viernes, 19 de diciembre de 2014

La fila

        Uno sucumbe en la fila, se deja arrastrar y pierde autonomía. La fila te absorbe como esponja y te ordena y somete a su sádico antojo.
        En la fila no soy yo y no queda más que la espera y el tránsito lento de circuitos diseñados por mentes enfermas buscando aprovechar al máximo el espacio minúsculo ante la avalancha de zombies histéricos buscando soluciones a cuanto daño diario que nos han hecho. Todo esto inútil por cierto, cosa que aún no procesamos bien en nuestro chip inconcluso y paupérrimo.
        Y en ese tránsito desde la entrada al mesón setenta números más allá, se miran las caras los zombies silentes, muerden las puntas de las gafas para el sol, se arreglan el pelo, revisan si tienen abierto el cierre del pantalón e intentan recordar la maldita consulta porque a estas alturas ya se ha olvidado.

sábado, 8 de noviembre de 2014

Bitácora de Imágenes

             
  Recuerdo que la poeta, una mujer de 60 años aproximados, hablaba de su esperiencia de un viaje, de la Mistral y su mano sobre la escala de un avión, de la réplica en yeso que tenía en su poder y que mostraba cual souvenir tétrico ante la platea que eramos nosotros y unas cuantas personas más que asistíamos a su discurso ególatra e inconducente. Todo esto en el marco del aniversario de la biblioteca nacional y de las lecturas poéticas a las que fuimos invitados. Fue entonces que la poeta joven que andaba con nosotros me dijo: "Prometeme que si algún día me pongo así de odiosa  me lo tienes que decir"  No sé porque me acordé de esto, quizá ya es hora de juntarse de nuevo.
              Salir a la calle y comprar el diario es un gesto mecánico. Marixu diría que me he vuelto predecible,  y eso siempre es peligroso remataría. Es Lunes, hay viento pero hace calor o quizá no, con esta gripe y algo de fiebre no estoy muy seguro, de un tiempo a esta parte las cosas se han vuelto algo espumosas, como que se van elevando y desapareciendo a la larga. Si no fuera que tengo que juntarme con los poetas no iria, la verdad me cuesta cada vez más salir a la calle, prefiero la seguridad mística de mis paredes de madera. Es sólo un concepto, la cara vista de la luna, la otra se retuerce taciturna  a las cuatro de la mañana encendiendo cigarros en la penumbra y mirando la noche extinguirse con un trago de más. Pero tengo que ir a San antonio, los poetas esperan y la planificación y la resistencia y un brindis por los viejos tiempos y los nuevos que serán mejores. Hay tanto que hacer y tan poco tiempo. Entonces recuerdo que no tengo plata para movilizarme y recurro a los cajeros, mismos que cuida la ley, si, es verdad, si ya se perdió toda decencia en este país. Y hago el recorrido desde Llolleo hasta San antonio buscando uno con plata, pero muchos de ellos están con cartelitos de mal funcionamiento. Se me ocurre que podría ser una buena práctica esa, el uso constante de cartelitos de mal funcionamiento para ponerlos en diferentes partes, instituciones y hasta personas. Conosco a un par de tipos que debieran tatuarles el letrerito poque no tienen remedio. Fuera de servicio... Me vendría bien uno a mi por un tiempo. ¿Qué tal si mandara a la cresta ciertas obligaciones por un año o más? La verdad es que estoy cansado, aburrido de la ordinariez, incluida la mía desde luego.  Y de esa desfachatez de algunos que es increíble. Esa falta de consideración salvaje que atropella sin miramientos. ¡En qué nos hemos convertido! Debe ser pòr eso que los amigos se marchan, algunos fuera del país, otros se encierran a ver pasar lo más prontamente posible sus vidas. Por eso me repito que un día de estos, un día de estos... Es la estética impersonal y hueca de los tiempos.
    

miércoles, 29 de octubre de 2014

C'est la vie

Y le llega balbuceante
 jadeando el animal en celo
presurosas las manos y la lengua ávida y sedienta
Desesperado por la arremetida final, que afuera llueve
y ni siquiera eso importa para la sangre salvaje latiendo
bebiendo, escarbando y gimiendo.
Y se han apagado las luces, y la calle se escabulle
y las copas vacías y la hoguera encendida
dígame ud si no lo haría
dígame ud que no lo haría!
la noche se queja de putas ausentes
que la que falta la tiene encantada
por su historia contada de golpe
como un tobogan, una plegaria sangrante
una vida en un quejido.

La mano de Dios.


lunes, 20 de octubre de 2014

Lecturas de Domingo

Ella leía a Navokov. Yo luchaba por continuar mi lectura de Carver contra el peso de mis párpados. La tarde era calurosa y en esa esquina de la biblioteca se formaba un arco que casi la ocultaba del resto del público. Allí el calor era peor pues el aire casi  no circulaba. Pese a lo anterior, ella leía a Navokov,  y tenía en su mano derecha un lápiz de grafito que usaba para subrayar algunos párrafos  que meticulosamente copiaba en una libreta que extrajo de un bolso marrón que colgaba de  una silla. Lo que me inquietaba era tener la conciencia de que jamás sabría los párrafos que a ella tanto le interesaban. Un misterio inquietante dando vueltas mientras Carver se revolcaba en las observaciones banales de los amigos de su actual mujer. Yo levantaba la vista de mi libro y le dirigía rápidas miradas para no ser sorprendido, sin embargo ella estaba tan abstraída de su lectura que no se percataba de mi observación. En su mano izquierda llevaba un par de anillos. Ninguno era una argolla de matrimonio, es más, pude observar que su dedo anular izquierdo lucía la palidez del sitio que no alcanzó el sol pues de seguro hubo una argolla antes ahí, pero ya no estaba. ¿Qué buscaría con tanto afán en “Lolita” del ruso? Imaginé entonces al lector medio, aquél de tardes de domingo, en el silencio bajo la sombra de un árbol en el patio, o hundido en un sillón con los pies en una mesita de centro identificándose con algún personaje, viviendo sus peculiares vidas ficticias, siendo uno o varios personajes en una historia quizá traumática de final infeliz.
 Entonces lo supe, de improviso la mirada de ella se clavó en la mía con un reproche intenso, una especie de odio contenido en un par de pupilas negras, mordiendo sus labios y dejando caer una lágrima negra hasta el borde de su boca que borró de un golpe con el dorso de su mano.  Dejé a Carver y su bebida alcohólica y la última cita con su mujer de años y la despedida, y el viaje a mundos separados pero unidos en cierta parte que no alcanzo a comprender bien cuál es, y su si me necesitas llámame, y la maleta, y el auto y la carretera. Lo dejé todo sobre la mesa y me marché sin volver la cabeza.

jueves, 19 de junio de 2014

En la carretera

El incesante sonido del motor de la camioneta nos advirtió que la hora del viaje había llegado; Nos subimos los tres en el asiento trasero y como es mi costumbre, opté por irme sentado en el espacio del medio. Lo que era una vaga y supuesta idea de estar más seguro en caso de que ocurriera algún accidente. En el asiento del conductor iba el jefe-dueño, amo y señor de aquella apestosa reliquia. Lo acompañaba “su mujercita”; Llevaba ésta un bolsito de género en su mano derecha que no cesaba de agitar y en la siniestra un cigarrillo con una larga ceniza que aspiraba descontroladamente. Del bolsito comenzó a sacar una serie de discos compactos que nosotros obligadamente tendríamos que escuchar en el camino. Tenía ella el pelo crespo, largo hasta los hombros y con cosméticos reflejos dorados. Su voz desagradablemente chillona era dada a hacerse la protagonista del viaje, con esos grititos exagerados y algunas palabras como de niña pequeña que comenzaron a molestarme desde la primera vez que la escuché.
Cubrí mi rostro con el gorro de lana que traía para el frío e intenté y rogué poder quedarme dormido, pero la musiquilla estridente que brotaba de los parlantes y el constante y desinhibido acoso de la mujercita hacia el jefe-dueño, dando al mismo tiempo furtivas miradas hacia atrás, consiguieron ponerme definitivamente de mal humor.

El otoño dio paso al invierno y ni cuenta me he dado de los tres meses que llevo viajando diariamente a mi trabajo, éste último distante dos horas de mi casa. Devoro kilómetros de ida y regreso en una rutina desesperante. La labor es dura, exigente y sacrificada, pero no me quejo. Los días raudos pasan casi sin notarlos, uno tras de otro se van acumulando en el baúl de los olvidados. A veces no se cual de ellos estoy viviendo, más yo no me quejo. El dinero es escaso y me he visto en la necesidad de restringirme al máximo en mis gastos. A consecuencia de esto me cortaron el teléfono y por las noches me siento aislado, y el televisor no puedo arreglarlo así es que sólo lo escucho y me imagino lo que sucede fumando los cigarrillos más baratos que encontré y continúo sin quejarme.


Mira las calles. Todas cambian de nombre ante tus ojos. Esperan la buena o mala nueva que nunca llegará. Mira los mismos árboles pasar, cuando te vas y cuando te regresas. Mira la hierba congelada agitarse a tu paso en un estallido de cristales rotos. Mira que el tiempo pasa y la espera se hace eterna. Mira las casas, las luces, los cerros y sus antenas, los mismos rostros que huyen despavoridos a tu paso. Mira que tu lugar de destino siempre cambia y nunca es el último.

Por primera vez imagino matarlo, eso, directamente hacerlo, sin mediar palabra alguna; De alguna manera es el culpable del cúmulo de desastres domésticos que hacen presa de mi. El miserable y su rostro impávido, digno de un duro jugador que sabe moverse y que no hay como vencerlo. No existe el modo suficientemente aplastante para hacerlo. La forma de exigir revancha a mi existencia deprimida, venganza, oh! si, dulce venganza.
La teñida estúpida apoya su cabeza en el hombro de él y tararea una más estúpida canción que le dedica ridículamente.
Lo imagino muerto, tirado a un lado de la carretera, atropellado, pisado, escupido. Lo veo con el rostro duro hecho trizas y sus ojos vidriosos aún sorprendidos por la muerte inesperada.
La rabia me agobia. Pienso en terminar todo esto, que todo lo que existe tiene un final y la verdad no importa muchas veces como llega. Que las cosas se acaban y la muerte siempre ha sido el punto final de la vida y no existe un paréntesis ni unas comillas salvadoras. Hay solo un punto final diminuto y solitario al término de todo.
Trato de pensar en algo que me salve, una redención repentina que evite la catástrofe. ¿Dónde están los últimos momentos felices?, ¿Dónde están?. No los recuerdo.
El no quejarse nunca provoca esto. Una enorme rabia angustiosa que se libera en un instante cual volcán en una erupción avasallante, sin medir consecuencias, que quizás ya no interesan lo más mínimo. Pienso que ya no importa ni siquiera pensar, para que seguir haciéndolo que el hacerlo una y otra vez no consigue poner atajo a lo que sucede. Hay una negligencia implícita en esto, un lamentable accidente en el que me involucraron arbitrariamente. Mi vida ha sido una utopía. El plan perfecto, pero irrealizable.
Entonces sucede. El neumático delantero del lado derecho revienta misteriosamente al mismo tiempo que mi furia acumulada busca salida. Es el instante en que me abalanzo sobre el jefe-dueño, lo tomo frenéticamente del cuello y aprieto desesperado. El vehículo zigzaguea peligrosamente al tiempo que la teñida comienza con una avalancha de gritos y arañazos que marcan mi cara y mis brazos, pero yo no aflojo mis manos. En el instante en que mis compañeros despiertan y tratan de detenerme, la camioneta se va con violencia hacia un costado de la ruta y se estrella contra la baranda de protección, entonces damos vueltas de campana y yo me siento atrapado de mis piernas y un fuerte impacto en el pecho me deja por un momento sin respiración. El vehículo continúa girando enloquecido hasta que se detiene por fin en una acequia que corre por el costado de la carretera. Miro a mis acompañantes y veo que uno sangra profusamente de su cabeza y su mirada inmóvil me indica que ya está muerto, del otro ni luces, no puedo verlo. La teñida ha salido volando por el parabrisas y su cuerpo inerte yace semisumergido dentro del canal. Al jefe-dueño apenas logro verlo por el rabillo del ojo. De pronto la niebla ha invadido el lugar haciéndolo todo muy borroso, casi irreal. Observo como alguien abre la puerta y lo ayuda, luego abre la que está a mi lado y me mira y yo lo miro, entonces le sonrío porque me doy cuenta que me estoy muriendo.
El codazo a la altura de mis costillas propinado por mi acompañante, pone fin a mi profundo sueño. Estamos detenidos en la berma y nos bajamos aún no despiertos del todo. Más allá corre un sucio canal donde una hilera de álamos y un par de sauces alargan sus raíces para beber de sus aguas. Ellos fueron testigos del horrible accidente.
Dos cuerpos yacen en la acequia. El de la mujer con su cabeza hundida en el agua y el del hombre acurrucado como un bebe al lado de un álamo. El vehículo está destrozado. Corrimos a la cabina y tratamos de sacar al conductor que al parecer aún permanece con vida, lo tendemos en el piso y el jefe-dueño intenta darle primeros auxilios. Yo me voy a la parte posterior y tiro de la puerta desesperado, pero no puedo abrirla, entonces rompo los vidrios e introduzco medio cuerpo para ver mejor. Me siento atorado entre esas latas retorcidas. Observo en todas direcciones, minuciosa y angustiosamente, pero no veo nada, ni a nadie.
La teñida aún apoya su cabeza en el hombro del jefe-dueño, pero ya no pronuncia palabra alguna. El silencio ha hecho presa de los parlantes y se ha apropiado de todos los rincones de la cabina. La carretera se extiende y retuerce a la distancia como una víbora. Yo intento dormirme, pero ya no puedo hacerlo.











jueves, 20 de marzo de 2014

Bitácora de un viernes sepultado bajo un mar de papeles y más papeles y más...

Y entonces jugamos el papel que nos toca y porque hay que hacerlo. La vida no espera a que nos decidamos a escoger aquél que más nos conviene, sólo pasa y te arrebata tu tiempo mísero. Porque así es, mísero, escaso e indiferente. Y la  pregunta que siempre nos hacemos al cabo de unos años se aparece de pronto y nos atormenta al compás de nuestros pasos en la calle desierta. Y si hubiera...? Y nos responde un eco lejano que tardamos en reconocer como nuestra propia voz, aquella que era joven e insolente, y la memoria vuelve y se encienden las luces algo pálidas por el bullicio diario,  por la rutina diaria del sobrevivir y de nuevo apretamos los puños y nos damos cuenta que no hemos hecho nada de aquello que imaginamos y queda tan poco tiempo. Si, todas las voces jóvenes debieran ser insolentes, sacarle la madre al mundo a veces es buena terapia.