El cliente pasajero









Me despertó el sonido estridente del timbre. Comúnmente me duermo como un tronco, pero de un tiempo a esta parte cierta necesidad insatisfecha que transita por mi dermis provocando un desasosiego insomne puede más que el cansancio. Llevaba alojado en esa residencial cerca de cinco días y todavía no lograba acostumbrarme al metálico y monocorde llamado que solía ahuyentarme el sueño en mitad de la noche. Más que una residencial normal, aquel lugar consistía en unas piezas de dudosa construcción en donde alojaban esporádicamente pasajeros, que como yo, se quedaban por lo general un par de semanas debido a su cercanía al centro de la ciudad y sobretodo por sus bajos precios, los que obviamente impedían cualquier asomo de reclamo o protesta por malestar alguno. Al poco tiempo comprendí que el verdadero negocio era arrendar las piezas por horas a furtivas parejas en mitad de la noche, y recordándolo bien, creo que era un excelente negocio dada la cantidad de parejas que acudían a aquel lugar. Pareciera ser que la orden del día fuera joder y joder hasta más no poder. Comprenderán uds. que no solo el timbre me mantenía despierto. En más de una oportunidad los jadeos y aullidos histéricos de alguna quejumbrosa y acrobática pareja arriba en la cama al otro lado de mi delgada pared lograban definitivamente desvelarme.
Los pasos de la encargada, severa administradora del sitio aquél, se arrastraron por el piso haciendo crujir la madera y tintinear los adornos de cristal que colgaban con absoluto mal gusto por todo el pasillo. Era ésta una mujer de gruesas y prominentes formas, especialmente su busto. La dama en cuestión sobresalía por tener un inmenso par de tetas que resultaba casi imposible desviar la mirada y evitarse pensar divertidamente en el equilibrio que ellas hacían sobre su pecho para no escaparse enloquecidas en cualquier dirección. De rostro siempre ojeroso y cabello desordenado, su mirada hosca y amenazante impedía cualquier atisbo de acercamiento amistoso hacia ella. Daba la impresión que siempre estaba recién despertando de un profundo sueño. Aunque realmente nunca supe si de verdad lo hacía, ya que siempre estaba atenta a todos los sonidos del hostal y si algo la contrariaba se ponía de píe refunfuñando un par de frases inteligibles y siempre caminando con una lentitud exasperante.
_ ¡Ya van, ya van!_ exclamó molesta por haber despertado para atender a quienes urgentemente deseaban un nidito de amor. Eran cerca de las cinco de la madrugada y el amanecer se adivinaba en el color del cielo, en el trinar de algunas aves posadas sobre los alambres del tendido eléctrico y en el aumento paulatino del tránsito de vehículos que viajaban rumbo a quién sabe dónde. Era muy probable que a la regente no la invitaran desde hacía bastante tiempo a un lugar como aquél a hacer cosas como aquellas, y tal vez de ahí provenía su agrio genio. La imaginé bostezando enfundada en esa bata de dormir de un azul desteñido, abriendo la puerta, transando el precio con los posibles clientes para luego pedirles la identificación. Con su voz grave y casposa por el tabaco, la escucho decir un par de palabras de advertencia acerca de no se que problema de higiene y conducirlos a la que seria su pieza, justamente al lado de la mía.


_ ¿No se acuerda de mi?_ preguntó el hombre con su rostro pegado al cuello de la mujer sentada en la barra de aquel atestado bar. Vestía ella un ajustadísimo jeans y una polera blanca que no ocultaba en lo más mínimo la aureola inquietante de sus pezones. Su pelo de un color rubio indefinible producto de alguna tintura de mala calidad, caía sobre su ojo derecho haciendo algo enigmática su expresión. Eran cerca de las cinco de la madrugada de aquel viernes y la risa y los gritos surgían espontáneos producto del alcohol que calentaba la sangre. Ella lo miró como entre brumas, como si un lejano recuerdo nublara su mirada. Su mano elevó la copa a modo de brindis de bienvenida y apuró su contenido de un sorbo. Los tragos de más hacían precario el entendimiento y la música estridente que apagaba las voces la forzaron necesariamente acercarse mucho para escuchar las palabras que pronunciaba éste individuo. Lo miró con tristeza, como añorando viejos tiempos olvidados en otras noches más amigables que éstas y que nunca volvieron. Años a la espera entre bailes y fiestas, aguardando el paso seguro de aquel que se presentaba ante ella y que sin embargo estaba segura, no era. La transacción fue rápida, el hostal archiconocido quedaba a pocos pasos de allí, cruzando la calle. Comprobó si traía dentro de su bolso los preservativos necesarios para la ocasión y se dispuso a continuar con la trama eterna que el destino reservó para ella, dejando además esa conocida sensación de angustia que generalmente combatía con alguna pastilla contrabandeada por su amiga enfermera o por algún polvo blanco camuflado en el baño que la hacían olvidar por un rato su obsesiva depresión. La noche estuvo floja, la culpa era de la fecha, a mediados de mes el dinero escasea en la mayoría de los bolsillos, especialmente en los de aquellos que buscan compañía de alguien como ella. Las sombras ya se aprestaban a iniciar la retirada ahuyentadas por el ruidoso día que despertaba. Era tarde ya y el sueño y el trago le habían amargado el ánimo.


Intenté dormirme, metí mi cabeza debajo de la almohada y me cubrí por completo con las sábanas, pero era inútil. El sueño huyó y muchos recuerdos acudieron a mi memoria. Pensé en la urgencia de dormir y en el dinero gastado en esa miserable pensión, vieja y sucia, llena de baratas que recorrían las paredes en forma frenética y que ya me había cansado de espantar. Pensé en que tenía que levantarme temprano para ver la posibilidad de algún trabajo, que a fin de cuentas era a lo que había regresado, gastándome de paso hasta el último peso que tenía reservado para ese único y determinante objetivo.
Hacia varios años que no venia a esta ciudad. La conocía bien es cierto, sin embargo algo había cambiado en ella, aunque no podría precisar exactamente que es. Eran las mismas calles, las mismas casas viejas con sus colorinches tonos, la misma avenida principal con sus árboles desnudos de hojas como mudos espectros casi resecos por el sol, las mismas torres eléctricas colgando de los cerros amenazadoramente y con el mismo sabor salado del aire partiendo la piel, ese que tan bien conocí en un millar de noches largas y descarriadas que se ocultan en algún rincón de mi memoria y que tienden a aparecer en noches como ésta, cuando el quejido leve y dulce de una mujer se filtra a través de la pared. También estaba lo otro, pero de eso no vale la pena acordarse, o quizás ella no se acuerde y quien sabe, tal vez jamás lo hizo.


La mujer arrastró al hombre por la calle solitaria y fría. Éste la abrazaba torpemente y a la vez que hundía su cabeza en el pecho de ella le confesaba sus impostergables deseos. Se podría decir que intentaba caminar, porque trastabillaba cada cierto tiempo producto del ron y otros entremezclados licores que embotaban su cabeza. Su aliento alcohólico no era lo que la molestaba. Tampoco esa manera tan grotesca de recorrer su piel con esas manos ásperas por el duro trabajo que realizaba en el interior. No era que estuviera casi inconsciente, ni la manera brusca, casi brutal de acoplarse sobre ella; no era su súbita explosión de ternura al momento de pagar con esa expresión de niño culpable que tan bien conocía. Lo que verdaderamente la aterraba, era la espera interminable del amanecer, sola, siempre sola, pues las horas pagadas se terminan y hay que marcharse. Ella a su casa arrendada al final de la calle y él, avergonzado, se iría a su hogar y probablemente le mentiría a su mujer, le hablaría de la juerga con los amigos por un motivo innegable y de la comida y de los tragos de más, pero de ella, pese a haberle jurado que lo traía loco y que estaba inclusive medio enamorado y que era la primera vez que lo hacía, de ella se olvidaría para siempre.


Me levanté de un salto y me dirigí a la salida. El aire frío del amanecer me recibió dándome una suerte de palmadas en la cara a modo de bienvenida, como si se alegrara de volverme a ver transitar sus impredecibles vericuetos. Con inusitada alegría me encaminé al bar de la esquina, me senté en la mesa mas alejada de la puerta y pedí algo de beber. Después del tercer trago los problemas se fueron poco a poco diluyendo y la atmósfera alegre que inundaba el lugar me entibió el espíritu. Observé a la gente bebiendo y riendo, hablando de cosas superfluas porque no era la ocasión para otra cosa. Tal vez para mirar un poco a la mujer de la otra mesa, que pese a estar acompañada, no dejaba de coquetear descaradamente. Hay ciertas cosas que nunca cambian. Sentía la música brotar de los parlantes con fuerza, con un ritmo infartante que algunas parejas intentaban seguir en grotescas acrobacias sobre la pequeña pista de baile. Las luces reflejadas en las copas de la barra y en algunos espejos de las paredes, le daban a todo un aire fantasioso, casi irreal que me gustaba, o quizás solo era que a estas alturas mis tragos habían hecho lo esperado y ya estaba un poco ebrio. Fue entonces cuando la descubrí, estaba sentada en el extremo de la barra que daba hacia la calle. No había duda de que era ella, aún tras haber transcurridos varios años, mantenía la misma mirada lejana y melancólica que alguna vez me había trastornado. Todavía tenia ese aire inquietante que da el caminar demasiado la noche. Parecía una loba en permanente celo. Me aproximé entonces con decisión a donde estaba y acercándome mucho a su oído le pregunté:
_ ¿No se acuerda de mí?_










Si yo fuera presidente... Ordenaría construir el memorial de los hijos de perra. La memoria es frágil y hay que recordar a todos los bastardos "vende-patria". No digo "vende-pueblo" porque a ése no lo conocen.

Transmutando


Las mujeres estamos solas y tristes dice la Marixu. En tanto se arma un porro de "esos". Habla casi con rabia y no sé porque me siento culpable. Al escucharla pienso en que tiene razón. Hay demasiadas mujeres así. Me acuerdo de alguna y aparecen otra y otra, y otra. ¿Por qué están tristes las mujeres? Lucen extraviadas en medio de su bullada emancipación. ¿Qué sucede con ellas? Culpa del sistema de mierda dice la Marixu. De la puta vida impersonal que llevamos, de lo decadente e individualista que es, de la falta de sensibilidad y de la indiferencia cruel. Pese a su estado algo depresivo de hoy día, yo la entiendo, como también comprendo muchas de sus actitudes algo violentas. Algo está pasando. Un caos vertiginoso que no se apiada de nadie. El año pasado el número de divorcios por primera ve superó al de matrimonios en el país. Algo sucede. Las relaciones permanentes están a la baja y preocupa en verdad. No hay tiempo que perder. Importa solo el instante del acople placentero. El sexo seguro y el adiós antes que amanesca. Nosotros no queremos pertenencia y ellas no quieren perder su libertad. Entonces, desdichadas ellas.
La marixu está enferma confiesa. Yo pensaba que era la resaca de tantas substancias que ingiere, pero me lo dice en serio, demasiado pienso y me doy cuenta que su rebeldía como que está flaqueando. Hay cierta debilidad en su mirada, pero aparte de esto no noto nada. Por cierto ella no me dice de que se trata, ni lo hará. La conozco bien. Así es que me cambia el tema y me habla de proyectos inconclusos que tiene como irse a acampar a la chucha (sic), me cuenta que se le perdió Mateo su gato travesti como le dice y que necesita vacaciones urgente. Entonces es que me habla del trabajo. Me cuenta que es un favor a un amigo, que es en una especie de hacienda y que por favor la acompañe. Dice que se había acordado de mí como yo soy bueno para esas cosas y que además me gustaría el lugar. Sin pensarlo mucho acepto. Después de todo la paga va a ser buena, (y la necesito sin duda), aparte de que me hace falta alejarme un poco. Huir de mis propios fantasmas. Así es que emprendemos viaje, recalamos en valpo y de ahí el tren y luego un taxi nos deja en la entrada del fundo, porque eso es en realidad. Luego caminamos un trayecto largo porque nadie nos fue a esperar. La Marixu permanece muda todo el camino. Camina ensimismada y como que aprieta los dientes, pero no dice nada. Al fin llegamos a la casa patronal y la recibe un hombre de unos setenta años calculo. Yo me quedo atrás, por pudor creo, mientras el hombre, ignorandome completamente, la abraza y entran juntos a la casa. Dada la situación, decido salir a curiosear por allí. Veo las bodegas de vinos y pienso en darles buen uso. Están las pesebreras con varios caballos y la capilla que hay que restaurar. También me topo a la bestia del administrador. Un tipo de un metro noventa y cien kilos de pura idiotez y prepotencia, pero a mi no me dice nada. En realidad me ignora, porque luego supe que el dueño es el padre de la Marixu y aquí es que las cosas se me confunden. La Marixu tan rebelde, tan "negra" ella, proletaria acérrima, en verdad está forrada en plata. Bueno no ella en realidad, su padre, que para el caso es lo mismo o no?.
No he podido hablarle. Ya han pasado varios días y no se ha asomado ni siquiera al patio. En tanto a mi me instalaron en una cabaña. Me llevan el almuerzo todos los días puntualmente a las dos y precisamente los platos que más me gustan. Después de todo la Marixu no se ha olvidado de mí. En cuanto al trabajo, éste ha sido arduo, pero interesante. Hay piezas muy antiguas y las maderas están muy dañadas. Todo el proceso es lento, aunque a veces no lo hago porque me voy a caminar entre árboles y esteros, que es lo que más hay. Todo marchaba así, hasta que un día el administrador, cuyo nombre nunca supe, me dice que la Marixu quiere hablarme. La encuentro sentada en una especie de columpio. Viste una polera celeste y una falda al tono, (raro que use falda), Lleva un sombrero para protegerse del sol y en sus rodillas sostiene un gato que duerme indiferente. Cuando me llama comprendo que el trabajo se quedará sin terminar. Miro sus ojos que han perdido todas las luces que yo conocía y noto que apenas sonríe. Luego llora largamente abrazada a mí y me da un largo y tembloroso beso. Es la despedida pienso. Después se dirige a la casa sin volver la vista. Sé entonces que la Marixu nunca regresara a Santiago, que lo suyo es terminal como su enfermedad y ahora es que entiendo porque las mujeres están solas y tristes: porque los hombres también lo estamos.

Aplastamiento de las gotas



Yo no sé, mirá, es terrible cómo llueve. Llueve todo el tiempo, afuera tupido y gris, aquí contra el balcón con goterones
cuajados y duros, que hacen plaf y se aplastan como bofetadas uno detrás de otro qué hastío. Ahora aparece una gotita
en lo alto del marco de la ventana, se queda temblequeando contra el cielo que la triza en mil brillos apagados, va creciendo
y se tambalea, ya va a caer y no se cae, todavía no se cae.
Está prendida con todas las uñas, no quiere caerse y se la ve que se agarra con los dientes mientras le crece la barriga,
ya es una gotaza que cuelga majestuosa y de pronto zup ahí va, plaf, deshecha, nada, una viscosidad en el mármol.
Pero las hay que se suicidan y se entregan en seguida, brotan en el marco y ahí mismo se tiran, me parece ver la vibración
del salto, sus piernitas desprendiéndose y el grito que las emborracha en esa nada del caer y aniquilarse.
Tristes gotas, redondas inocentes gotas. Adiós gotas. Adiós.

Julio Cortázar

La confesión




Dime ése secreto tan escondido me dijo sonriendo, mientras su pelo ensortijado se rebelaba y tendía a cubrirle la cara.
La miré sentarse en la banca de la plaza y cruzar su pierna con ése movimiento distinguido, casi aristocrático que cautivaba mi mirada. Entonces me puse serio y con rostro apesadumbrado y culpable confesé que era casado. Y aquí fue que sus bellos ojos verdes, cuales mártires inocentes, se desbordaron en un llanto mudo, desconcertado, doloroso; Luego se puso de pié y caminó hacia el parque a nuestras espaldas para perderse por el sendero rodeado de árboles. Nunca más la volví a ver.

Monólogo económico




Decidido a hacer balance
del volumen de impropiedades descritas
y de la baja de la bolsa de valores endémicos
Considerando estas últimas noticias
en frescas anunciaciones vía cibernética comunicación
y en los rostros misteriosos en fotografías 3x4
con la música acompañante en vibratos armoniosos
De la bolsa de valores dije y de la renta que generan
generalmente
Y con la pregunta silbando vía operadora larga distancia
y el humo abortado de un cigarro agonizante
que pareciera cierto lo que dice en apariencia, pero que no lo es del todo
Del consumo de cápsulas de colores diversos
y de la sed que deja, dolor de cabeza y ojeras mediante
Con la sensación de estar en el sitio equivocado
Otra vez
Del resultado de la propuesta ignorada
Porque es más fácil que considerarla, la conciencia digo
Acaso yo la tomé demasiado pronto
y ni siquiera se da cuenta
De tanto sacar cuentas alegres creo yo
De repetir que no hay mal que por bien no venga
y el bendito dicho me tiene en ascuas, aún aquí
generando monstruosos intereses, impagables te digo
Atribulado de tanta espera
En un monólogo económico eterno, siempre al alza
y el brillo decadente de una pantalla de plasma
Con el tono en espera angustiosa y la llamada casi cortada
Repartiendo miradas, que es lo que más hago
y reflejado en un vidrio biselado, que no me gusta lo que veo
ni que me vean, ni que me busquen ya
y la llamada que no fluye y yo esperando
aún esperando.

El voto que quieren




El voto que persiguen ávidos, sedientos de nuestra sangre
El voto supremo, correcto y valioso hoy día
El voto desesperado
El bestial voto vendido y el comprado, transado en el mercado negro
a bajas ilusiones
El patético voto emitido, formulado y asignado
El voto copulado en la ceremonia orgiástica
El puto y miserable voto. Festejado con un vino chambreado,
(navegado huevón me dicen)
El voto primero. Recitado con un trago ardiente a cuestas
El voto majadero, hipócrita e irrisorio
El culpable voto firmado con tinta indeleble
El voto oculto, siniestro y vengativo.
Puteando en medio de los otros votos
El voto maricón y lameculos
El voto arribista, segregado y ególatra
El voto ABC1, rifado o cambiado por un jale
El voto manuscrito, en imprenta o a mano alzada
El voto de mierda
El voto arrepentido, cabizbajo y perdedor
El voto duro, celebrado con “pitadas” sociables
y un buen par de minas guerreras
El voto doloroso como maricón primerizo
El voto angustiado, desequilibrado, sacado de contexto
El voto inhumano, metálico y sonoro
El voto sufrido y trabajado
El voto sobreviviente. Lacerado de tanto arrastrarlo
El voto muerto y sepultado, voto fantasma
El voto por último, a escondidas y vergonzoso
El voto encubierto, de doble personalidad y por tanto anulado,
anónimo o en blanco
El voto ignorante de lo que puede y debe
El voto “aperrao”
El voto bastardo y chuchadesumadre
El voto que ellos quieren.

La mejor receta








Fue un presagio. Esa manera rápida de pararse de la cama y caminar desnuda hacia la ducha instantes después de haber terminado de amarnos. Fue el primer indicio. No volteó la cabeza para ofrecerme un beso como otras veces y no me dejó la puerta del baño abierta para ducharnos juntos.
Debí saberlo.
Será que los hombres, envueltos en la parafernalia trabajólica diaria y sus insospechadas consecuencias, carecemos de la suspicacia suficiente para reconocer ciertos signos. Las señales de una tormenta formándose en el fondo de unas pupilas, de una pregunta que se queda en el aire esperando una respuesta que no llega, del suave y casi imperceptible rictus de su ceño que denota cierto pesar que hasta hace poco no estaba allí.
Debí saberlo.
Esos cafés demasiado largos antes de acostarse, con la mano sobre la frente y el pensamiento en otra parte cuando la pregunta de cómo estuvo el día se quedaba flotando en el aire. Y sobretodo su mirada. Su mirada que me decía todo y que ahora no me dice nada, distante, fría y opaca. Ésa que ya no es la que me seguía desde la puerta cuando me iba. La que me hablaba con cada uno de sus brillos que me deslumbraban. Ahora hay uno nuevo, desconocido y que sólo se enciende cuando corre el visillo del vidrio y mira por la ventana.
Debí saber.
¿Acaso no sabía todo acerca de ella?
¿No conocía acaso hasta el más leve cambio de ritmo de su pecho?
Sabía de sus triunfos y desastres. También de sus rencores no del todo reconocidos. De su disgusto por los compromisos obligados y lo apesadumbrada que se ponía cuando tenía que terminar algo que la molestaba. Sabía de de un sinfín de detalles que creo la conocía más que a mi mismo. Al menos eso es lo que creía. Hasta ésta mañana.
La veo llegar montada en sus zapatos de taco alto que moldean perfectamente sus piernas y la elevan tres centímetros por encima de mí. Deja en el suelo las bolsas de las compras y me da un beso en la mejilla mientras me pregunta cómo estuvo el trabajo. Luego se toma el pelo y lo aprisiona con una traba porque caía desordenado sobre su rostro, como si recién hubiera despertado y sé que la acalora y la ahoga. Miro entonces, que la línea habitualmente vertical de sus medias de nylon negras, está torcida y que las puntas de sus zapatos rojos lucen algo sucias y ligeramente húmedas.
Al no obtener respuesta inmediata, se da media vuelta y se dirige hacia la cocina. Mientras lo hace noto que el cierre de su falda ajustada no está cerrado por completo y mantiene atrapado entre sus dientes un trozo de la blusa que le regalé la última navidad. Inicio un ademán con mi mano izquierda e intento pronunciar alguna clase de advertencia. No obstante ella ya ha llegado a la cocina y cerrado la puerta por dentro. Ha encendido la radio que está sobre el mueble adosado a la pared. En el interior de él se guardan ordenadamente platos y vasos, acompañados de un sin número de envases de colores. Todos ellos empleados en las peripecias gastronómicas que me tenía acostumbrado. Porque ya no las hace. También está el pequeño espejo pegado a una de sus puertas en donde retoca antes de salir, las suaves líneas de su lápiz labial, totalmente inexistente en este momento. Abajo, a la izquierda, entre paquetes de fideos y bolsas de azúcar, se encuentra el cuaderno de recetas, manchado de gotas de aceite y restos de harina. El mismo que estuvo perdido desde hace un tiempo. Lo encontré mientras cambiaba el cilindro del gas de la cocina. Hoy día que estuve solo en casa. Estaba algo arrugado y sucio; Pero a salvo entre sus páginas, doblada en cuatro partes iguales, se encuentra aquella pequeña carta-nota en una pequeña esquela amarilla que resbaló de entre sus hojas para caer justo al centro de mis pies. Estaba dirigida con cariño hacia ella y contenía una serie de descripciones de una tarde salvaje y apasionada firmada al pie de la página por un hombre que le juraba amor eterno y que no era yo.

El olvido



_ ¿Acaso no te acuerdas de ella?_ preguntó algo contrariada ya.
_Todos la conocían_ insistió y apretó mi brazo con su mano libre.
Me quedé pensando la respuesta precisa mientras cruzaba Ahumada hacia el poniente.
_No la recuerdo_ respondí al cabo de un rato al tiempo que miraba distraído la pantalla gigante sobre el edificio de enfrente y a la mujer digital que observaba sonriente el mundo tumultuoso de acá abajo.
Entonces sin percatarme resbaló su mano desde la mía y se quedó parada en medio de la calle viendo como yo continuaba mi camino sin volver la vista atrás.

Lectura y presentación

Lectura en Arte Litoral invitado por la Fundación Neruda en Isla Negra junto al taller Buceo Táctico.







Sábado 28 de Noviembre 2009 19:00hrs.

Esperando






Las esperas en las oficinas públicas o privadas tienen una estructura parecida. No importa mucho el trámite que uno vaya a hacer, lo moderna y cómoda o anticuada e inhóspita que resulte la dependencia. En todas ellas se respira el mismo perezoso y frustrante paso de los minutos.
Tomar el número del turno del dispensador y mirar algo dubitativo en donde ubicarnos, es un acto reflejo. Observar a nuestro alrededor algún asiento, si es que hay suerte, y apurar el paso para refugiarnos en él y así salir del campo de visión de todos los que como uno esperan que los atiendan, también lo es. Luego desde nuestro sitio, convertidos en un todo con los demás, es nuestra ocasión, primero de ir observando a quienes van llegando e ir desmenuzándolos en un montón de subjetivas apreciaciones. La mayoría de las veces equivocadas, y después proseguir calificando a quienes que al igual que uno, hacen lo mismo con nosotros. El realizar éstas clasificaciones bajo el peso de los detalles es un asunto entretenido, divertido casi, si es que se cuenta con una buena imaginación y además ayuda a que transcurra el tiempo un poco más rápido. Existen una variada gama de personas, personitas y personajes que deambulan por estos sitios. Los hay jóvenes y viejos, cultos y ordinarios, petulantes y humildes, ignorantes y uno que otro experto en esto de las esperas.
Algo que es una constante, es la cantidad alarmante de llamadas sin sentido que se realizan o reciben por teléfono. Abundan frases como “si, ya llegué” o “¿dónde estás?”, especialmente ésta última que suena algo urgente por lo general, como si nos desesperara estar en un sitio así, rodeados de desconocidos y necesitáramos dejar en claro que no estamos solos y que nos necesitan. Yo creo que por eso el éxito de los celulares. La necesidad imperiosa de sentirnos ligados a alguien, a estar ubicados en cualquier contexto, a hablar y que nos escuchen en cualquier lugar en que nos encontremos. Es que la soledad toma ribetes espantosos cuando estamos rodeados de gente.
Existen además, esa clase de sujetos especialistas en conseguir que los atiendan primeros. Algo que nunca he podido hacer por una cuestión de pudor creo yo. Estos personajes que son amigos de todos o al menos lo parecen y que, generalmente, te interrumpen tus profundas meditaciones con preguntas que rayan en el surrealismo tales como: ¿Hace mucho tiempo que está esperando? o en la desfachatez de meterse en cosas que no les incumben cuando preguntan: ¿y ud. a que vino?. La mayoría de las veces sucede que estamos pensando en estas circunstancias, algo contrariados ya, cuando en un acto absolutamente anormal, el mentado individuo reconoce a alguien en la ventanilla en cuestión y se dirige a saludarlo sigilosamente, terminando atendiéndose primero que todos y dejándonos de paso, con una profunda sensación de injusticia, a la cual estamos demasiados acostumbrados, y con la mirada atenta a ver si en una de esas reconocemos a algún amigo que nos pueda salvar del calvario de la espera, cosa que casi nunca sucede por supuesto.

La manera de las cosas





La forma de deslizarse de un abrazo o de responder con un hola ahogado un saludo repentino. Ese modo de hacer las cosas que tiene, tan impersonal, eso que lo vuelve distante y frío en cada acto cotidiano que asume. El tono de los síntomas, en tono menor por cierto. Hay un poco de vergüenza ajena, de orgullo mal entendido, de pasividad incomprensible, de desazón e impotencia. Son la manera de las cosas, las grandes y las pequeñas, que se apretujan unas encima de otras restregándose en su cara. El temblor de una respuesta, la siguiente despedida, la música de fondo y una copa de vino frío. Es el tránsito de una casa a la otra y la nota en la pared de un volveré eterno. Son la voz impersonal de un lector de noticias, el sonido de la puerta al cerrarse y el crujir de un reloj agonizante. Es el espanto a la soledad absoluta y la duda, la inmensa duda mimetizada en un café, en el sonido del teléfono, en una mirada inoportuna o un gesto apenas imperceptible. La sospecha de que nada es lo que aparenta, de que seguimos la inercia de un parto inesperado a mitad de siglo y de esperar respuestas que no llegarán.

Latidos


"No estés mal, no has perdido tu vida porque nunca fue ni nunca sera tuya"

Alvaro Henriquez

Fragmentos de un discurso amoroso





" Cuando imagino suicidarme por una llamada telefónica que no llega, se produce una obscenidad tan grande como cuando, en Sade, el papa sodomiza a un pavo. Pero la obscenidad sentimental es menos extraña, y eso es lo que la hace más abyecta; nada puede superar el inconveniente de un sujeto que se hunde porque su otro adopta un aire ausente, mientras existen todavía tantos hombres en el mundo que mueren de hambre, mientras tantos pueblos luchan duramente por su liberación... "

Roland Barthes

El último vómito del maldito Charles Bukowski


“Fragmentos de un cuaderno manchado con vino” reúne material publicado en revistas under y no tanto entre 1944 y 1991. Son 36 textos que van de la prosa al poema y del ensayo al experimento de estilo. Es “el eslabón perdido” de un autor clave del siglo XX.

Quince años después de enterrado, la panza del escritor norteamericano Charles Bukowski (1920-1994) vuelve a inflarse para eructar 36 piezas de valor histórico con palabras como hojas Gillette y un vaho al mejor vino barato de todos los tiempos. Publicado por editorial Anagrama, el libro “Fragmentos de un cuaderno manchado de vino” (2009) reúne ensayos, su primer relato, prosa metafísica, comentarios de libros y manifiestos donde Hank -como le decían sus amigos- resume su Ars poética: “Las palabras eran balas, las palabras eran rayos de sol, las palabras se abrían paso por entre la muerte y la perdición”.

Dentro de los hallazgos que le dieron el mote de eslabón perdido a este libro –John Martin de Black Sparrow Press lo denominó así, y el hombre tiene piso para hacerlo porque fue él quién apostó por Bukowski al darle un sueldo vitalicio cuando Hank resistía la vida con un empleo mugroso en correos- se encuentra la primera encarnación del alter ego literario de Bukowski, Henri Chinaski, quien en el relato de 1946 “La razón detrás de la razón” debuta como Henri Chelaski, un tipo brutal que apunta de humor negro alivia su absurda visión existencial: “El suicidio era mi mejor arma. Pensar en ello me daba cierta paz”.

LA SOLUCIÓN PORNO

“Consecuencias de una larga nota de rechazo”, el primer texto publicado por Hank, vio la luz en la revista Story en el año 1944. Es el primer golpe de una serie de ganchos a la mandíbula que trae este libro de 360 páginas y que contiene textos de publicaciones marginales como “Matrix”, “Trace o Los Angeles Free Press”. En la mayoría de ellos se lee su bronca contra la sociedad y su trabajo de ocho horas diarias y su redención en la escritura, el alcohol y alguna entrepierna.

“En defensa de cierta clase de poesía, cierta clase de vida, cierta clase de criatura llena de sangre que algún día morirá” (publicado en Earth en 1966) escribe: “Fíjate en la primera persona con la que te cruces por la acera: el color se le ha ido de los ojos; la manera de caminar es burda, violenta, fea; incluso el pelo de la cabeza parece crecerle de un modo enfermizo”.

En los setenta y ochenta el viejo se hace conocido. Lo entrevista Andy Warhol para la revista Rolling Stone, el filme “El borracho” con Mickey Rourke le tira los perros de la fama y empieza a escribir para Penthouse y Hustler.

“Por fin, tras décadas de cuartitos, bancos en el parque, los peores empleos, las peores mujeres, algunos de mis escritos empezaron a colarse, mayormente en las publicaciones porno. Vi que las publicaciones porno eran una salida estupenda: podías decir lo que quisieras y cuanto más directo, mejor. Sencillez y libertad al fin, entre las lustrosas fotos de coños”, anota en “Entrenamiento básico”, el último texto del libro. Publicado en enero de 1991 en la revista Portfolio el viejo se despide como empezó: “Quería perdurar pese a las trampas, morir ante la máquina con la botella de vino a mi izquierda y, pongamos, Mozart sonando en la radio a mi derecha”.


Texto escogido



Cómo viviré mañana

“Estoy aquí sentado, borracho, preguntándome cómo y dónde viviré mañana. El callejón no es sitio para un hombre que ansía la intimidad de sus pensamientos. Dicen que soy un buen poeta y manejo bien el pincel, y recibo cartas perfumadas de mujeres lejanas, pero estoy preparado para los cuervos contra el sol de mi razón, mientras escucho a Rachmáninov en la radio que mañana tengo que empeñar, te digo que somos todos locos e inadaptados y los funcionarios de la universidad que enseñan poesía desde las ventanas de campus tranquilos y polvorientos nada saben de estas paredes ni de las caseras del sur de Hollywood ni de los rostros destrozados en los callejones donde las palabras de Rimbaud o Rilke no valen ni cinco centavos, donde todo el amor del hombre y la vida no llegan siquiera a rollos de papel que aletean como nuestras sábanas, no llegan siquiera a las ratas que nos conocen y comparten nuestras callejas, nuestras pequeñas derrotas de las que nadie ha oído hablar”.


Rescatado Diario La Nación 10 de Noviembre 2009