas latas retorcidas. Observo en todas direcciones, minuciosa y angustiosamente, pero no veo nada, ni a nadie.
La teñida aún apoya su cabeza en el hombro del jefe-dueño, pero ya no pronuncia palabra alguna. El silencio ha hecho presa de los parlantes y se ha apropiado de todos los rincones de la cabina. La carretera se extiende y retuerce a la distancia como una víbora. Yo intento dormirme, pero ya no puedo hacerlo.











Bitácora de un viernes sepultado bajo un mar de papeles y más papeles y más...

Y entonces jugamos el papel que nos toca y porque hay que hacerlo. La vida no espera a que nos decidamos a escoger aquél que más nos conviene, sólo pasa y te arrebata tu tiempo mísero. Porque así es, mísero, escaso e indiferente. Y la  pregunta que siempre nos hacemos al cabo de unos años se aparece de pronto y nos atormenta al compás de nuestros pasos en la calle desierta. Y si hubiera...? Y nos responde un eco lejano que tardamos en reconocer como nuestra propia voz, aquella que era joven e insolente, y la memoria vuelve y se encienden las luces algo pálidas por el bullicio diario,  por la rutina diaria del sobrevivir y de nuevo apretamos los puños y nos damos cuenta que no hemos hecho nada de aquello que imaginamos y queda tan poco tiempo. Si, todas las voces jóvenes debieran ser insolentes, sacarle la madre al mundo a veces es buena terapia.

Bitácora del sábado trasnochado.

                Entonces dijo todo. ¿Qué más pensaba yo, qué más? Quedar como un bastardo es tan fácil, obviar los detalles e ir al hueso, botar el maldito tronco que aún está en pie. Ah! Demasiado fácil.
               Me lo encontré a eso de las tres de la tarde, cuando el asfalto ardía bajo este sol implacable. Años sin verlo. Estaba mucho más flaco, como un perro famélico, los ojos hundidos y la barba de varios días. Lo invité a una cerveza, nada mejor pensé. Nos fuimos donde Carlitos, a esta hora está algo vacío y el Wurlitzer silencioso. Odio los Wurlitzer desde que me tragaron cerca de mil pesos en una programación que nunca salió. Pero bueno, no quiero desviarme del tema. Gustavo tiene sed, se bebe la primera sin respirar y pido dos más. Viene de Iquique y lleva una semana dando vueltas por acá. No sabe donde ir. Ella se fue me cuenta. Tomó el avión y se fue al sur confiesa con rabia. No creo que vuelva remata. Y no es eso lo que duele, prosigue, es la incomprensión. ¿Qué es más nefasto que el que no te comprendan?
          Le había dado la última oportunidad y falló. Gustavo tenía la tendencia a olvidarse de las fechas, todo lo relacionado con números es un suplicio para él. Recuerdo que en tiempos de colegio siempre llegaba a clases sin tener idea de la prueba o el trabajo para entregar. Un tipo singular sin duda. Sus habilidades apuntaban hacia otro lado. Tenía un carisma inquietante con las mujeres. El tipo se manejaba bien con ellas y lo mejor de todo, sin remordimientos. Una vez me dijo que el que los tenía no servía para el jueguito del amor. Era frívolo en cierta forma, una manera de sobrevivir decía. La vida es corta amigo y hay que disfrutarla. Y los costos rezongaba yo, lo costos...  A él no le importaban, es más, le empezó a ir bien. Mujeres con plata decía, esas valen la pena. Pronto tuvo un cero kilómetros, un departamento en Ñuñoa y una cuenta Visa expedita. El resto nos dispersamos a nuestras realidades diversas, perdimos el contacto algunos años. Un día me escribe emocionado, viene llegando de Buenos Aires y llega a casarse. Enamorado pregunto?  No hombre contesta, es sólo un arreglo comercial. Pasa el tiempo, mi vida cuesta abajo y la de Gustavo llena de viajes, hoteles de buenas estrellas y la billetera llena. Hasta que sucedió. Ella era anarquista, una tipa de temer. Inteligente y apasionada, y se enamoró, como nunca había imaginado hacerlo un tipo como él. Estas cosas suceden mucho más frecuentemente de lo que creemos. El caso es que era un perrito faldero al lado de ella, y lo estrujó. El matrimonio colapsó en un par de semanas, pero aún quedaba algo en el banco. Pero ella también quería lo suyo. Era como la venganza hecha realidad de todas aquellas de las que se aprovechó. Y la chica era mala, si que lo era. Mala de adentro. Hay mujeres así, intrínsecamente malas. Como que nacen para hacer cagar a alguien, es su principal objetivo y Gustavo agarrado hasta las patas. Y las fechas, las malditas fechas. Que el aniversario, que la hora del gimnasio para ir a buscarla, que la cuenta impaga de la tienda en donde compró las botas, y suma y sigue. La plata se acaba y el corazón se agota me confiesa ahora. El amor no basta dice, el amor no basta repito y llamo a Carlitos para que traiga la quinta corrida.

Acuarela

      ¿Qué más se puede hacer?
       Somos como cometas rumbo al sol sin saber si sobreviviremos a ese encuentro incandescente. A veces los milagros suceden, rara vez, pero pasan. Uno se para de otra forma, mira de otra forma, existe la ilusión. Entonces apretamos los puños y peleamos por ella, que no se desvanezca es la idea y te das cuenta que corres contra el tiempo, que te sobrepasa la vida y sus inutilidades.
      Tanta divergencia para una misma cosa, la que todos buscamos y que para algunos nunca llega. Es que las soledades reinan por estos lados y me asusta aquello. Porque nada es fácil, eso lo dije alguna vez también, y se cae en los mismos horrores, piedras que se repiten y tozudamente nos hacen tropezar de nuevo. Así es que pareciera que cuando todo se acaba, que esas nubes densas no disiparán jamás, te sientas por allí a ver la gente pasar girando la cabeza para que nada se escape a tu mirada y ya casi te marchas. Y de pronto, allí está...

Reflexiones de Domingo

           Ya te dije, soy un tipo normal, vivo apilado como muchos entre calles, trabajos sucios y tráfico insalubre. Pero los Domingos no me despiertes así, ¿soy normal sabes?  No me gusta ese BUM, BUM!! repiqueteando como aguja en mis oídos. Me gusta el ritmo, es cierto, pero no un Domingo!  Cierra la ventana y déjame seguir soñando, pero no, tu y tus hábitos de armonías redescubiertas en un video que te enseñaron y unos cuantos cursos de esos que están de moda, y el Reiki, y el Yoga y el Step y suma y sigue. La vida se renueva, brota y se propaga por doquier. Te entiendo, eres feliz y lo sé, pero no en Domingo. Es que mañana ya es Lunes y eso me aterra. ¿No comprendes? Mañana la guerra continúa y no hay esperanza para armonías revitalizadoras. ¿Cómo te explico? Los Domingos son como mi duelo previo,tu sabes. Pero tu dale con  que es un lindo día y hay que aprovecharlo. Puede ser, pero hoy tengo sueño. No entiendes?  BUM, BUM! esa manera de saltar, y los abdominales y el sudor que corre... ¿Estás loca? Yo sudo toda la semana y no requiero esa música estridente levanta muertos. No!  Estoy cansado, me duele algo en alguna parte que aún no defino bien. Es como un trance y eso es mucho más profundo que doblar las rodillas y ponerse de cabeza como haces tu ahora. Si, si yo entiendo que pensaste que quizá yo, que sólo querías hacer algo para devolverme la alegría y la profundidad y que en una de esas me ponía a escribir como un sincopado. Una forma de atraer musas y lunas demenciales para que me vuelva loco de nuevo y reputee en un papel. Yo entiendo tus buenas intenciones, pero no en Domingo por favor.Ya tuve suficiente con un Sábado atroz corriendo para alcanzar la reservación y las botellas de vino carísimas Dios mío! Y luego volver cerca del amanecer con ese cansancio miserable que sabes te derrotará tarde o temprano, y temes y hundes la cabeza en la almohada para soñar pronto. Y ahora amaneces con ese traje de Lycra que no sé de donde salió y un cintillo y un cola en el pelo que te sienta bien, lo admito. Te ves bella sudando, pero te repito, no en Domingo! Ahora déjame, no soy buena compañía los Domingos, en realidad casi nunca. Yo sé que esto te apena, que apague la música, que cierre las cortinas y busque desesperado un resto en alguna botella debajo de la mesa, pero es lo que hay, ni un puto sentimiento extra, ni ganas de llorar, ni deseos de subir el maldito cerro capitalino. Ya sé que todos van allá, que suben como borricos con sus buzos deportivos, y bicicletas y sus botellas energéticas o agua mineral, respirando el aire puro del cerro y de paso mirándose unos a otros, y admirándose de ser tan deportistas y entusiastas. Huevadas! A mi déjame en la cama hoy, que es en donde debiéramos seguir ejercitándonos, pero a mi modo, que es mucho más divertido y placentero. ¿Que no quieres? Ya sé, mi humor de perros te dejo fría como una tumba. Nada que hacer.

Im here again

     
        Si, estoy aquí de nuevo. Costó pero llegué. Los problemas del blog creo que los solucioné, al menos funciona, es algo.
        Qué ha pasado?  Nada nuevo bajo el sol, que el repechaje de la elección presidencial está de más todos lo saben, que entre la caca y la mierda no escojo. Definitivamente tenemos algunas cosas que hacer, quemar una micro diría Marcelo, tiempo sin verlo. Bueno, ya nada sorprende en esta vida psicótica que llevamos, paranoica dice una amiga mía. Llena de temores, angustias y soledades. Quién puede ser feliz cuando falta lo esencial?  Sorpresa, encanto, misterio. Este país perdió la alegría que nos ofreció transformándonos en cándidos ilusos. En realidad nos mintió, y lo sigue haciendo.
       Y no tenemos tiempo, no nos dejan tiempo. Más vale que hagamos algo y pronto, no hay mal que dure cien años ni huevón que lo aguante dicen por ahí.
       En fin, estamos de vuelta y aún de pie, lo cual le duele a algunos y entusiasma a otros. La vida continúa y seguimos dando la batalla. Salud por ello!

Llamadas del pasado


             
  -En ocasiones los teléfonos, o más bien las llamadas telefónicas, nos deparan sucesos inesperados, sorpresivos y de resultados absolutamente impredecibles-
                Las palabras filosóficas de mi amigo Húgo sonaban misteriosas como nunca en todos los años de conocernos. Me hablaba mientras bebía su café de pie apoyado en la puerta del dormitorio. El mío humeaba sobre la mesa acompañado de dos panes recién horneados, regalo de la dueña de la pensión que nos lo ofreció a modo de bienvenida.
                Lo primero que pensé fue en la suerte o coincidencia de habernos encontrado en esta ciudad de sur del País, pero luego me di cuenta que no era tan así. Era pleno invierno y habían pasado algunos años de no habernos visto. Él y sus negocios que lo absorbían por completo y yo y mi trabajo por el cual viajaba constantemente, de hecho mi estadía en este lugar era ya casi una costumbre. Casi siempre alojaba en el mismo sitio.
                A Húgo me lo encontré en la tarde cuando volvía a la residencia. Vestía de terno y corbata y un abrigo gris de lanilla que le cubría hasta las rodillas, le hacia parecer aún mas alto de lo que en realidad era. En ese momento intentaba encender un cigarrillo refugiado en el dintel de la puerta de entrada y al verme llegar me tendió su mano y me abrazó saludándome entusiasmado. Al poco tiempo estábamos ambos instalados en la habitación en la que dormía; Hicimos memoria de las mismas aventuras de siempre, que es la tradición o lo habitual en estos casos. Luego me dio los saludos acostumbrados de su familia y lo mucho que se acordaban de mí y después de recordar a una docena de amigos extraviados en el tiempo, me hacía este comentario que dejó instalado un largo silencio entre nosotros interrumpido solo por nuestros sorbidos de café y uno que otro bocinazo proveniente de la calle.
                Un reloj despertador, regalo de mi madre que me acompañaba a todas partes, indicaba recién las siete de la tarde montado en la única repisa del lugar. El frío que se introducía por entre las junturas de las viejas paredes de madera y la falta de calefacción hicieron casi obligatorio tomarnos el café mezclado con un poco de ron que llevaba siempre en una pequeña botella en un bolsillo de la chaqueta. No había muchos muebles, solo un par de viejas camas con colchones rellenos de lana natural que caían justo en el dormitorio, un velador  y dos sillas con una mesa pequeña en la salita de entrada. El piso de tablas rojizas oscuro, lucía limpio y encerado, aunque sin brillo y la débil luz amarillenta de la ampolleta que pendía en medio del alto cielo, daban un aspecto algo lúgubre al ambiente.
             -¿Te acuerdas de la lady “Pu”?, ¿La vecinita de la cuadra?- me preguntó al cabo de un rato.
                -claro que me acuerdo- contesté intrigado, por supuesto que era así, como olvidarla.
                -Pues la semana pasada me llamó a mi casa a Santiago-
                -¿Ah si?- musité aparentando indiferencia
                -así es amigo y me pidió que te buscara y que nos reuniéramos aquí-
                El fuerte viento aullaba entre el tendido eléctrico y arrastraba con él montones de hojas, algo de tierra y pequeñas ramas que se estrellaban contra los vidrios de la ventana en un cada vez más constante repicar. También arrastraba recuerdos. Todo esto mezclado con las primeras gotas de un temporal inminente.
                Bien sabía yo que mi amigo era muy dado a ser bromista e intrigante en sus conversaciones. El que se haya molestado en viajar a buscarme no era motivo suficiente como para creerle a pie juntillas, pues conocía su capacidad e imaginación para provocar hilarantes bromas como muchas veces lo había hecho, sin embargo en esta ocasión existía cierto matiz distinto, cierta pesadumbre en la cadencia de sus palabras, esa rara mezcla de urgencia y profunda filosofía que habían conseguido como nunca antes llamar poderosamente mi atención. Esperé entonces pacientemente a que continuara con su relato al mismo tiempo que una legión de recuerdos comenzaron a hacerse vívidamente nítidos.
                Me acordaba bien de la Corina. Era una graciosa y atrevida pecosita que por entonces tendría unos catorce años. Era la mayor del grupo de mocosos que nos juntábamos a jugar en la orilla del estero que pasaba cerca de nuestras casas todos los días de ese verano del 78, cuando no teníamos conciencia de las tragedias que inundaban al país en esos instantes. No sabíamos de ningún tipo de conflicto ni de mayores responsabilidades salvo divertirnos y pasarla bien. En realidad lo único que nos importaba por entonces era competir por los favores de la Corina en tal o cual proeza, tratando de ser un héroe ante sus ojos y soñando con ser el elegido para descubrir luego el latido incesante que inundaba el estómago o los primeros dolores que apretaban el corazón cuando la elección no nos favorecía. Con Hugo tendríamos unos trece años; Peleábamos y competíamos por el cariño esquivo de ella, la cual para motivarnos nos brindaba la mas sublime de las miradas con ese par de ojos pardos que abanicaba con unas largas y crespas pestañas, prometía entonces llevar al ganador tras las paredes del viejo establo en donde le mostraría ciertas partes privadas que nos volvía locos de solo imaginarlo, además de acompañar sus palabras con un suave roce de sus labios que casi siempre sabían a dulces o a fruta fresca.   
                Ella siempre fue la más bella y admirada. Conciente de aquello, sacaba provecho, aunque no lograba por entonces comprender en que forma. Con el tiempo comprendí que se trataba sólo de la búsqueda desesperada de cariño y ternura, cosas que en su casa de ninguna manera había, un lugar del todo inhóspito, en donde su madre trabajaba todo el día lavando ropa a los vecinos y no prestándole ninguna atención. Con un padrastro que la mayor parte del tiempo estaba sin trabajo y que apestaba a licor barato y que también le dirigía constantes y lascivas miradas, cosa que provocaba la rabia de nosotros. De todo esto nos dábamos cuenta, entonces ideábamos mil formas para atacar al padrastro de la Corina. Muchas veces nos descubrió y comenzaba una escapada por entre matorrales y arena, perseguidos por el viejo que casi siempre traía una varilla de ciruelo con él y que muchas veces nos dio con ella por nuestros espinazos, pero luego de cruzar el estero estábamos a salvo y recibíamos los besos y abrazos de ella, que eran nuestra mejor y merecida recompensa.
                Húgo se encontraba cerca de la ventana y observaba a algunas personas que se protegían de la incipiente lluvia debajo de un gran pino que parecía abrazarlos con sus gruesas ramas, de hecho los árboles desnudos de hojas se encorvaban por el peso invisible que depositaba sobre ellos la furia del viento. La casa crujía y el frío se hacía cada vez más intenso. 
                El que mi antiguo amigo me hubiera buscado por motivo de la Corina, no me había sorprendido del todo, quizá porque ambos quedamos para siempre ligados a aquella mujercita. No se quién más de los dos, aunque siempre quise suponer que lo que yo tuve con ella fue lo más importante, que no podía haber comparación. Sin embargo con el tiempo fue el Húgo quién ganó la partida, y según las historias que me contaba, mucho más que un simple juego.
                 La niña de mis sueños destruida sicológicamente de pequeña, abusada y herida en el alma. Buscó desenfrenada en otros brazos y camas, en calles oscuras de ciudades frías, el calor y la alegría de un abrazo con ternura que siempre le fueron esquivos.
                Yo también tuve algo con ella. Me enseño a amar por vez primera, luego de todos esos juegos de niños de conocernos e investigarnos, cuando ya casi habíamos dejado de serlo. Fue uno de esos días fríos de Junio que llegan luego de las lluvias. Me acuerdo que estaba sentado en la cocina tomando una leche caliente, mi madre estaba en su trabajo y la tarde se hacía interminable sin nada que hacer. Entonces la vi aparecer doblando la esquina dirigiéndose hacia donde yo estaba. Traía un grueso gorro de lana que apenas se equilibraba sobre su cabeza empujado por una veintena de rabiosos rizos que luchaban por liberarse. Vestía una falda algo corta para el frió reinante y medias largas que se perdían a la altura de sus muslos, calzaba unas botas algo gastadas y embarradas en las puntas, chaqueta de mezclilla verde un numero mas pequeño de su talla que la apretujaba en un estrecho abrazo. No la había visto hacia varias semanas ya. Su hermano era el que me hablaba de ella, me decía que estaba estudiando en Santiago y que como le faltaba el dinero, también trabajaba, era por esto que solo viajaba los fines de mes. Con el tiempo supe que nada de aquello era verdad.
                Se aproximó corriendo y a medida que lo hacia, pude apreciar sus ojos pardos llorosos y su mejilla izquierda cruzada por un cordón violáceo que supe ardía con mucho dolor en ese momento. 
                Me levanté de la mesa y le abrí la puerta permitiéndole la entrada. No me dijo nada, sólo me abrazó muy fuerte mientras su pecho y sus hombros se estremecían en silenciosos sollozos. Respondí a su abrazo mientras olía su pelo que cubría mi cara. De ella se desprendía un aroma tibio que comenzó a invadir mis sentidos. Echó su cabeza hacia atrás y me miró a través de sus lágrimas, luego despacio puso su boca sobre la mía y me dio un beso suave y tierno que poco a poco se fue transformando en uno salvaje, casi desesperado, anhelado en noches en vela pensando en sus ojos y su risa alegre. Recorrí su espalda con mis manos  torpes y baje hasta sus piernas que en ese momento estaban frías y temblorosas. Luego introduje  mi mano allí, donde tantas veces soñé hacerlo y sentí un quejido complacido que respondía a mi deseo. Su cara sonrojada y su silueta desnuda que se iluminaba por los destellos dorados de la estufa a leña adosada a la pared a nuestras espaldas, fue la imagen que acompañó mi memoria por mucho tiempo. Nunca más la volví a ver. Supe con el tiempo que ella se había marchado al norte, que recorría burdeles de categoría y que era una de las más apreciadas por su suave belleza; También me contaron que estuvo presa algún tiempo por la muerte de un cliente de aquellos lugares y que luego de aquello se alejó definitivamente de aquella vida y que tenía un negocio cerca de Santiago, eso era todo lo que sabia de ella. El recuerdo de ese amor juvenil se fue espaciando en el tiempo hasta casi haberlo olvidado. La vida nos reserva nuevas historias que hacen olvidarse las antiguas, hasta ahora por culpa de mi amigo Húgo.
                La espera de Corina se volvió en cierta medida la excusa perfecta para hacernos un mea culpa por nuestro abandono indiferente, por la vergüenza ajena, por el aprovechamiento del candor que emanaba de ella y nuestro olvido miserable. Húgo me mira serio desde lo alto de su metro ochenta. Sé que piensa lo mismo que yo y esta aquí por ese mismo motivo, tal vez en alguna noche de juerga con sus amigos el alcohol le paso una mala jugada, le recordó lo maldito que había sido con ella y ahora estaba aquí para espiar sus culpas conmigo y necesitaba mi ayuda para encontrarla. Por que era eso en el fondo, la supuesta llamada nunca existió, quizás solo en su conciencia atiborrada de licores entremezclados y el abrazo de alguna que le hizo recordar a aquella nuestra adorable muchachita. Húgo quería que la buscáramos, más que una solicitud era un ruego. No podía dormir pensando en lo que le hizo, porque fue él el que la hizo prostituirse. En aquel tiempo se marcharon juntos a Santiago, ella lo había seguido enamorada hasta allí y mientras él estudiaba, ella se encargaba de la pieza que arrendaban e incluso trabajaba cuando faltaba dinero, limpiaba mesas en algún restaurante y hacía aseo a las otras piezas de la pensión. Pero las cosas no resultaron como las habían pensado. A Húgo le empezó a ir mal en sus estudios y a modo de excusa culpó a Corina por ello. Las discusiones se hicieron habituales. Ella lloraba sentada en un rincón y él se iba al bar de la esquina a emborracharse y gastarse el poco dinero que ella conseguía en  sus trabajos. Al poco tiempo la echó a la calle, le dijo que no podía mantenerla más cuando en realidad era todo lo contrario. Un día tomo su pequeño bolso y se marchó por esas calles de dios y no la volvió a ver. Ahora venía hasta mi con burdas mentiras con el único afán de confesar sus culpas. Algo extraño todo esto, ya que me sentía igual de culpable. Apuramos nuestros cafés y decidimos ir en su busca. El tenía cierta información, el último lugar del que se suponía tenía residencia era en esta ciudad y hacía allí dirigimos nuestros pasos.
                   La calle iluminada profusamente por focos anaranjados era manchada por fantasmagóricas sombras desprendidas de los árboles de la avenida que a esa hora llevaba mucho tráfico. Vendedores de alimentos calientes que se situaban en las veredas, eran asediados por varios compradores al paso para combatir de alguna forma el frió y la espera de la locomoción. El agua de un grifo abierto calle arriba, corría por las orillas de las calles en forma de diminutos riachuelos que arrastraban decenas de basurillas y papeles que se despeñaban por agujeros enfierrados en el piso. Caminamos de prisa esquivando las personas que nos cerraban el paso. El lugar quedaba cerca, a escasas dos cuadras. A medida que nos acercábamos un sentimiento angustioso comenzó a invadirme, un nerviosismo inevitable y la sensación urgente de saber como estaba, que es lo que hacía ahora, tendría hijos quizás o tal vez estaba sola viviendo de recuerdos. Fueron miles de pensamientos que intentaban de alguna manera explicar lo inexplicable. Construir un pasado desconocido acerca de quién no se sabe nada.
                Llegamos a la puerta de la pequeña casa ubicada a la mitad de un callejón  algo oscuro. Era una construcción vieja. La pintura se descascaraba de sus paredes y un par de vidrios de la única ventana fueron remplazados por prácticos pedazos de polietileno. A la entrada un perro que estaba en los huesos no se molestó en ladrarnos y luego de echarnos una mirada indiferente, se acurrucó de nuevo y continuó durmiendo.
                Húgo llamó a la puerta y una voz suave de mujer pregunto:
                - ¿Quién es?-   Es ella pensé
                La puerta se abrió lentamente y una muchachita de unos quince años se asomó con sus ojos pardos interrogantes y su cabello crespo agitado por el viento.
                -Buscamos a Corina- pronunció Húgo mirándome aún impresionado por el parecido.
                -Está allá atrás, síganme- respondió la muchacha y se fue corriendo por el costado de la casa.
                El pasillo algo estrecho estaba sembrado de musgo y pasto por doquier. Varios jarrones y hasta algunas ollas viejas servían de maceteros para almacenar algunas descuidadas plantas que se extendían en dos hileras a nuestros costados. Al final de este camino se abría un amplio patio cruzado por sendos cordeles en donde pendían una que otra prenda de ropa. Debajo de un pequeño techo había un hombre algo mayor, con barba de varios días que bebía a pequeños sorbos de su vaso de vino. La botella la ocultaba entre sus piernas. Estaba sentado en una especie de sillón de mimbre que a falta de una pata le agregaron unas tablas para equilibrarla. Al fondo y en la esquina, había una mujer afanada trabajando sobre una tabla de amasar. Sobaba la masa con sus manos delgadas y sus brazos algo morados por el frío. Su cara ajada y su pelo mustio atado en un moño sin muchas pretensiones, se estremecían con cada movimiento y pareciera que nunca iba a acabar. Era una especie de eterno vía crucis con su espalda encorvada y sus pies en el piso  húmedo. Cuando llegamos nos miró por el rabillo del ojo, pero no se molestó en dirigirnos la palabra, aunque estoy seguro de que si nos reconoció. Mientras la muchachita caminaba hacia el lado de su madre. Por un momento me pareció que el tiempo retrocedía y allí estaba la Corina para que la rescatáramos y huyéramos de este lugar. Esta vez para siempre.
                La voz del hombre, que también había seguido a la chica con su ebria mirada, nos preguntó:
                -¿ A quién buscan uds.?-
                -Disculpe señor, pero creo que nos hemos equivocado- dijo Húgo y acto seguido nos dimos media vuelta y nos volvimos hacía la calle.
                El camino de regreso a la pensión lo hicimos muy despacio, pese a que la lluvia ya se dejaba caer con fuerza, cada cual ensimismado en sus pensamientos. No nos dijimos nada, ni siquiera al despedirnos. No hacía falta.


            

Bitácora de un Domingo en la noche


Llamadas que sorprenden a las tres de mañana. Dónde estás cabecita loca? Me llama de La Serena con esa verborrea incontinente tan propia de ella. Alguna vez fuimos casi amantes, bueno, yo quería, pero ella dijo que no se apiadaría de mi soledad crónica por el único hecho de que con tipos como yo ella se enamoraba y eso no estaba en sus planes, al menos no hasta que se envejeciera, quizá allí me llamaría o tal vez nunca. Bueno, así es la vida decía mientras se empinaba una botella, armaba un porro y tecleaba su teléfono. Siempre pegada al maldito teléfono. Era su obsesión. Me cuenta de su vida, del maldito trabajo y de las elecciones. Que por quién votaré? No tengo la más puta idea le respondo. El circo está aburrido y el final ya no sorprende, la gente anestesiada y la vida muy dura como para prestarse al jueguito le digo. Si me propones una cosa buena hagamos algo, pero si no, no me hables huevadas concluyo. Ríe como loca, tu como siempre tan hijo de perra me dice cariñosa. Ella es así, insulta tiernamente, y eso me gusta. Bueno cada cual con sus gustos no? Me dice que se viene de vuelta a la capital, que se aburrió del aire puro y el carrete playero. Que los huevones se pusieron densos con tanto rollo existencial en el valle del elqui y que se morirán esperando el encuentro cercano místico en el que se gastaron un cerro de plata, misma que se le acaba y que su tío benefactor ya no estaba con ganas de seguir subvencionando su estadía por allá, así es que se venía y me preguntaba que en dónde estaba, si tenía un sitio en donde dormir y que a que grupo cultoso asistía para llevarla a armar ataos y guerrillas poéticas. Que a ella le encantaba el hueveo y que no me sorprendiera si se aparecía por mi depto un día de estos. Luego cortó y no volvió a llamar.
Y aquí estoy mirando por la ventana temiendo que en cualquier momento aparezca con su maleta de cuero de los setenta y su bolsito artesanal con su provisión de porros, un cuaderno de garabatos poéticos y un espejo para maquillar las arrugas de mierda que la atormentan.