Bitácora de Viernes.
No he podido escribir.
De pronto la precariedad de mis palabras optó por no decir nada. Sucede que el
asombro de las cosas tornose una escuálida línea recta conducente al mismo
sitio. La culpa es del tránsito rutinario de los días que disipan la substancia
emotiva. No consigo apreciar la pasión perturbadora. Pareciera que aquí no pasa
nada lo cual es una aseveración espantosa por sí misma. El asunto se ve
complicado. Es como el suicidio anónimo del creador, anímico quizá.
No he podido escribir y
el espacio en el papel reclama el grabado visceral del lápiz inerte sobre él.
No he podido escribir y los intentos yacen dispersos por el suelo. El que está
junto a la puerta se intitulaba “El inadvertido” y trataría de la intrascendencia
y los silencios de un hombre común, de nombre y vida sustantivamente comunes
que desgraciadamente ya no tiene nada que decir. El arrugado en el papelero
hablaría de los apetitos insatisfechos de una solterona demasiado dama y
conservadora para dejarse seducir por ellos, incluso de tanto pudor le fue
imposible contar su historia. Y el de la mesita lleno de borrones, sería un
manifiesto poético que plantearía lo inútil de la sociabilidad ante el
beligerante caos individualista que nos embarga, demasiado individualista en
verdad.
Pero han sido en vano,
apenas unos suspiros y luego nada. Nacieron muertos. Parecen lápidas sobre
tumbas vacías. Y en esa búsqueda frenética de las musas creadoras, recorro con
la vista las paredes, el piso sucio, el papel y un pedazo de cielo en una foto
antigua, y la inspiración no llega y pienso que no quiero más pensar, al menos
no por hoy.
