After party



Día gris, flojo.  Extraño la "normalidad" de uno normal, si es que eso existe. Ahora sólo resta seguir tomando café cargado, mirar los gatos como tiran la basura y el cáos de la casa.
Así no se puede.

Bitácora de Domingo

Hay miradas que encienden, que buscan caprichosas. No es tan frecuente, pero sucede. No habrá más de dos palabras entre nos, pero miradas sobrarán. Hablando desde el fondo de los ojos, con brillos sosegados, a veces inquietos, infantiles casi.  No mires, no sigas. La verdad escandalosa de una soledad asomada al balcón de los ojos. Miro de nuevo, hacia arriba, de izquierda a derecha. Ese magnetismo me doblega, me enternece y asusta. No miraré más!  Y sin embargo...
    La lluvia se fue. Va camino a las profundidades. Me acuerdo de mi casa de niño, de las goteras espantadas por el fuego y los regaños de mi madre por mis escapadas a mojarme. Ciertas cosas nunca cambian. Como tampoco cambia la miseria, esa que nos continúan ofreciendo descaradamente. Ahora resulta que vienen de nuevo a palmearnos la espalda y ofrecernos tanto que al final resulta... nada. Pero ahora estoy tranquilo. Hoy me siento bien. Terminó la lluvia, la noche está quieta y pronto viajaré. Ella dice que me extraña, que la casa está fría y la cama es inmensa. Ya voy, ya voy amore mio.

Bitácora del Sábado

                                                              

         La noche de anoche y sus consecuencias. Siempre sucede lo mismo, que los tragos de más y la beligerancia presente. El no soportarse ni un segundo más. Yo lo suponía. Hay cosas que no cambian y lo básico es prevenirse de la debacle que viene en curso. Nos refugiamos en nuestro rincón y observamos.  Los acontecimientos se suceden unos tras de otros sin pausa y se van desenmascarando las intenciones de cada cual. Que la gorda era más candente de lo habitual ya me había dado cuenta y de seguro los animalejos que estaban con ella no cejarían hasta obtener el objetivo aquél. Que ya van demasiados días en estos lares y se extraña una piel sedosa, aunque para mi gusto, la gorda no cumplía ninguno de mis requisitos.  ¿Será que de verdad estos tíos son más animales de lo que había pensado?
       Mi vecino de dormitorio pronuncia chuchadas por lo bajo. Es comprensible. El rucio, el Jorge y la gorda tienen una trifulca de los demonios. Ahora bailan y se empinan la tercera  botella. Yo me concentro en el maldito texto aquél, que dos hombres colgando de un puente, que un diálogo existencialista que no me llega y como que esta cosa se me está haciendo más espesa de lo normal. La gorda grita, aulla moviendo sus tremendas nalgas y yo enciendo un cigarrillo. Esta va ha ser una noche larga.
       Los Domingos son tranquilos, por eso es que aprovecharon. Los dueños casi no vienen y el jefe se fue de farra así es que estaba todo dispuesto. Cuando la vi llegar supe del tipo que era. Un poco belicosa por decir algo, experta en sacar celos y los tipos que son marionetas ebrias al lado suyo. Presentí un final de página roja y se lo advertí a la dueña del hostal, pero esta, preocupada más de las lucas que le caían extras, desoyó mi advertencia y la juerga tomó cuerpo.
      Con frecuencia me sucede que me preguntan por mi escritura. ¿Por qué no has escrito últimamente?, ¿Cuándo publicas?  Sucede que no es tan fácil. No es un asunto de falta de ideas, tampoco de sensibilidad necesaria. El problema es el tiempo y la tranquilidad. ¿Quién demonios puede escribir cuando cada diez minutos se acerca algún tipo ebrio a ofrecerte un trago que no quieres y a hablarte incoherencias al lado de tu cama? Las realidades que nos embargan son tan disímiles y desconocidas que no resulta fácil opinar de buenas a primeras acerca de otros.
      Justo al ir al baño lo vi caer. El Jorge, botella en mano,  mira al rucio tirado bajo la mesa de pin-pon, misma que sólo se usa para albergar botellas y vasos.  La dueña del hostal grita, se tira el pelo y amenaza con llamar al retén. Yo tomo al Jorge y lo aparto.  La gorda llora y acaricia el pelo del rucio inconsciente en el suelo. Se me escapa un bostezo. Ya son las cinco de la mañana.

Bitácora

Cosas que suceden, un amigo muere estúpidamente al cruzar una calle, de seguro que soñando con algo no vio el maldito auto, otro se marcha a Europa a probar suerte hastiado del realismo crudo del país. Pero el mundo sigue dando vueltas y aún estamos acá.
Mi amigo Luis presentaba su obra "Vocación docente" en San Antonio. Le había prometido asistir esta vez, pero aún estoy por acá tirado. Creo que ahora sí que no me la perdona.
No es tan fácil en realidad, nada es fácil. 
Recuerdo otros otoños con lluvias frescas en esta época. Ahora el calor me agobia. Dicen que es un presagio, que un megaterremoto nos hará papilla. Miedos y más miedos, soledades, egos desmesurados, celos. La vida en su lado más salvaje practicando el arte de no dejarnos en paz.
Extraño mi familia.

I miss you Amore

Y si fuera cierto?

Los días pasan, el mundo gira y la vida sigue avanzando. Nada que hacer o quizá todo. Estamos en la disyuntiva. Me llaman del Norte, un amigo muere de una forma estúpida, incomprensible y se apaga una amistad truncada por las distancias. Confieso una pena rabiosa que se alarga y no cesa. Me ahoga un millón de preguntas que no tendrán respuestas. Las dudas acerca de lo verdaderamente importante, eso que es y no es al mismo tiempo, lo que nos mueve a fin de cuentas a actuar, a sentir y comprometernos. Todo se vuelve tan relativo e insignificante... La radio dice que dijeron y mis redes repiten exageradamente, venteando impúdicos nuestra soledad abismante. Porque estamos solos. Somos un mundo de solitarios, a eso nos han llevado y es tan poco lo que podemos hacer.
Anochece, el sueño me gana, pero aún tengo rabia y pena.



Bitácora

La verdad nos hace libres, eso dicen. Marixu sabía de esas cosas, de liberaciones. En este instante me acuerdo de Dante, un amigo perdido en la vorágine nocturna de Iquique. La última vez que lo vi fumaba sentado en la playa de Cavancha recuperandose de la borrasca de la noche anterior. Dante era un tipo magnífico, uno de esos sujetos que se topa uno sólo una vez en la vida. Extraño, espontáneo, maldito en sus definiciones y entrañable. Su historia es larga y no voy a contarla ahora, pero me acuerdo por eso de las verdades. Siempre fue terriblemente honesto, algo muy raro en estos tiempos. La falta de verdad nos enturbia la mirada. No me gusta que me mientan, prefiero la verdad cruda y salvaje.
Las cosas siguen igual, trabajo y más trabajo. Es como una apuesta, hasta donde mierda aguantamos, pero bueno, no es lo que deseaba escribir hoy. Eso del cansancio es una historia inagotable, una suerte de epidemia, la esclavitud del siglo 21. Shit!, casi nada que hacer. Digo casi, porque hay una luz, tenue eso si, pero se ve, por allí... Hay algunos que optaron por actuar, no son muchos como uno quisiera, pero ahí están. Me han llamado y hemos hablado de cosas, muchas cosas y estamos de acuerdo, era que no! Esas realidades son las que me entusiasman, las que me dejan un sabor nuevo en la boca. Uno respira mejor se han dado cuenta?
Espero no dejar pasar tanto tiempo sin visitar este blog. El tiempo, el maldito tiempo que me falta... Einstein estaba equivocado.

El Hombre Imaginario





El hombre imaginario
vive en una mansión imaginaria
rodeada de árboles imaginarios
a la orilla de un río imaginario

De los muros que son imaginarios
penden antiguos cuadros imaginarios
irreparables grietas imaginarias
que representan hechos imaginarios
ocurridos en mundos imaginarios
en lugares y tiempos imaginarios

Todas las tardes tardes imaginarias
sube las escaleras imaginarias
y se asoma al balcón imaginario
a mirar el paisaje imaginario
que consiste en un valle imaginario
circundado de cerros imaginarios

Sombras imaginarias
vienen por el camino imaginario
entonando canciones imaginarias
a la muerte del sol imaginario
Y en las noches de luna imaginaria
sueña con la mujer imaginaria
que le brindó su amor imaginario
vuelve a sentir ese mismo dolor
ese mismo placer imaginario
y vuelve a palpitar
el corazón del hombre imaginario


Nicanor Parra

Maestro!

Fama









Una cita recurrente es aquella que afirma que detrás de cada gran hombre existe una gran mujer. Mi esposa tomó súbita conciencia de este importante rol y una mañana mientras desayunábamos, mirándome de la forma que lo hace cuando algo se le atraviesa en la cabeza, me dijo que ya era tiempo de que me dejara de payasadas y me hiciese cargo de lo que me correspondía: hacerme famoso de una buena vez. Existía cierta urgencia en sus palabras. Adiviné que el cansancio de esperar maravillas que no llegaban la habían decidido a actuar al fin. En un instante repasé cómo se fueron extinguiendo las ilusiones que forjamos en la pasión de la juventud. Sueños perdidos y rotos en medio de la realidad última reservada para nosotros. Me dí cuenta que aún no se rendía, que no asimilaba la desastrosa situación y que en un arranque postrero de valentía, parecía estar dispuesta a rendir la última batalla. Por mi parte, ya lo había aceptado y la verdad es que fue una liberación tomar conciencia del mundo brutal en el que estábamos inmersos. Sin embargo para ella nada resultaba tan fácil y cómodo como para mí. Por alguna razón que ignoro, decidió que la fama debía ser la respuesta o salvación a nuestras precariedades y dado que era yo el aficionado a ciertas lides creativas, estimó necesario, más que eso, imperioso, el sacarle provecho. El problema era que mi impostura desganada y esa fijación que tenia por pasar inadvertido conspiraban para que aquello se concretara. Creía firmemente en que debía abandonar esa actitud fatalista y resentida que no me llevaba a ninguna parte. Según ella, era necesario que me reinventara. Finalizada esta breve arenga, pasó a continuación a detallar una serie de medidas tendientes a lograrlo. Como mujer organizada que era, estimaba en no más de dos años la obtención de tan merecido objetivo y para que me quedara aún más claro, comenzó a redactar un listado de acciones que habría de realizar en estricto orden de prioridad e impacto mediático. Es que ser famoso implicaba, aparte de un acto de fé absoluto y una cuota de suerte, un trabajo acucioso y muy bien desarrollado. Fé y organización, esas serían las directrices.

Para comenzar partiría por cambiar mi deslucida apariencia. En realidad siempre fui despreocupado de este aspecto. Fue así que mis jeans desteñidos fueron a dar a la basura; Mi pelo largo se vino abajo y mis zapatillas regalonas engrosaron los juguetes masticables de nuestro perro. El vestuario lo compró con unos ahorros que tenia producto de la venta de unas cremas y jabones. Ella siempre tuvo esas características netas de emprendedora y ahora tenía un nuevo producto que ofrecer, o sea yo. Por supuesto que todas las prendas eran de muy buena calidad y elegidas con buen gusto, como tenia que ser. Zapatos, pantalones, ternos y corbatas. Hasta unos gemelos preciosos brillando en los puños de la camisa.
Una tarde llegando del trabajo, me hizo desvestir de inmediato y llevándome al baño, me hundió la cabeza en un lavatorio que tenía preparado con cierta espuma. Luego sacó una tintura que había comprado y me embetunó el pelo prolijamente. De ésta manera desaparecieron mis canas en un resplandeciente color negro.
Hasta aquí todo marchaba bien, salvo sus continuos alborotos cuando en algo me equivocaba. La transformación debía ser completa. Si hasta encendía incienso para atraer las buenas vibras. Debía de alguna manera trocar en una personalidad ganadora, avasallante y atractiva. Ponía especial énfasis en mi dicción -la verdad es que nunca le había gustado mi manera de hablar, especialmente cuando, enrabiado, estallaba en un rosario de insultos ininteligibles-. Si hasta para reputear había que hacerlo con clase. A lo otro que ya me tenía habituado, era a sus continuos abordajes a mi rostro intentando eliminar cualquier indicio de acné, vello o mancha indeseable que pudiese opacar el tono de mi piel.
Un día descubrí que mi reproductor de discos junto a toda mi colección de música clásica había desaparecido. La miré sin hablarle -inquiriendo una respuesta- y me dijo que para ser famoso se hacían necesarios ciertos sacrificios y que tuvo que venderlos para comprarme las lentes color miel claro que pasó a instalarme de inmediato. Así fue como cada vez comenzó a hacerse más evidente la ausencia de cosas en la casa. Desapareció el televisor, la alfombra que fue regalo de bodas, los cuadros que hicimos en el taller de pintura, los muebles, ¡hasta la cocina!; por lo que teníamos que comer en la casa de sus padres, lo cual nunca me hizo mucha gracia. Por suerte conservábamos la cama. Artilugio muy importante en nuestra relación basada principalmente en la confianza y en una pasión desenfrenada.
La situación era a lo menos caótica. Pero mi imagen había cambiado absolutamente. Si hasta me sentía un triunfador, pese a tener el mismo paupérrimo trabajo y no ser famoso aún. Era necesario tener fé me insistía y yo sabía que ella era especialista en esos asuntos, así es que no me restaba más que esperar. Seguro que en cualquier momento un suceso inesperado gatillaría el tan anhelado triunfo. Mientras tanto tendría que seguir preparándome.
Se preocupaba tanto por mí, casi obsesionada hasta con los más mínimos detalles, como la forma de caminar, de contestar el teléfono, de mover las manos y también de mis miradas para que no resultasen tan ofensivas, cosa que a ella en nuestros comienzos la cautivaban. Era tanta su atención hacia mí que pasado un tiempo empezó a descuidarse de sí misma. Al principio sólo fueron pequeños detalles. Su pelo no lucía ordenado como siempre y sus uñas se veían descuidadas, cosa impensable un tiempo atrás. Pensé que sería a causa de su ardua labor para conmigo y no le di mayor importancia. Sin embargo su estado empeoraba con el correr del tiempo. El abandono de su persona se hizo notorio, como si la condición de gran mujer que había asumido en realidad significara una cruenta condena. Era un suplicio elegido voluntariamente y del cual no había forma de desentenderse. Ya no se ponía maquillaje y usaba la misma ropa casi toda la semana, sus ojos mostraban profundas ojeras y su entusiasmo en las noches había desaparecido. En el fondo rehuía de mis abrazos, culpándome de su insostenible situación. Si hasta más flaca estaba. Es que con el afán de darme los mejores platos ella casi no comía. Luego aparecieron las pesadillas. Se despertaba en medio de la noche reclamando un regalo divino perdido, después rezaba temblorosa pidiendo perdón por su actitud, en seguida lloraba un poco y me pedía paciencia diciendo que todo iría bien. La fama, cual salvación milagrosa, estaba en camino.
Pero hay cosas que nunca cambian. Mi padre decía que las cosas son como son y nada más. Se sabe bien al cabo de un breve tiempo a donde vamos a parar. Se nota en el aire decía y a mi me revolvía el estómago, porque íntimamente lo sabía, pero me rebelaba a ello. Era joven entonces pienso ahora. Presiento que mi caso ya no tiene solución. Que hay que resignarse a ser lo inevitable, lo odiado pero real. La realidad es esa y no otra. Jamás seré un escritor. Porque sencillamente no lo soy. No tengo la magia necesaria. No poseo aquel espíritu que se requiere. Cierta impronta u actitud. Quizá la situación hubiere resultado en otra vida, pero lo mío no tiene vuelta y lo admito. Por esto es que cierto día, arreglándome la corbata frente al espejo en aquel hotelucho de carretera y mirando a la rubia durmiendo desnuda sobre la cama, decidí que ya no quería ser famoso y admitir necesariamente lo que soy. Un hombre cansado que ya no regresa a casa.

Lectura poética en el Pussybar


Habiéndose dispuesto las mesas con manteles colorinches de dudoso diseño, lo cual hacía más chabacano el asunto, se consideró lo último como parte importante del objetivo dispuesto por las personalidades creativas del coloquio. No faltaron las consabidas cepas de tinto y blanco indefinidas, ambas envasadas en cómodas cajas con caricaturescos felinos en promoción a precios modestísimos. Teniendo en cuenta al atentísimo garzón con las mangas de la camisa dobladas hasta los codos y ataviado con una negra humita torcida, equilibrándose bajo la barba candado, que entre otras cosas indescriptibles, ocultaba en parte su infausta papada. Teniéndose dispuestas también las luces de colores, aunque todas fijas, sin parpadear, para no enloquecer más al auditorio y todo a partir de la diligente petición del encargado de la escaramuza poética. Habiéndose realizado el primer brindis con un licor dorado incestuoso mezclado con la bebida cola original y encendido una hilera de cigarrillos y más de algún petardo pecaminoso que semejaban inquietas luciérnagas en las manos de sus poseedores y que al cabo de un rato inundaron el espacio de columnas ondulantes que ascendían hasta el techo. Habiéndose considerado todas estas minucias y otras no dadas a ser mencionadas en primeras líneas y considerando que por fin se pudo mantener al auditorio en silencio, percance que Dante, mi impertérrito amigo sentado a mi izquierda, me advirtió en la víspera de los preparativos; Se procedió a leer la primera andanada de versos.

Inició los fuegos el poeta Riquelme, hombre ducho en estos menesteres, especialmente si se trata de hablar de cabarets o nigth clubs, como se dice ahora, pues bien, declamó el hombre acerca de su experiencia con una joven meretriz, muy joven, que había conocido en Valparaíso allá por los 80’, cuando el vate de sienes plateadas y voz algo carrasposa, recién comenzaba su aventura bohemia-poética, cosa que por lo demás continua haciendo metódicamente. Fue terminal su pasión por tan preciosa criatura. Viajaba esta de puerto en puerto mientras duraba la estadía en el país del capitán extranjero, aquél que la contrataba para saciar sus pasiones privadas. Riquelme aullaba que la siguió, sin pensar en consecuencias, sin prever en los daños primarios del corazón, ni secundarios de sus bolsillos planchados, vaciados por ella a esas alturas.

Ante cada verso irónico, sarcástico, pero doliente y atormentado del compañero Riquelme, se escuchaban esporádicos aplausos o sonoras carcajadas. Desde mi posición privilegiada, pude observar la aparición de cerca de media docena de “señoritas” dependientes del local en cuestión. Se fueron acomodando por los costados de la sala, cerca de las cortinas, en las mesas mas alejadas y pude hasta percibir cierto brillo atento en sus miradas; También pude ver a una pareja de ebrios, y cuando hablo de pareja me refiero exactamente a un él y una ella. Ámbos se acurrucaban uno al lado del otro, escuchando atentamente con sus mentones apoyados sobre el pecho. Acabó luego el poeta Riquelme bajo un fuerte aplauso, silbidos, más de algún salud y hasta un grito de “grande compañero”, lo cual ya era mucho a mi modesto entender. Correspondió entonces su turno a la poeta Emily, la cual nos tiene acostumbrados a sus melodramáticas representaciones y de seguro esta noche no nos defraudaría. Era ella muy delgada. De pies pequeños y carita angelical, y era plana, es decir, lisa cual tabla de planchar, lo que consideraba una contraposición al apasionamiento imbuido en cada sílaba y gesto de su invocación,(solía llamarlas así pensando en que cada recitación era un llamado al reposo de los fantasmas propios que nos atormentan). Su voz de tóno débil, que describía letanías quejumbrosas a la medianoche por los ausentes, por amores impropios, descalabrados, cruzados de lascivas experiencias y soledades húmedas y expectantes; Se alzaba vibrante, ignorando la presencia de público alguno, así como del lugar en que estábamos; y con la aguerrida fuerza de sentirse poseedora de la matriz negada a mi género. Orgullosa de aquello, incluso algo despiadada en cierta forma hacia nosotros, pero sin caer en el burdo feminismo, lo cual agradecíamos, especialmente Dante, que es, en sinceras palabras, un machista de mierda y que la poeta Emily tiene entre ceja y ceja hace bastante tiempo, y que al cual, por lo que pude observar, iban dirigidas todas aquellas líneas. Mi amigo fue entonces blanco de algunas miradas cómplices y yo procedí a darle un codazo para que se enterara, pero mi amigo estaba absorto con las palabras de la pequeña poeta y me di cuenta que ella estaba consiguiendo al fin su objetivo. Bien por ella.

Terminada su lectura, y perdida la pudorosa actitud inicial de las damas trabajadoras de cuerpo, pero sin besos y con nada de alma; Levantaron afanosas sus vasos y ofrecieron un brindis por quién consideraban una fiel representante de su género. El público restante aplaudió entusiasmado a su vez, por el respaldo de las señoritas y pidieron a gritos al próximo lector quién ya se levantaba de su asiento entre nosotros, pero una mujer, que a esas alturas había superado la dosis de licor que la mantenía, de alguna forma tranquila; Subiose de improviso sobre la barra que estaba al fondo, detrás del pequeño escenario que habíamos montado. Intentó realizar algún extraño paso de baile y al mismo tiempo que mostraba su doble hilera de dientes en una ebria sonrisa, levanto descaradamente su falda a la altura de la cintura, dejando al descubierto unos calzones blancos, algo pequeños, que no alcanzaban a cubrir del todo sus partes mas pudientes, y en verdad que eran diminutos, cosa que llamó poderosamente la atención a los parroquianos habituales del local, que comenzaron a aplaudir en un descompasado ritmo las piruetas de la dama en cuestión. Nos miramos sorprendidos con mi amigo Dante, mientras que un murmullo de desaprobación surgió de las bocas de los conspicuos literatos.

Continuará...

Cambios


Existen ciertos cambios que son necesarios. El hacer un punto aparte justo a tiempo frente a la rutina indiferente, la impotencia y la desdicha. Un cambio drástico de trabajo, de ciudad, hasta de amigos, provoca el renacer de la capacidad de asombro. La perplejidad necesaria para reencantarse con el mundo cuando éste apesta más de la cuenta.

Cuando al territorio lo transforman y nos impiden habitarlo. Cuando el progreso mal entendido subyuga nuestras tradiciones y costumbres. Toda nuestra precaria cultura. Hasta nuestras más básicas y rudimentarias formas de sobrevivencia. Allí es necesario e imperioso el cambio. El traslado desde esos lugares desérticos hacia una nueva tierra fértil y promisoria.

Y la travesía debe hacerse en silencio cual rito fúnebre. Una suerte de duelo por la muerte que va quedando atrás. Porque cada cambio es la muerte de viejos deseos y el renacer de otros nuevos. En definitiva la muerte siempre implica, aparte del dolor cauterizado por el llanto, el florecimiento de otras esperanzas, de nueva vida. Existen otros horizontes que debemos perseguir en nuestro cambio de timón. En algunos casos, la búsqueda de la verdad última, el amor verdadero, la dignidad y justicia perdidas. En otros, la creación como sustento de ideas y desarrollo, en definitiva, provocar el relato del entorno para preservar la memoria.

Bitácora


Hace tiempo no aparecía por acá. Creo que los viajes a la larga pasan la cuenta. Nada es gratis dice Piñera. Esa es la verdad cruda del mundo en que estamos.
Soledades y un amigo perdido
La vida no puede ser esto me dijo y se marchó. Nunca más lo he vuelto a ver. Hoy estaba de cumpleaños y quise saludarlo, pero se lo tragó la tierra. No estaba en el trabajo que le conocía. La mujer tras el teléfono no supo entregarme más detalles, aparte de que había renunciado y llevado todas sus cosas. El celular de la mujer que le conocí sonó por minutos y nadie contestó. ¿Se habrá muerto? Odiaba la vida que llevaba y nunca pensé que eso de desaparecer lo iba a hacer en serio. Hoy cumplía 46 y no lo pude saludar, es cierto que estábamos algo alejados, que las familias agobian un poco, que los trabajos, que no hay tiempo para unas copas, que el viaje es muy largo, que hace frío, que estoy cansado… El mundo va rápido y hay que tener cojones para seguir en él. No sé qué fue de mi amigo. Saludos para él donde quiera que esté. Feliz cumpleaños amigo.

El camino de las hormigas


Sucede que acá no hay lo que busco y me resulta a lo menos inquietante suponer que no pueda hallarlo. He caminado esperanzado, haciendo lo posible por estar en calma, a veces neurótico, como quién intuye que las cosas no están bien ni aquí, ni en mí casa, ni en ninguna parte de éste maldito país. He recorrido desde la primera calle, ¿cómo es que se llama?, ¿Independencia, Libertad, República?. El caso es que empecé por allí y llamé y pegunté y nadie tenía. Les hablé del aviso en la radio que también pasan por televisión, aquél susodicho comercial con la hilera de hormigas y los gritos alarmantes, casi desesperados de una mujer sentada en el piso con un niño en brazos, pero nadie lo había visto o escuchado.

Bajé entonces la calle angosta y larga que se retuerce como una víbora al pasar frente a un grupo de árboles y que desemboca en una vieja iglesia. Ésa de la rotonda decorada con las cuatro animitas, una al lado de la otra y sin ningún nombre que las identifique. Animitas anónimas pintadas de blanco; Y llegué acá abajo caminando y pregunté de nuevo. Lo hice en la casa aquella que todos conocen por lo bien provista que se encuentra en su interior, pero que por fuera se cae de vieja. La casa prohibida, y me atendió el joven que llamaron dealer en el diario local una vez que hubo una redada, (las mismas que generalmente no arrojan muchos resultados), y estaba apoyado en el muro haciéndose un cigarrillo con una hoja de Biblia, que con eso quedan santificados creo yo, y medio burlesco me respondió que no tenia, más me ofreció de otras hierbas y polvos que tenía en liquidación, pero que yo no necesitaba. Ya se sabe como son los que negocian, siempre metiéndonos cosas a la fuerza, todo porque el porcentaje que ganan es bueno. Me subí entonces a una Liebre, cosa que suena fantástica, casi mitológica, pero las Liebres acá son taxi buses, vehículos de la colectiva locomoción, que la verdad de las cosas, son una verdadera mierda. Y me vine preguntando a algunos pasajeros y éstos creyeron que yo era cantor callejero y depositaron algunas monedas en mis manos, sin embargo no me contestaron.

Me bajé luego en la parada ocho, que no tiene nombre, solo número, porque nadie la ha bautizado y que está al lado de un Banco y en frente de una Farmacia. Pensé por un instante en preguntarles, pero estaban llenos. ¿Será por el verano?. La gente se agolpa a estos sitios buscando remedios para sus males, pero es difícil que un crédito o un fármaco mejore el estado crítico de las cosas, pero continúan vociferando frente al mostrador ignorantes de su desdicha.

Dirijo mis pasos a continuación hacia la vereda oeste, cruzando por el paso peatonal o de cebra que le decía mi niña cuando era chica y no es para la risa, pero más de alguna vez me preguntó que tenían que ver las africanas bestias con aquel lugar y yo sonreía con su inocencia, que sí que lo era pese a que tenia trece, es que antes era diferente me advierte como siempre mi abuela y yo le encuentro toda la razón. Ayer en la tarde una chica de doce le ofreció a mi vecino, tipo viejo que maneja un taxi, que se lo chupaba por tres mil. Lo peor de todo es que no aceptó sólo por que encontró el precio muy alto. Estoy en mis elucubraciones profundas cuando a la vuelta de la esquina me encuentro con Flavio y su perro amigo. Bromea acerca de la noche anterior y de no sé que apuesta. El perro mueve la cola rastreramente y se sonríe y yo no me acuerdo de nada, apenas me acuerdo de quién es y de que alguna vez fuimos amigos, pero ya no lo somos, así es que me despido de ámbos y prometo volvernos a ver, (cosa que de seguro no haré), y me alejo por la curva. Flavio se marcha en dirección contraria, se va discutiendo con su perro amigo, que anda con él para todas partes y que se le quiere parecer,pero que jamás lo conseguirá.

Pregunté entonces en el volteadero de tercera, que así es como le dicen al motel rasca de la esquina, el de la calle que atraviesa hacia el Norte y que tiene un letrero de luces llamativas y una puerta trasera oculta entre unas enredaderas que se enroscan hasta el inicio de la ventana. Me atendió una mujer de edad indefinible, de rostro adusto y cansado. Apenas le mencioné a lo que venia, me echó a garabato limpio, aunque dudo que éstos lo puedan ser, limpios me refiero.

Se me ocurrió llamar a mi hermana mayor, pues recordé que tenia uno la semana pasada, pero no había señal. La comunicación hoy en día es una mierda me dice un amigo estudiante. Tiene razón, especialmente con mi teléfono.

Decidido a hacer otro intento, me fui directo al colegio de mi hijo y le pregunté a la maestra de historia y no me dijo nada, ni siquiera me miró, no quiso, no le dio la gana abrir la boca, aunque la tenia llena de algo y ya se sabe como son las profesoras cuando toman café u otras cosas, que el desayuno fue escaso y el café prepara la neura para soportar a las bestias estudiantes de hoy en día ¿o alguno de uds. piensa que no lo son?

Después me dirigí al edificio público, con sus bruñidos pasamanos de bronce y vidrios relucientes como espejos. Le hablé a la secretaria de informaciones. Le pedí me informara en donde encontrar uno, todo con mucho respeto, sin embargo la joven mujer, porque era joven y por ciertos gestos inequívocos, supuse insatisfecha, no se en que sentido, pero en más de alguno era seguro. Lo presentí en la forma en que arqueó la ceja izquierda y en el mohín caprichoso de su boca. Quizá sea otra de aquellas que dice el viejo de mí padre, que de mujeres si sabe, una flacucha idiota, compulsiva y anorgásmica. Pero he de suponer que su absoluta falta de atención obedece a su estado intrínseco de ser mujer y pasar por esa especie de vorágine mensual de hormonas que la afecta, y no es que sea machista, más bien soy un tipo realista que se da cuenta que igual nos tienen jodidos, (a veces demasiado). El asunto es que me rechaza sin contemplaciones y me dice que no hay lo que busco mirando hacia otra parte y tomando el teléfono en su mano, aunque sé bien que no habla con nadie.

Me voy luego hacia enfrente, que allí está la alcaldía y es muy probable que ellos tengan o me consigan, que para eso son buenos y que si tengo suerte me encuentro un conocido que puede que me mueva, maneje u obtenga lo que busco. Aquí con suerte y con un amigo se consigue de todo. Entonces llego y me voy a la oficina de asuntos públicos, que como tal, está repleta de éstos. Comento en voz alta que larga esta la cola y escucho decir la fila a un joven que me corrige y que mira insistentemente el cierre de mi pantalón. Llegado al fin mi turno, la mujer de voz en off y ademanes sincrónicos y autómatas me asegura que me equivoqué de ventanilla y me envía al segundo piso, que es allí a donde debí ir al principio, pero al llegar descubro que la ventanilla está cerrada y le preguntó a un funcionario que pasa y que parece que funciona mal, como que muy alterado y me dice que la atención es a horas determinadas y no a la que a mi se me ocurra.

Defraudado entonces, me marcho de aquel sitio y camino por la costanera hasta que bajo a la playa y le pregunté por si acaso a dos turistas que parece que como que acampaban en el lugar porque vi una frazada tirada en un rincón y un par de ollas negras las pobres por el fuego, y también un chuico, que ya no hay de esos, mas bien una garrafa llena vino, porque el agua la tenían en botellas y un montón de otros cachivaches, que llegué a pensar que estarían por bastante tiempo. Pero no eran tal cosa, pues venían a machetear, matutear y hasta a putear, según confesó la mujer turista cuando me ofreció su atento servicio, más no era lo que estaba buscando. Seguí de nuevo caminando por la costa hacia el sur, hasta el hotel aquel, que tiene más de alguna estrella y vidrios polarizados y como que una gran piscina casi pegadita al mar, con palmeras tropicales y aunque esas no son naturalmente de aquí, pero artificialmente si están. Y el hombre de la entrada preguntó primero que yo que a quién buscaba y en que piso y fue aquí que el hombre enrojeció hasta la raíz del pelo cuando le hice mi pregunta y envió a dos jardineros, que pensé que eran tal, pues se encontraban medio ocultos entre los árboles. Me cogieron ellos de ambos brazos y me invitaron a abandonar el lugar, previa feroz patada en medio de mis enflaquecidas nalgas y otra sarta de insultos gratuitos.

Luego de toda esta desilusionante búsqueda, decidí darme por vencido y volver a casa, cansado de buscar lo que nadie tenia y que parece no querían tener. Volví con la moral por el suelo, podría decirse que hasta un poco triste, porque los caminos siempre son los mismos y cada vez repetimos el transitar por ellos, como oliendo el rastro que alguien nos dejo, como una huella indeleble marcando el mismo destino que no va a cambiar, porque así están las cosas. Salir a buscar cada día con la ilusión debilitada, buscar en las miradas, en el olor del aire, en lo ardiente del cemento, el milagro inesperado que no llega, ¿para que? Y le conté a mi mujer y ella dijo que no importaba, que no fuera tonto, y siempre dice lo mismo. Y todo sigue igual.

Hoy me gusta la vida mucho menos,
pero siempre me gusta vivir: ya lo decía.
Casi toqué la parte de mi todo y me contuve
con un tiro en la lengua detrás de mi palabra.

Hoy me palpo el mentón en retirada
y en estos momentáneos pantalones yo me digo:
¡Tanta vida y jamás!
¡Tantos años y siempre mis semanas!...
Mis padres enterrados con su piedra
y su triste estirón que no ha acabado;
de cuerpo entero hermanos, mis hermanos,
y, en fin, mi ser parado y en chaleco.

Me gusta la vida enormemente
pero, desde luego,
con mi muerte querida y mi café
y viendo los castaños frondosos de París
y diciendo:
Es un ojo éste; una frente ésta, aquélla... Y repitiendo:
¡Tanta vida y jamás me falla la tonada!
¡Tantos años y siempre, siempre, siempre!

Dije chaleco, dije
todo, parte, ansia, dije casi, por no llorar.
Que es verdad que sufrí en aquel hospital que queda al lado
y que está bien y está mal haber mirado
de abajo para arriba mi organismo.

Me gustará vivir siempre siempre! siempre, así fuese de barriga,
porque, como iba diciendo y lo repito,
¡tanta vida y jamás y jamás! ¡Y tantos años,
y siempre, mucho siempre, siempre siempre!


César Vallejo.

Michel

No es eso. Trato de conservar mi cuerpo en buen estado. Quizás esté muerto, no lo sé. Hay algo que habría que hacer y no hago. No me han enseñado. Este año he envejecido mucho. He fumado ocho mil cigarrillos. Me ha dolido, a menudo, la cabeza. No obstante debe haber una manera de vivir; algo que no se encuentra en los libros. Hay seres humanos, hay personajes; pero de un año al otro apenas si reconozco las caras. No respeto al hombre; sin embargo, lo envidio. Michel Houellebecq

In memorian


La culpa fue del vino le dije mientras me vestía. Ella tendida desnuda sobre la cama sólo miraba el cielo. Hay culpas imposibles de asumir y en cierta forma pudiera ser comprensible. Existía toda esa mezcla odorífera impregnando la atmósfera, ese estremecimiento visceral enardeciendo la piel y el salobre sudor mezclándose con saliva en la comisura de los labios. Estaba la sensibilidad angustiosa en la yema de los dedos y la urgencia extrema de perderse en un abrazo en la antesala de la embestida inicial. Pero insisto, la culpa fue del vino, un cabernet de afrodisíacas y almizcladas cepas, que cual poción milagrosa, sembró el rubor en las mejillas asombradas derribando de paso cualquier asomo de pudor u decencia según como se mire. La culpa la tuvo el vino y el par de botellas vacías que yacen victoriosas sobre la mesa recogen mi silueta totalmente saciada que huye rumbo a la puerta. Escapa de lo que vendría, de lo que yo suponía inevitable y para lo cual no poseía respuesta alguna. Pero nada de ello aconteció. Ninguna sílaba pronunciaron sus labios aparte de un inaudible hasta pronto resignado y un último abrazo de despedida. Entonces fue que el vino inocente, en un acto de venganza justiciera por tantas condenas en noches como ésta, escanció de un golpe la culpa sobre mí.

Bitácora


La Marixu como terapia solía caminar en pijama de noche por República cuando todos dormían. Decía que le hacía bien para el espíritu y no debía malgastarla durmiendo. Por eso es que se levantaba después del almuerzo a hacer sus reuniones y se vestía en un dos por tres para hacer sus tantas cosas atrasada como siempre.
Extraño a la Marixu. Hacen falta mujeres como ella para tiempos como estos. De dónde sacas tanta energía le preguntaba después de correr un par de cuadras arrancando de la purga que se llevaba nuestros pañitos del frontis de la UDP. Con la pena y la rabia que tengo me bastan me decía y se iba al local de la Mary a compartir algún vinito y reclutar nuevos adherentes para su causa que hasta el día de hoy no me queda bien claro cuál era en verdad. Pero de lo que no me olvido es de su dignidad, pese a la falta de tantas cosas, de la espera de ayudas que nunca llegaron, de afectos, de soledades miserables mirando por la ventana, de luchas intestinas en busca de algunos infiltrados y la casita Okupa que reinventaron con la Mary. En fin, tenía motivos para su rabia y su pena. Hoy se cumplen tres años desde que la conocí y más de diez meses de su muerte.
Dos mujeres vienen en camino. La Amparo y la Isidora se vienen a buscar su sitio en el mundo. Uno en estos casos quiere que todo resulté bien por supuesto y se está atento a todos los por menores que conlleva el proceso. Se observan todos esos preparativos, los regalos, las ropitas y cosas que se necesitan para el momento y sin querer uno se ve envuelto en una serie de alucinaciones. Claro. Imaginando la posible vida que les toque por los azares del destino. Mi pensamiento más recurrente es que si tuvieran solo la mitad del coraje y dignidad de la Marixu me sentiría sumamente agradecido.

Monólogo económico


Decidido a hacer balance
del volumen de impropiedades descritas
y de la baja de la bolsa de valores endémicos
Considerando estas últimas noticias
en frescas anunciaciones vía cibernética comunicación
y en los rostros misteriosos en fotografías 3x4
con la música acompañante en vibratos armoniosos
De la bolsa de valores dije y de la renta que generan
generalmente
Y con la pregunta silbando vía operadora larga distancia
y el humo abortado de un cigarro agonizante
que pareciera cierto lo que dice en apariencia, pero que no lo es del todo
Del consumo de cápsulas de colores diversos
y de la sed que deja, dolor de cabeza y ojeras mediante
Con la sensación de estar en el sitio equivocado
Otra vez
Del resultado de la propuesta ignorada
Porque es más fácil que considerarla, la conciencia digo
Acaso yo la tomé demasiado pronto
y ni siquiera se da cuenta
De tanto sacar cuentas alegres creo yo
De repetir que no hay mal que por bien no venga
y el bendito dicho me tiene en ascuas, aún aquí
generando monstruosos intereses, impagables te digo
Atribulado de tanta espera
En un monólogo económico eterno, siempre al alza
y el brillo decadente de una pantalla de plasma
Con el tono en espera angustiosa y la llamada casi cortada
Repartiendo miradas, que es lo que más hago
y reflejado en un vidrio biselado, que no me gusta lo que veo
ni que me vean, ni que me busquen ya
y la llamada que no fluye y yo esperando
aún esperando.